Teresa Donato: «En un punto, todos los que se exilian desaparecen»

Por: Maxi Legnani

En "Desaparecida dos veces", la guionista y periodista cultural cuenta la historia de Ana María Massochi, una detenida desaparecida que logró sobrevivir y exiliarse en Brasil, donde se concocieron y juntas pudieron ponerla por primera vez en palabras.

¿Cómo se cuenta una historia sobre alguien que sobrevivió a la dictadura? ¿Cómo se le pone palabras a un relato desconocido por la familia de la protagonista? Entre los juicios moralistas, los prejuicios, los silencios y los hechos tan dolorosos como inimaginables se construye la historia de Ana María Massochi. De un centro de detención clandestina y una relación no consentida con su secuestrador a una vida en Brasil como empresaria gastronómica, la historia contenida en Desaparecida dos veces (Seix Barral) es un desafío a las miradas inquisidoras, a casi cincuenta años del último Golpe de Estado en nuestro país.

La guionista y periodista cultural Teresa Donato cuenta que conoció este relato de una manera inesperada: fue en una cena, en Brasil, invitada por un amigo fotógrafo. En esa reunión vio a Ana María por primera vez, hubo algún tipo de conexión entre las dos, y pocos días después sucedió un nuevo encuentro. “Fuimos a comer y ella me empezó a susurrar en el oído: ‘Vos no tenés no tenés idea de quién soy’. Y yo me reía, hasta que me dijo: ‘Yo fui oficial montonera, y nadie de los que están acá saben nada’. Al tiempo vino a visitar a su familia en Corrientes, y pasó por Buenos Aires. Se quedó en mi casa, y ahí, en las noches de vino y charla entre dos mujeres, yo la escuchaba muda, y ella decía todo el tiempo que nunca había hablado de eso con nadie, y que no entendía por qué lo hablaba conmigo. Yo creo que se lo contó a un desconocido porque estaba fuera de su de su radio de gente, y entonces esa era una especie de confesión con un desconocido, sabiendo que no van a tener ningún efecto. Pero en 2022 vino y me dijo que su hijo quería conocer su historia, que le había contado muy poco, pero que no tenía coraje de escucharla porque le resultaba muy doloroso, y ahí me pidió que escribiera un libro.

Antes de publicarse Desaparecida dos veces, esta historia llegó al teatro con “Mi vida anterior”, protagonizada y dirigida por Dennis Smith. Un espectáculo que combinó recursos teatrales y musicales, y que logró un importante éxito de público y de crítica.

Entrevista a Teresa Donato

¿Por qué Desaparecida dos veces?

Ana desapareció cuando la secuestraron, y luego desapareció cuando se tuvo que exiliar. Creo que todos los que se exilian desaparecen en un punto, y siento que Ana desapareció cuando la secuestraron y desapareció cuando se escapó al Brasil donde empezó de nuevo, y desapareció de los lugares que solía frecuentar. Me parece que el exilio es una forma de desaparecer también porque te obligan a dejar tu vida anterior.

¿Cuán difícil fue preguntar sobre temas tan duros, sobre todo desde tu mirada de mujer?

No fue nada fácil. Ella tenía como una especie de caparazón armada. Por ejemplo, cuando empecé a editar para la obra de teatro entraba en algunos temas sobre los que volvía a preguntartarle. Como, por ejemplo, sobre cuando ella tuvo sexo con uno de sus secuestradores: yo después de muchísimo tiempo me animé a preguntarle si era una persona que le hubiera gustado si lo hubiese conocido fuera de aquel lugar, si hubiese tenido una relación con él, si cuando tuvo sexo ella tenía ganas. Y cuando sus respuestas fueron que no, le respondí que ese sexo no consentido vendría a ser… Y no sabes lo que me costó decírselo, porque sabía que estaba siendo un lugar muy difícil. “Entonces fue una violación”, me cortó de mala manera, y durante un mes no hablamos más. Ella fue a su psiquiatra y trató este tema, porque nunca lo había registrado como realmente había pasado, y creo que para estas cosas dolorosas uno se inventa una explicación, que nada tiene que ver con la realidad y para llegar a esos lugares yo necesité ese proceso de tres años. Al final del libro ella cuenta que no lo denunció y de que no le hizo juicio a esta gente, y yo me veía en la obligación de decirle si todos hubiesen hecho como ella, hoy no sabríamos qué pasó, y y no hubiese habido justicia. Fue duro para mí tener que decírselo, pero yo no podía callar, aunque tampoco sé si hubiese tenido el coraje, porque viste que uno le pide al otro que tenga un coraje que no tenemos, y entonces ella pudo dar su respuesta: que lo lamentaba, que a ella le gustaría ser distinta, pero que es quién es, y también a mí me llevó a comprender, y creo que me hizo mejor persona escribir este libro, entender el límite humano. Uno le pide al otro que haga cosas que no es capaz de hacer, y me hizo ser más comprensiva, porque la primera que tenía el dedo apuntando y diciendo ‘si sobreviviste, algo habrás hecho’ creo que era yo misma. Hay muchos que pasaron por esta situaciones, o hijos que tienen a sus padres que pasaron por esta situaciones, que nos agradecen, que sienten que es un mimo o un reconocimiento. Una vez le pregunté a Ana María si sentía que el libro era una reivindicación y ella me dijo: ‘Para mí es un perdón’.

¿Qué lugar ocupa un libro así en tiempos de negacionismo sobre lo que pasó en la dictadura, y sobre un tema en el cual los grises existen?

Es muy difícil enfrentarse al gris porque el gris nos enfrenta con nuestro propio espejo. Las personas vivimos en un gris donde hacemos lo que podemos, y entonces es muy complicado aceptar el gris del otro porque nos cuesta aceptar el propio gris, y lo que yo más quiero es este libro y lo que más me gustó y lo que más interesó es que no estaba frente a una heroína. Estaba frente a una mujer a la que le salió como le salió, y a veces me reclaman por qué no pusimos ciertos nombres y etc., y la idea no era distraer la atención de la vida cotidiana de una oficial montonera que tuvo que esconderse durante un año y medio con su hijo en brazos, porque había quedado viuda. Muchos me preguntan el nombre del secuestrador, y realmente son nombres que no hacen al caso, no cambian todo lo que significó, y y me parece que la historia vale mucho más que los nombres propios, en este caso.

¿Cuán difícil fue trabajar en esta historia desde tu condición de mujer?

Siempre me llamó la atención cómo se hace para vivir con el miedo en el cuerpo y seguir adelante. Cómo hace una mujer, porque siempre pasan por una situación doble: las torturan y las violan, y además las usan de botín de guerra, y hay que tener cuerpo para eso. A veces me pregunto cómo Ana María se puede seguir riendo, cómo puede comerse un pancho o tomarse una copa de vino con todo lo que le pasó.

¿Qué devolución te dio sobre el libro?

Sus familiares me escriben y me dicen que no conocían la historia de Ana. Sabían que Ana había estado desaparecida y que era militante pero no conocían los detalles, porque cuando volvieron a encontrarse con ella nadie preguntaba nada, porque sabían que dolía. Yo creo que ella está está viviendo una especie de constelación familiar y amorosa. Yo le dije que para mí este libro es una reivindicación, y ella me dijo que para ella este libro es el perdón, porque tenía miedo ante esa mirada de sus propios compañeros.

¿Recibiste comentarios de gente que trabaja por los Derechos Humanos?

Cuando gente como Olga Wornat  me dice cosas hermosas sobre el libro yo siento que es una misión cumplida. Que gente sabe mucho del tema le dedique un rato de su tiempo a esto que hice o que hicimos en el teatro para mí es es un gran premio, y yo siento que aporté mi granito de arena a la causa. Mi mamá se murió diciendo que nunca se pudo sacar el miedo de los militares de encima, y que por eso desde los 40 años tomaba un remedio para dormir. Entonces, creo que también estoy haciendo algo por esa mamá que no que dejó de dormir por el miedo de que le pasara algo a sus hijos.

«No sabíamos qué era un «desaparecido»»

Cuando fueron cayendo compañeros como pajaritos, no nos dábamos cuenta de qué estaba pasando. No sabíamos qué era un «desaparecido». Para la Organización, fulano estaba muerto, no sospechaban que podía estar vivo. Esos «muertos» estaban en la Quinta de Funes, un centro clandestino de detención en Rosario. Con la información obtenida bajo tortura, los militares fueron hilando y armando un cuadro de situación de contactos entre unos y otros. Fueron cayendo todos en poco tiempo. Yo ya me había dado cuenta, después de mucho tiempo, de que había algo raro, que la gente no estaba muerta y que los sacaban lastimados a pasear para reconocer a otros. Los compañeros torturados salían en un auto con sus secuestradores a marcar a la gente que encontraban por la calle. Una vez iba caminando con Carlitos a una cita con un compañero y vi pasar un auto con un pibe golpeado en el asiento de atrás. De pedo ese pibe no me vio. Si me hubiera visto, tal vez hoy no estaría acá y sería una tablita de granito en el Parque de la Memoria.

Buscaban quebrar a los compañeros caídos: «Mirá, está cayendo todo el mundo porque el Negro Quieto está “cantando”». Era mentira. Para convencerte, te ofrecían algo a cambio: «Si vos hablás, tu mujer se salva». Y así iban completando el cuadro y cazando gente. Porque era eso lo que hacían: cazaban gente. Y los convertían en desaparecidos, como le explicó Videla a fines de 1979 al periodista José Ignacio López, que con muchísimo coraje le preguntó sobre el tema: «En tanto esté como tal, es una incógnita el desaparecido. Si el hombre apareciera, tendrá un tratamiento equis. Y si la desaparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento, tiene un tratamiento zeta. Pero mientras sea desaparecido, no puede tener ningún tratamiento especial. Es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está. Ni muerto ni vivo, está desaparecido».

Nosotros entendimos que quien caía se transformaba en un desaparecido cuando a comienzos de 1978 Tucho Valenzuela se animó a denunciar lo que estaba pasando.

Los compañeros se quebraban. Yo sé, ahora, por un sobreviviente, que uno de los torturadores de la Quinta de Funes era un compañero secuestrado y quebrado. Tenía que hacerlo sí o sí, no lo eligió, no lo hacía porque quería. No lo hizo de hijo de puta. Imagino que estás leyendo y en este momento te estás indignando, pero quisiera que entiendas que estas situaciones te llevan a vivir en una realidad paralela, donde los valores se trastocan y no sos vos el que hace lo que hace, sino la circunstancia que estás viviendo. Y le diría al que no comprende y apunta con el dedito acusador que me gustaría verlo en el lugar de quienes caímos. Yo creo —porque lo viví— que, cuando te secuestran, entrás en otro mundo. Otra realidad. Es un mundo paralelo, en el que todo cambia y pasás a ser nada. Un cero a la izquierda. No tenés ni un nombre. Sos nada. Y lo afirmo porque lo viví. Se lo discuto a cualquiera, y mucho más a quienes no tuvieron la desgracia de vivirlo y se sienten con el derecho de juzgarnos desde arriba de un banquito.»

Posapocalípsis, hongos alucinógenos y un pueblo sumergido

La editorial Seix Barral presentó otros tres lanzamientos en febrero. Dos son reediciones de autoras argentinas, una en el área de la ficción y la otra en el terreno del ensayo. Una es la novelista Angélica Gorodischer, cuya obra viene siendo relanzada desde hace un tiempo. En este caso le toco el turno a su novela Opus dos, en el que trabaja sobre el molde de la ciencia ficción, uno de sus géneros predilectos, utilizando una historia posapocalíptica para poner en escena una lectura social especialmente crítica, donde la desigualdad es el mayor de los males.

La otra autora es Josefina Licitra, cuyo libro El agua mala también tiene algo de posapocalíptico. Al menos eso transmite el paisaje de Epecuén, un pueblo arrasado por las inundaciones de la provincia de Buenos Aires, en la década de 1980, cuyas ruinas dicen más del pasado de lo que la mayoría ve. Licitra reconstruye la historia de una tragedia a partir de sus ecos fantasmales. El tercer libro es Cositas, primera novela del autor francés Benoit Conquil, cuyo relato transcurre en Oaxaca, México, y tiene como protagonista a una chamana que utiliza unos potentes hongos alucinógenos para realizar unos intensos rituales. Una historia cuyas derivaciones alcanzan a la industria farmacéutica y hasta la CIA.

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