Más de 70.000 cuerpos apilados en las morgues sin identificar. Son tantos que no hay dónde ponerlos.

Una tragedia que se conjuga en tiempo presente. Un duelo colectivo, permanente, interminable.
Más de 124.000 personas desaparecidas. La lista crece a diario.
Miles de fosas clandestinas en todo el país. Cada tanto se anuncian nuevos hallazgos de restos humanos que no tienen nombres.
Más de 70.000 cuerpos apilados en las morgues, sin identificar. Son tantos los muertos que ya no hay dónde ponerlos. No hay un banco de datos genéticos para contrastar muestras con los familiares que buscan a sus seres queridos.
Campos de exterminio. Lugares donde asesinan a personas de manera masiva.
Centros de reclutamiento forzado. Los cárteles secuestran a hombres, principalmente jóvenes, para entrenarlos, bajo torturas y amenazas, como sicarios. Les enseñan a manejar armas, a asesinar, a desmembrar, a desaparecer personas. Los atraen con falsas ofertas de trabajo en las redes sociales, los raptan en las estaciones de autobuses y los convierten en mano de obra forzada. Los esclavos del narco.
Cientos de colectivos de familiares que se organizan para buscar a sus desaparecidos, que excavan la tierra con sus propias manos. Las Madres Buscadoras, como las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, siempre al frente.
Masacres cotidianas. No hay día que no sepamos de una balacera, de cuatro, nueve, diez muertos. La deshumanización ha sido paulatina y profunda. De los asesinatos, los criminales pasaron al desmembramiento de cuerpos para evitar que sus víctimas fueran identificadas. Las técnicas alternan la incineración y la disolución en ácido. Sí, en México disuelven cuerpos.
La violencia exacerbada a partir de la irresponsable y falsa guerra contra el narcotráfico que Felipe Calderón inició en 2006 y que Enrique Peña Nieto continuó a partir de 2012. Nada hubiera sido posible sin la complicidad del Estado con los criminales. La connivencia política y la corrupción están demostradas. Ahí está Genaro García Luna, el secretario de seguridad de Calderón, condenado en Estados Unidos por trabajar con y para el Cártel de Sinaloa. Ahí están las decenas de gobernadores y tantos políticos más involucrados con los cárteles.
Andrés Manuel López Obrador apostó por la pacificación. Declaró el fin de la guerra pero reforzó la militarización. Aseguró que priorizaría la atención a las causas de la violencia, ya no a las consecuencias. «Abrazos, no balazos», prometió a los jóvenes para que no se sumaran a las organizaciones criminales. Pero ya había más cárteles con negocios más fortalecidos y diversificados y con presencia en casi todo el mundo. Exitosas empresas trasnacionales del crimen. A la producción y tráfico de drogas sumaron secuestros, extorsiones, trata de personas, robo de combustibles. López Obrador heredó la violencia y enfrentó una tarea titánica, pero nunca abrazó las luchas por los Derechos Humanos. Con el pretexto de no politizar su activismo, no quiso recibir a las madres buscadoras. Se centró en la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Ofreció justicia, y no cumplió. Cuando la investigación avanzó y llegó a los militares, el expresidente los protegió, defendió por completo al Ejército y criticó a los familiares. Una inmensa decepción.
Sheinbaum siguió en esa línea. Hasta ahora sólo se ha reunido con los familiares de los 43. Les volvió a dar esperanzas de verdad, de justicia. Del resto de las madres buscadoras, decía poco y nada, hasta que a principios de marzo el horror se nos volvió a estampar de frente. Un colectivo de familiares encontró nuevas fosas y crematorios clandestinos en el Rancho Izaguirre ubicado en Teuchitán, Jalisco. Había cientos de zapatos, ropa, mochilas, valijas, objetos cubiertos de polvo, amontonados. ¿A quiénes pertenecían, dónde están, qué les hicieron? ¿Por qué?
Los colectivos de Derechos Humanos convocaron a una vigilia nacional. En las plazas mexicanas (y en algunas extranjeras) hubo velas, flores y zapatos como triste símbolo de los desaparecidos. «Usted parece no querer voltear a vernos», le reclamaron a Sheinbaum en una carta pública, «no nos nombra, parece no escucharnos y no se dirige a nosotras. Ha llegado la hora de que usted nos mire de frente y asuma con nosotros la responsabilidad de buscar a los desaparecidos y parar las desapariciones».
La presidenta escuchó y respondió con una serie de iniciativas legales para reforzar la búsqueda de los desaparecidos. Ojalá cumpla porque, mientras no atienda y resuelva la crisis de Derechos Humanos, el Estado será responsable. «
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