El bombardeo como coartada: Trump, Milei y la tentación de la guerra

Por: Guillermo Justo Chaves

El ataque de Estados Unidos a Irán vuelve a poner en evidencia una vieja tentación del poder: usar la confrontación externa para tapar crisis internas. En ese tablero peligroso, el alineamiento incondicional de Milei expone a nuestro país a riesgos innecesarios y plantea un urgente debate sobre el lugar de Argentina en el nuevo orden global.

La Casa Blanca por segunda vez en dos meses ha vuelto a violar el derecho internacional. El asesinato de del ayatolá Alí Jamenei, no sólo es un acto de guerra sino que es un crimen de Estado ejecutado con la prepotencia del que se sabe impune. Trump, no sólo ha matado a un jefe de Estado extranjero sino que ha dinamitado cualquier principio de convivencia entre naciones. Ha pisoteado la Carta de Naciones Unidas y ha dejado al desnudo la lógica de un imperio que ya no necesita coartadas ni argumentos para imponer su voluntad por la fuerza. De hecho, circulan varias razones atribuibles al inicio de las acciones bélicas, pero ninguna es considerada oficial.

Esa ambigüedad nos hace sospechar -conociendo la política interna y la realidad actual de la sociedad norteamericana-, cuáles son las verdaderas causas que motivan a Trump. Lo cierto y evidente, es que el presidente de Estados Unidos tiene tres incendios domésticos que no puede apagar y amenazan su supervivencia política a la luz de las próximas elecciones del mes de noviembre.

El primero de ellos es económico: los problemas de inflación, consumo y promesas de bienestar incumplidas, generan malestar en la población y alejan la promesa de MAGA (Make América Great Again). El segundo es político: un sector de la comunidad latina -es cierto que menor al apoyo que tienen en los demócratas- está indignado ante las persecuciones a los inmigrantes y las políticas de deportación. Eso ya ha tenido consecuencias electorales a nivel estatal y las tendrá en noviembre. En tercer lugar, lo judicial, que es lo más oscuro. El caso Epstein, que expone una red de pedofilia y trata de personas, preocupan y mucho a Trump. Suelo decir que le encantaría bombardear esos archivos de Epstein. Como no puede, bombardea Irán.

La lógica es perversa, pero la búsqueda de un enemigo exterior y la guerra aparecen como una vieja coartada de la política cuando los problemas internos se acumulan. La historia ofrece demasiados ejemplos. Trump parece recurrir a esa herramienta y arrastra al mundo, además de condicionar a sus aliados. En eso no está sólo. Benjamín Netanyahu ha utilizado durante estos años la misma estrategia: prolongar la agresión, la confrontación militar y la devastación como forma de sostener su legitimidad interna ante crisis políticas y judiciales. Donald Trump y Netanyahu comparten ese mismo modus operandi; cuando la política se complica, las bombas son la solución.

En este escenario convulsionado la posición de Argentina es preocupante. El gobierno de Milei ha decidido hace tiempo alinearse en forma incondicional a Trump, sumándose a estas iniciativas random como el llamado “Escudo de las Américas”. Más allá de la retórica grandilocuente, esa decisión implica subordinar la política exterior argentina a la estrategia de seguridad norteamericana, incorporando al país a este club de alineamiento ideológico y político que poco tiene que ver con los intereses nacionales.

El seguidismo de Milei no es solamente político, ideológico o personal. Todos sabemos que responde a una realidad estructural, que es la dependencia financiera respecto del Tesoro estadounidense, que condiciona cada vez más la autonomía de la voluntad de la república Argentina. Cuando la política económica se vuelve dependiente, la política exterior sigue el mismo camino. Que el canciller Pablo Quirno sea alguien del mundo de las finanzas y ex JPMorgan, es una muestra evidente de todo esto.

Sin embargo, ante esta escalada de violencia, otras voces han elegido un rumbo diferente. Líderes como Lula Da Silva, Claudia Sheinbaum o Pedro Sánchez han marcado con claridad que la salida no puede ser la guerra, debe ser la diplomacia. El No a la Guerra y la idea de que los gobiernos están para buscar el bienestar de sus ciudadanos, parecen cuestiones obvias pero son parte de este llamado. La guerra no es un destino inexorable, es una decisión política.

Argentina, por su parte enfrenta demasiados problemas como para cargar con el peso de una guerra ajena. Estamos atravesando un proceso de estancamiento con inflación, destrucción del aparato productivo, caída permanente del consumo, del poder adquisitivo, endeudamiento de las familias. No podemos salir adelante. No podemos darnos el lujo de formar parte de esa guerra, y convertirnos en objetivo militar -como de hecho ya lo estamos haciendo-, por las actitudes de Milei o Quirno. No podemos exponer a nuestros ciudadanos, por la lealtad a una potencia que jamás mirará nuestro interés. Finalmente, como un karma para Milei, esta guerra puede agravar sensiblemente las condiciones de nuestra economía.

Frente a este escenario, necesitamos una brújula diferente. El futuro de Argentina debe ser el del multialineamiento inteligente, no puede ser el de este seguidismo sumiso. Necesitamos una política exterior autónoma que sepa moverse entre las grandes potencias y en este nuevo contexto, sin perder identidad ni soberanía. Una inserción en el mundo que no exponga ni sacrifique a los argentinos en nombre de alianzas coyunturales basadas en simpatías personales o dogmatismos. Desde ya que es necesario un nuevo orden global con instituciones renovadas, pero que recupere la cordura y la legalidad, donde la paz sea un derecho de todos.

Esta discusión es la que debe darse en nuestro país desde ahora. Si aspiramos a construir una alternativa al experimento Milei en 2027, debemos comprender que el próximo liderazgo tendrá que mirar el mundo con una lógica nueva. No alcanza con administrar la coyuntura doméstica. Quien aspire a liderar debe partir de la mirada global hacia lo local, hay que entender el tablero para defender mejor a nuestra Argentina.

El desafío es claro: reconstruir una inserción internacional autónoma, repensar las estrategias en función de la emergencia del Sur Global, del peso determinante de China y de las transformaciones tecnológicas. También urge recomponer la relación con América Latina y demostrar que es posible estar en el mundo sin someterse a nadie y sin poner en riesgo la paz y seguridad de nuestro pueblo. Esa paz que no es ingenuidad. Es la condición de posibilidad de cualquier proyecto de desarrollo y de futuro compartido.

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