Dua Lipa dio dos shows en Buenos Aires y demostró por qué es el ícono de las nuevas generaciones

Por: Ignacio Del Pizzo

La cantante de origen albanokosovar cautivó al público que colmó el Campo Argentino de Polo, para ser testigo de su Future Nostalgia Tour. Con los infaltables hits, mucho baile y un manejo magnético de la escena, la performer de 27 años se consagró una vez más como la diva del pop global.

Pasadas las 21.30 del martes y el miércoles, se apagaron las luces del repleto Campo Argentino de Polo, porque no podían competir con el brillo que emanaba del escenario dispuesto para los conciertos de Dua Lipa, en el marco de su Future Nostalgia Tour. Esta gira constituye la presentación de su disco homónimo, el segundo de su breve y explosiva carrera, que ya la llevó por Norteamérica y Europa y, luego de su etapa sudamericana, hará lo propio en Oceanía, constituyendo una verdadera vuelta al mundo, literalidad a la altura de su impronta.

A la hora de analizar su presentación en nuestro país, resulta ineludible detenerse en la autora antes que en su obra: hay algo en esta joven londinense de 27 años, hija de un matrimonio de refugiados albanokosovares, que le otorga un halo de originalidad que la diferencia de cualquier otra artista a la que le podría caber la categoría de “diva pop”. Su portento físico responde al estereotipo de una deportista olímpica, no de una bailarina tradicional, y no para de bailar junto a quienes danzan a su alrededor; su voz grave cuadra mejor en el rock que en el pop, pero brama por sobre sus coristas. Todos son perfectos, pero ella lo es más, porque se ríe en cada gesto, en cada mueca: se sabe distinta, y eso la convierte en la mejor. Juguetea con la concesión de “lo sexy”, se divierte en ese entramado y hace lo propio con su público, extasiado con cada uno de sus movimientos.

Además de la centralidad de Dua Lipa y sus columnas -bailarines y coristas-, la acompaña una banda con bajo, guitarra, batería y teclados: si bien los tres primeros ejecutan como piezas de relojería, lo que sucede con los sonidos sintetizados es de un nivel supino de producción, composición y ejecución. La puesta en escena se completa con pantallas laterales que transmiten lo más destacado del show, una tercera de fondo de escenario que hace las veces de escenografía y de herramienta al servicio de la narrativa, y un sistema lumínico que balancea cierto desdén estructural.

En el sentirse única y traducir eso en una propuesta artística, la cantante acepta con orgullo y responsabilidad su rol en el momento histórico de la industria cultural que le tocó vivir, y actúa en consecuencia. Además de ser una estrella para niños y adolescentes, desde el lanzamiento de su último disco se ubicó como referencia de escucha para audiencias adultas, y lo logró por dos razones principales: la primera, claro, su desempeño. Pero también porque logró sintetizar en su persona el concepto de nostalgia, inherente a la cultura pop desde sus orígenes y mercantilizado al extremo desde hace algunos años. En ella, la nostalgia es genuina, porque es la del futuro: aquí se cruza su apuesta estética con la transversalidad generacional que la adora porque, al menos en el mainstream, hay cierta orfandad respecto a producciones que honren al pasado y no lo hagan simplemente a caballo de una moda que lo único que espera es la maximización de ganancias, sin ningún tipo de otro aporte significativo para el arte y la cultura. En este punto resulta pertinente destacar que, en la ejecución de la canción “Future Nostalgia”, la banda está entre tinieblas y el cuerpo de baile se ausenta del escenario: lo ocupa sólo ella, y lo hace revoleando sus mechas en un desaforado headbanging que parece impropio del género. Se trata de un manifiesto despojado, un acto de transparencia artística en la que refuerza la decisión estética de todo lo otro, más no una necesidad.

En vivo, muchas de las canciones finalizan con una continuación en clave electrónica de lo que se acaba de escuchar, y ese recurso es usado como nexo con el siguiente track. Esta performance se vincula con una de las joyas de Future Nostalgia, “Love Again”, que comienza con un sample de “My Woman” a cargo del jazzero Al Bowlly junto a Lew Stone y su Monseigneur Band. Esta pieza original es de 1932, pero volvió a sonar en las radios dos años después del nacimiento de Dua Lipa con “Your Woman” de White Town. ¿Cuál es la nostalgia de cada generación? A la ejecución de este tema, obligado en el setlist, se sumó al repertorio un fragmento de “Hang Up” (2005) de Maddonna, que a su vez samplea a “Gimme Gimme Gimme” (1979) de ABBA: una ya no hace giras, los otros aparecen en hologramas… Dua Lipa los vuelve a traer a los escenarios, resignificándolos. Y qué decir de los homenajes a dos dúos franceses que ya no están en actividad: esa experiencia one hit wonder que representó “Lady (Hear Me Tonight)” de Mojdo (que también incluye un sample, claro, en este caso, correspondiente a “Soup For One” de Chic) y el himno distópico “Technologic” de Daft Punk. El corolario de esta densidad conceptual, histórica y pop es la ejecución de “Cold Heart”, ese mashup que formaliza el amoroso pase de mando entre un referente y otro, y la proyección de imágenes del bueno de Elton John, recibida con ovación por parte del público.

Tras una hora y media de nostalgia futura, se vuelven a encender las luces del Campo Argentino de Polo y parecen muy opacas, pero alcanzan a reflejar en los rostros de los fanáticos gestos que denotan haber entendido algo: el pop tiene quien le cante por el próximo medio siglo. Al fin de cuentas, ¿qué es el pasado si el porvenir no se postula como brillante?

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