Profesores con doctorado manejan autos de aplicación para llegar a fin de mes. O incursionan en el comercio. Consecuencias de un desguace que busca destruir la educación pública.

“Conocemos varios docentes que trabajan con aplicaciones, dando clases particulares o en otros niveles para complementar el salario”, le dice a Tiempo Laura Carboni, secretaria General de la Asociación Gremial Docente (AGD), el sindicato de docentes universitarios de la Universidad de Buenos Aires. Según sus números, mientras que la inflación acumulada desde diciembre de 2023 a la fecha es de 293%, los aumentos salariales de los trabajadores de la universidad fueron de poco más del 160%, con una pérdida de poder adquisitivo total del 33,6 por ciento. Los docentes estuvieron de paro esta última semana y se preparan para una masiva movilización el próximo 12 de mayo.
Si bien el principal ataque se dio en los primeros cuatro meses del gobierno de Milei, en los últimos tiempos el salario también viene perdiendo contra la inflación. En enero, la inflación fue del 2,9% contra un aumento de sueldos de 2,5 por ciento. La diferencia persistió en febrero (2,9% versus 2,2%), en marzo (3,4% contra 2%) y en abril (alrededor de 2,5% versus 1,7%). Todo esto en un contexto en el que el gobierno no cumple con la Ley de Financiamiento votada hace 200 días por el Congreso.
Dice Carboni: “No podría decirte que este nivel de desfinanciación y el ataque a los salarios antes no ocurrió, pero ahora está más sostenido en el tiempo y desde el minuto uno de este gobierno”.
Docentes por app
Mauricio Torme tiene dos carreras de grado y un doctorado en Ciencias Sociales. Da clases en el CBC de Escobar, en Estación Buenos Aires, y en la carrera de Sociología. Pero nada alcanza. Le dice a Tiempo: “Como profesor universitario tengo ahora 40 horas semanales. Decidí hacer otros trabajos porque no llegaba a pagar mis costos de vida. Alquilo, tengo un niño. Empecé a hacer Didi para completar, tres o cuatro horas por día, entre cuatro y cinco días, en diciembre del año pasado. También compro cosas en Once y las vendo en General Guido, en la Provincia de Buenos Aires, de donde yo provengo y donde vive mi familia. Lo hago con mi novia, que es de un pueblo cercano”.
A Juan Manterola le pasa algo similar: “En la universidad tengo una dedicación simple: 10 horas semanales. Mi salario está alrededor de los $ 260.000”. Pero, además, no percibe los aumentos. “Algunos docentes tenemos lo que se llama la garantía salarial. Ésta está congelada y mi sueldo siempre estuvo por debajo: nunca pasó la garantía”. Cuenta que lo que pensó como un ingreso por unos meses terminó siendo algo permanente. “Soy docente secundario y universitario. El deterioro lo empecé a sentir entre febrero y marzo del 2024. Entré en un pozo económico del que nunca pude salir. El 2024 fue terrible. En octubre de ese año decidí probar con Uber. Lo imaginé como una especie de trabajo temporal que me ayude en esos meses. En ningún momento lo pensé como un ahorro ni nada que se le parezca: era con el objetivo de llegar a fin de mes”.
Alberto Manobla trabaja desde hace poco como docente, pero ese oficio le representa una parte muy baja de su salario: él es gastronómico. No obstante, le dice a Tiempo: “Hoy no podría vivir solo de ser docente, pero sí sería mi anhelo: poder dar más clases en la carrera y en el CBC”.
Nicolás Pozik también tiene una historia con las aplicaciones. “Soy sociólogo, trabajo 20 horas semanales como docente y entre 30 y 40 con el auto. Lo hago de acuerdo a las necesidades. Tengo una clientela, con un servicio de fletes y traslados. Si no hay mucho trabajo, utilizo las aplicaciones: soy un usuario-conductor bastante asiduo. El total de ingresos proviene en un 25% del salario docente y en un 75% del trabajo con el auto”.
Problemas
Esta situación genera muchos problemas. El primero es el agobio laboral: Pozik indica que trabaja 60 horas semanales totales y es una situación general de los docentes hoy. Pero, además, hay un golpe a la formación y lucidez que un docente tiene que tener para un adecuado desenvolvimiento laboral.
“Me perjudica en mi formación -dice Mauricio-. Tengo ‘colgadas’ investigaciones, artículos, libros que no puedo abordar y leer como quisiese. Tiene un impacto directo, porque uno está preocupado por la supervivencia diaria y mensual. No hay mucha energía para nada más”.
Agrega Nicolás: “Esta situación me perjudica en mi desempeño académico y laboral porque mi deseo es dar clases, investigar, seguir escribiendo y desarrollarme en los campos académicos que me interesan. Y si tenés que laburar 40 horas por semana de otra cosa porque no llegás a poner un plato de comida en tu casa, te aleja la posibilidad de seguir formándote. Se están vaciando las aulas: es un crimen contra la sociedad y el país”.
Pozik, igualmente, va más a fondo: “No me deja el gobierno ser docente”.
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