Por Pablo Ramos, escritor
Con respecto al premio Nobel se me ocurren varias cosas. La primera es la que se le ocurre a todo el mundo: es un premio más parecido al Oscar que al Cervantes. Digo esto porque las razones que juegan a la hora de otorgarlo son, en su mayoría, extraliterarias. El premio que por las mismas razones que no festejó a Borges festejó a Vargas Llosa, ha perdido tanto prestigio en las últimas ediciones que supongo quiso recuperarlo dando un salto revolucionario y premiando a un héroe consumado del rock. No digo que Dylan no lo merezca, por Dios, sé que lo merece y a eso me refiero: cualquiera, sabiendo lo que él es y lo que representa, podría premiarlo a ciegas, o a sordas como quieran leerlo. El tema es que también estaba Philip Roth, ahí al lado, en la lista (¿hay una lista?), tal vez el escritor más notable (junto con John Cheever) del siglo XX y lo que va del XXI.
Sin embargo la enorme entereza del músico, su compromiso con la verdad de lo que hace, su dignidad, es lo que quiero decir, hizo que a los del Nobel les saliera el tiro por la culata. Va a ir a recibir el premio porque le queda de paso, sin pompas ni descorches de champagne con ese tono cansino e íntimo que tanto admiro en él que es un músico a quien no admiro.
No intento llamar la atención con estas palabras que escribo sobre la mismísima hora de cierre de este diario al cual banco y bancaré a muerte. Espero no disgustar a nadie. «
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