Entró a un gimnasio para protegerse del bullying que sufría en el colegio. Entre jornadas de reciclado para una cooperativa de trabajadores excluidos, ganó el título mundial de la IWBO, una entidad sin fines de lucro.

Dylan forjó una historia que huele a esfuerzo, defensa y gloria. Con apenas 23 años, se consagró campeón mundial de la Interworld Boxing Organization (IWBO), una entidad sin fines de lucro que sanciona competencias de boxeo profesional y amateur a nivel internacional, brindando oportunidades para que boxeadores de todo el mundo puedan crecer y destacarse. Su logro fue celebrado por la Federación Argentina de Cartoneros, Carreros y Recicladores (FACCyR) en sus redes sociales.
Pero su historia empezó mucho antes, en un aula donde la violencia tenía forma de burla.
“Empecé boxeo porque me hacían bullying en la secundaria. Yo te soy sincero, era gordito y siempre estaban los compañeros que se querían sobrepasar: como dicen ahora los pibes, los ‘cancheros’ que se quieren pasar de vivos y siempre iban con la bomba débil que éramos los gorditos, los anteojitos o los diferentes del grupo. Me cansé y empecé boxeo, no para hacerme el guapo sino por defensa propia y para que no se burlaran de mí”, recuerda.
Explica que esos compañeros “siempre buscaban la aprobación y las risas de los demás; eso es muy feo para quien lo sufrió y más para los chicos que hoy también lo sufren”.
El boxeo llegó como refugio. Después se convirtió en una pasión. Y más tarde, en un proyecto de vida. Dylan ya venía del fútbol -deporte que tuvo que abandonar por una lesión- pero en el ring encontró algo distinto: “En el fútbol dependés de los demás. En el boxeo, sólo de vos y de quien te entrena: es un 50% del entrenador y un 50% del pupilo”, explica.
Su rutina es un espejo del sacrificio:
“Llego cansado pero sigo. Entreno en el gimnasio y en casa corro unos diez kilómetros, hago 20 minutos de bolsa y un poco de sombra. Cuesta, porque laburo desde los diez años y el cuerpo y la mente lo sienten, pero tengo el objetivo de llegar lejos, tanto en el boxeo como en la vida”.
El sueño que lo empuja es concreto: terminar de comprar la casa donde viven sus padres y sus hermanos. “Lo primero que quiero es que ellos estén cómodos, es lo que más me importa”, asegura.
Cuando habla de su familia, de su pareja y de su suegra, quienes lo acompañan en su carrera deportiva, la voz se le ablanda.
“Ellos también sufren. Mi vieja se preocupa cada vez que subo al ring pero cuando termina la pelea la veo más tranquila; por ellos hago el esfuerzo y ellos lo hacen por mí”.
Su historia no se separa del trabajo ni del territorio, porque el deporte también se mezcla con la realidad social: “La situación es complicada pero uno busca el bien para la familia. Quiero seguir estudiando, terminar la escuela e ir a la universidad, es lo que sueño”.
En México, Dylan vivió uno de los momentos más intensos de su carrera:
“Fuimos por la gloria y la trajimos. Peleamos contra un gran boxeador y persona, dimos cátedra y traje el título mundial a la Argentina. En el ring no somos amigos, pero dimos una guerra hermosa.”
Cuando se mira al espejo, recuerda al chico que alguna vez fue.
“Verme y decirle al chiquito que era yo: ¡logramos muchísimas cosas!… llegamos a la meta de ser reconocidos mundialmente, eso me emociona y me hace sentir orgulloso; el avance que tuve en la vida de tanto esfuerzo y sacrificio, estar donde estoy y seguir avanzando. En México di mi primer autógrafo y fue una sensación hermosa. Es la primera vez que me siento más o menos importante”.
Dylan subraya que siempre hay que ser humilde. Hoy, con la mirada puesta en nuevos títulos, no se olvida de quién creyó en él cuando todavía era sólo un pibe con un sueño: de su entrenador Cristian Daunis y del profesor Loreto, del club de boxeo Team Daunis Berazategui, “más que una escuela, una familia”.
“Mi entrenador es como un ángel, le dije que quería ser campeón mundial y cuando volví a la Argentina le dije: ¡profe lo logramos!, le di un gran abrazo y le agradecí por nunca soltarme la mano y por todas las oportunidades que me dio.
Hoy, Dylan, apodado “Majin Boo”, busca sponsors para poder seguir avanzando en su carrera y representar a la Argentina en nuevos escenarios internacionales, consolidando su lugar en el boxeo profesional mientras además sigue comprometido con su comunidad y la economía popular.
“El boxeo es mi vida, mi pasión, mi motivación del día a día para seguir creciendo en cada combate de la vida”, escribe Dylan en sus redes sociales. Y cierra con una frase que repite con orgullo: “Team Daunis, papá: cuna de campeones”.
Entre jornadas de reciclado y entrenamientos, sueña con terminar el secundario, ir a la universidad y seguir representando al país en nuevos rings. Desde Berazategui al mundo, Dylan lo hace con la misma pasión que lo hizo campeón.
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