Dylan, un Nobel de paso

Por: Pablo Ramos

Por Pablo Ramos, escritor

La verdad sea dicha. Estuve dando vueltas para escribir estas líneas porque soy una persona completamente indiferente a la música de Bob Dylan. No es que lo tenga escuchado y que rechace una obra que no necesita de ningún anónimo como yo que la autorice. Sencillamente al igual que David Bowie, por una razón que desconozco y que ya no me interesa conocer, no los escuché. Lo poco que escuché de Bowie me gustó, lo poco que escuche de Dylan me aburrió bastante: no me gusta como canta, no me gusta su voz, las melodías me parecen repetitivas, las armonías bastante coherentes a la pobre armonización que tiene el rock, y como no sé inglés no me preocupé mucho por sus letras. Si quiero leer a un poeta compro un libro, pero muy pocas veces quiero leer a un poeta. Pero que quede claro que lo escuché poco, muy poco, no más de diez canciones que pueda recordar.

Con respecto al premio Nobel se me ocurren varias cosas. La primera es la que se le ocurre a todo el mundo: es un premio más parecido al Oscar que al Cervantes. Digo esto porque las razones que juegan a la hora de otorgarlo son, en su mayoría, extraliterarias. El premio que por las mismas razones que no festejó a Borges festejó a Vargas Llosa, ha perdido tanto prestigio en las últimas ediciones que supongo quiso recuperarlo dando un salto revolucionario y premiando a un héroe consumado del rock. No digo que Dylan no lo merezca, por Dios, sé que lo merece y a eso me refiero: cualquiera, sabiendo lo que él es y lo que representa, podría premiarlo a ciegas, o a sordas como quieran leerlo. El tema es que también estaba Philip Roth, ahí al lado, en la lista (¿hay una lista?), tal vez el escritor más notable (junto con John Cheever) del siglo XX y lo que va del XXI.

Sin embargo la enorme entereza del músico, su compromiso con la verdad de lo que hace, su dignidad, es lo que quiero decir, hizo que a los del Nobel les saliera el tiro por la culata. Va a ir a recibir el premio porque le queda de paso, sin pompas ni descorches de champagne con ese tono cansino e íntimo que tanto admiro en él que es un músico a quien no admiro.

No intento llamar la atención con estas palabras que escribo sobre la mismísima hora de cierre de este diario al cual banco y bancaré a muerte. Espero no disgustar a nadie. «

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