Dónde estamos cuando no estamos: «Amigdalatrópolis», la novela de B.R. Yeager sobre la deep web

Por: Abril Mosconi

Entre foros de odio y la disolución del "yo", la novela de Caja Negra Editora mapea la violenta cartografía de nuestra existencia digital. Narrativa de scrolleo frenético, el horror de las subculturas online y el aislamiento contemporáneo.

En los tiempos que corren, y más después de la pandemia del COVID-19, hay un espacio virtual que todos decidimos habitar más que la vida real. Una geografía solitaria que no se camina, sino que se consume pasivamente a través de las pantallas. Un mundo de scrolleo, publicaciones, videos, pestañas, estímulos digitales y plataformas, donde los límites entre la ficción y la realidad, entre lo que está bien y lo que está mal, se desdibujaron por completo. En estas arquitecturas de aislamiento, verdaderos laberintos infinitos de no-lugares, andamos más tiempo que en las calles del mundo físico.

B.R. Yeager, escritor nacido en Massachusetts, representa esta cartografía que poco tiene de empírica en Amigdalatrópolis, novela de 2016 editada y traducida recientemente en Argentina por Caja Negra como parte de la colección Efectos Colaterales. El título mezcla «amígdala» —órgano cerebral encargado del procesamiento de las emociones— con «metrópolis» —un gran centro urbano—. La amígdala del protagonista, un chico de 16 años incel (subcultura formada por hombres heterosexuales, blancos y racistas que odian a las mujeres y no han tenido relaciones sexuales), alienado por años al escenario de la virtualidad y el nihilismo, se ha desconectado de su entorno y su familia. El afuera de su habitación es su mayor miedo. El contacto con otros cuerpos y olores de lo cotidiano le da náuseas.

En este libro, Yeager vuelve a indagar en temas que ya había explorado en su anterior novela, Espacio negativo (Caja Negra, 2023): los lugares donde se está cuando no se está y que corren en paralelo al que se ve a simple vista; la soledad; el aislamiento; los foros de internet y la necesidad de escapar de un mundo ordinario que parece cada vez más inhabitable. El terror contemporáneo y el realismo son los géneros elegidos por el autor para mostrar algo que la mayoría pensaría que corresponde a un futuro distópico. Pero no lo es.

Amigdalatrópolis se vuelve más profundo, oscuro y hasta abyecto que los textos anteriores de Yeager. Propone una inmersión violenta en las corrientes oscuras de la subcultura online. No es para cualquiera, así se advierte de entrada en la tapa del libro, y realmente es así. El foro de la deep web que habita el protagonista es un infierno que ni El Bosco llegó a imaginar. “El nuevo ágora, la nueva plaza del pueblo, hoy tan expandida que es capaz de incluir a las infinitas multitudes de la Tierra”, se define en el texto. “Un pedacito de tierra prometida, sin ninguna ley”. Un universo gore/snuff de “hilos” al estilo 4chan —el famoso imageboard tomado por la extrema derecha— se despliega como un catálogo atroz de las perversiones y obscenidades del ser humano: desde imágenes de violaciones en vivo, confesiones de homicidios y grabaciones de femicidios, hasta deseos incestuosos, homofobia y misoginia. Varias veces surge la pregunta de por qué seguir leyendo o por qué alguien preferiría pasar horas allí dentro.

En este submundo que, lamentablemente, hace rato llegó a la superficie, la identidad se ha desintegrado tanto como la “vida real”. Se disuelve cotidianamente entre las imágenes del tablero. La Computadora (así, en mayúsculas) parece tener más humanidad: tiene corazón, huesos, rostros; se despierta. Ambos son uno solo y él está “mirándola fijamente para siempre”. El protagonista se identifica solo como “/1404er/”, el alias detrás del cual se esconden también todos los demás usuarios. Ya no es un chico, ni siquiera una persona; nada diferencia a uno de otro. “Dejamos el nombre afuera”, se explica. Todos juegan a estar separados del “todo social”, pero a la vez disfrutan de observar cámaras reales sin ser vistos.

El lector se vuelve, involuntariamente, un usuario más. La lectura dinámica del libro imita el scrolleo enfermizo y el salto automático sin lógica de una ventana a la otra. Leemos tres relatos a la vez: el foro, incrustado tal como se ve online —con su jerga y lenguaje obsceno—, que le va ganando espacio a la narración de la vida diaria del adolescente; y el relato de una tercera voz plural, onírica o alucinatoria, con un lenguaje poético que sugiere la fundación de una comunidad o, en otras palabras, la pérdida total de la individualidad y la moral.

“No deberíamos estar aquí. Nunca deberíamos haber llegado (…) estos son los lugares donde podemos entregarnos a lo impensable, a lo que no nos atrevemos siquiera a imaginar. Una dimensión invisible que se alimenta de pasto, de insectos, de no tener ganas de bañarse. Tomamos por la fuerza las cosas que no nos pertenecen y a partir de ellas construimos un lenguaje. Mundos nuestros. De nadie más”, dice la voz que se intercala con el foro. Amigdalatrópolis es la conquista inevitable y obscena de los que estuvieron al margen; el resentimiento de los paranoid android, en palabras de Radiohead. En esta novela, Yeager no nos ofrece una salida, sino una advertencia y un black mirror necesario sobre estos espacios anónimos que, desde lo oculto, funcionan como entrañas de nuestro presente.

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