Donald Trump humilla, insulta y se va quedando sin amigos en Europa

Por: Andrés Gaudín

La primera ministra de Dinamarca adelanta las elecciones porque vio que sube en las encuestas por enfrentarse al magnate inmobiliario. Suiza, deja de exportar armas a EE UU.

El bloque europeo, tan fiel a Estados Unidos como lo fue desde abril de 1949, cuando el mundo occidental y cristiano creó la OTAN con el objetivo de afrontar la Guerra Fría, empieza a descalabrarse. Y ya no es sólo por la suicida aventura bélica en Ucrania, sino por las insultantes y contradictorias actitudes del jefe supremo, Donald Trump, que el lunes llegaron al despropósito de decir que la potencia “no necesita la ayuda de nadie, inútiles, nunca los necesitamos”, todo en mayúsculas, como lo manda su mediocridad gramatical. Y que el viernes vapuleó por “cobardes” –en mayúsculas también– a todos los socios de la alianza que en su momento le sirvieron para destruir a Irak y Libia. 

Desde la invasión a Irán, uno tras uno, la mayoría de los europeos empezó a desmadrarse. Cada vez son menos los que hacen la venia, o sea que cada vez son más los desobedientes, que ya no son sólo los más grandes sino los que conservaron algo de dignidad. Entre los que se bancan cualquier manoseo están el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, y la responsable de las relaciones exteriores de la UE, Kaja Kallas, repetidamente vapuleados por Trump. Emmanuel Macron, en cambio, apeló a un resto de dignidad cuando reprendió en público al embajador norteamericano Charles Chushner, que cebado por la prepotencia imperial opinó que el gobierno francés “fue copado por el extremismo de izquierda”.

Foto: AFP

De una u otra manera, las respuestas tipo Rutte/Kallas o Macron van delineando un nuevo escenario, en el que lo que importan son las señales emanadas, que sin ser directas, marcan el desvío de un camino. De allí, a Estados Unidos le costará volver una vez que en el lejano 2028, se haya acabado el espíritu bravucón y prepotente del líder republicano que manda desde la Casa Blanca. La desobediencia se manifiesta de diferentes maneras. Desde la negativa a participar en la aventura en la que Israel (Beniamin Netanyahu) embarcó y empantanó a Trump en Irán, hasta el aparentemente más ingenuo adelantamiento de fechas electorales o la firma de acuerdos sobre seguridad y defensa con países que todavía no pertenecen a las estructuras europeas.

El caso de Dinamarca quizás sea el que mejor muestre cómo la prepotencia se le volvió en contra a Trump. La primera ministra Mette Frederiksen, que no es su amiga, adelantó las elecciones generales. En lugar de octubre los daneses votarán este martes 24. Lo dispuso porque tiene la facultad de hacerlo, pero sobre todo porque los sondeos la están premiando. En diciembre perdía por 17 puntos y hoy gana por 5. Eso, gracias a su defensa de la soberanía, al enfrentarse a Trump cuando el norteamericano le anunció que quería comprar o tomar militarmente la estratégica Groenlandia, un territorio autónomo de Dinamarca. El viernes, Frederiksen dio el último golpe al revelar que entre enero y febrero tomó medidas defensivas de la isla, entre las que dispuso el envío de plasma y medicamentos.

Foto: Agencia Xinhua

Frederiksen, primera ministra desde 2019, aprovechó para colar en esta campaña un viejo proyecto que los grandes capitales afines a Trump lograron frenarle hasta ahora. Se trata de un impuesto a las megafortunas: un gravamen del 5% a los patrimonios superiores a 2,7 millones de dólares. Llegaría a unas 22.000 personas y permitiría recaudar 925 millones de dólares al año, que se volcarían al financiamiento de una reforma educativa que permitiría combatir la desigualdad. En definitiva, con su arrogante amenaza militar, Trump logró lo que la primera ministra no pudo en siete años. Más allá del debate fiscal, la jugada de Frederiksen apunta a una dinámica que empieza a verse en la política internacional: enfrentar al imperio, como lo está mostrando Dinamarca, produce buenos dividendos.

El viernes, quizás el día en el que Trump se mostró más patéticamente desenfrenado, Suiza, históricamente neutral, dijo que con el fin de desmarcarse de la invasión a Irán suspende todas las exportaciones de armas y municiones destinadas a Estados Unidos e Israel. Los vuelos militares directamente relacionados con la guerra también tendrán prohibido operar en los aeropuertos o sobrevolar los cielos de Suiza. La medida excede lo simbólico. El año pasado Estados Unidos fue el segundo mayor importador de armamento suizo (un 10% de los envíos). Las ventas incluyeron vehículos aéreos, municiones y armas de mano.

Los días previos no fueron mejores para Trump, y todos los episodios producidos en tierra europea están relacionados directamente con su persona, con su estilo. Islandia, que hasta ahora se negaba a ser parte de la UE, plebiscitará el tema. Ante el retiro gradual de Estados Unidos de Europa, busca un respaldo para protegerse ante cualquier emergencia. Por eso, el miércoles fue ganando tiempo y suscribió un acuerdo de asociación en seguridad y defensa. Y junto con Países Bajos se presentó a la Corte Internacional de Justicia para sumarse a Sudáfrica y otros nueve países americanos y europeos en la causa por genocidio abierta contra Netanyahu. En pleno desarrollo de la invasión a Irán es una forma bien explícita de juzgar a Trump, el socio invasor. 

Todo eso se da en medio de señales de descomposición en el frente interno. Con el desafío de una crítica elección de medio término (3 de noviembre) para la que las cosas le pintan mal, y con la nave a cargo de un peligroso sujeto –el psicópata, lo llaman los demócratas del Congreso– al que secunda una troupe que, para justificar el cerco de hambre tendido sobre Cuba, repite que la pequeña isla constituye una “amenaza inusual y extraordinaria” para el imperio. Entre los cruzados está en primera fila el jefe del Pentágono, Pete Hegseth, un predicador evangélico que para explicar a unos estupefactos legisladores el demencial pedido de 200 mil millones de dólares con los cuales proseguir el “paseo” norteamericano-israelí en Irán, les aseguró que “matar a esos tipos malos cuesta mucho dinero” (sic).

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