En esta segunda columna, el autor propone desarmar la idea que la Argentina depende de la llegada del capital extranjero para aspirar a una vida mejor, por derrame de sus decisiones de inversión. Invita a "sacar toda la basura debajo de la alfombra" para descubrir el inmenso capital productivo del país que pudes ser volcarlo en formas sustenteables.

Eso, en plena vigencia del neoliberalismo.
Por lo tanto, será obligatorio dudar de cada axioma, cada consigna, cada regla de tres simple que pareciera acompañarnos desde que nos sumamos a pensar juntos. Hoy le toca a uno de los factores de producción; de aquellos componentes de la generación de cualquier bien o servicio, de los que hay que ocuparse cuando se piensa en el desarrollo.
Durante siglos hemos dicho (todos) que esos factores son tres: capital, tierra y trabajo.
Hace unos 50 años, al acelerarse la innovación tecnológica, se agregó ésta como cuarto factor, por considerarla independiente de los otros tres. También estuvimos todos de acuerdo.
Críticos de base del capitalismo, como Karl Polanyi, han señalado que el capital puede condicionar los otros factores, sea por compra directa o por variados mecanismos de dominación, con lo cual todo gira alrededor de un factor hegemónico y los demás tienen su identidad, pero se utilizan de manera subordinada al principal.
En una futura nota de esta serie, propondremos agregar al Estado como factor de producción.
Con esto, intentaré poner en evidencia que la ausencia del Estado (representante de la comunidad toda) en el conjunto de factores de producción es una potente concesión al neoliberalismo, para que creamos y postulemos que el desarrollo se ejecuta sin el Estado o que éste tiene una misión subsidiaria en el proceso. Eso será más adelante.
Volviendo a la relación entre los factores, la visión crítica de Polanyi se contrapone a una visión simétrica de gran parte de la población en cuanto a la hegemonía del capital, pero considerando a ésta como natural e inevitable. Sin capital, nada se podría.
Ahora bien, ¿de qué capital hablamos? ¿nacional o extranjero? ¿de la comunidad local o de cualquier punto del país? ¿con qué origen, productivo, financiero, heredado?
¿Hace falta meterse en estos laberintos?
La política argentina hace décadas parece haber resuelto este dilema. Desde Carlos Menem apuntalado por Bernardo Neustadt, se ha instalado que la clave para buscar con éxito el desarrollo es convocar al capital extranjero, porque sin él todo será débil o simplemente no será.
La información más elemental desmiente este mito.
El stock de capital productivo y de servicios del país se estima en 1.1 billones de dólares. Insólitamente, además, se llega a esa suma excluyendo de las estadísticas el valor de la tierra productiva, que se considera propiedad base, como si fuera una vivienda, lo cual subestima mucho el valor total anterior.
La inversión extranjera acumulada ( sin tierra) sería 186.000 millones de dólares o sea algo más del 15% del total.
En cuanto a las inversiones anuales, el total serían unos 100.000 millones de dólares y aquí la participación extranjera es muy variable, pero menos del 10% neta, a consecuencia de las importantes remisiones de utilidades y devoluciones de préstamos de casas matrices remitidos al exterior.
Sin embargo, el capital extranjero es mayoritario en las exportaciones, las importaciones, los bancos, la industria automotriz, las petroleras, la energía, la minería, por lo menos. O sea: es hegemónico en actividades dinámicas, que nos vinculan al mundo. De paso, tiene una altísima responsabilidad en nuestros problemas de divisas, porque se financia con préstamos intra corporación; porque gira utilidades y servicios crecientes, en un proceso de extranjerización que comenzó en 1958, cuando el capital extranjero solo era el 5% del total y se aceleró brutalmente durante el menemismo, para nunca retroceder.
Buscando resumir: somos una colonia moderna, con gobiernos condicionados detrás de escena y con nuestro patrimonio manejado al servicio de una pequeña fracción, cuyo domicilio real nunca conoceremos.
¿Cómo no va a importar entender la diferencia entre el origen del capital a invertir? Peor de lo peor, ¿cómo podemos reiterar la idea que dependemos de la llegada del capital extranjero para aspirar a una vida mejor, a la que llegaríamos por derrame de sus decisiones de inversión?
Terminemos de sacar toda la basura debajo de la alfombra.
Eramos pocos y el capitalismo concentrado mundial inventó formas de exportar los excedentes financieros que se generan permanentemente en este universo plagado de inequidad. Apareció la financiarización empresaria ( o sea empresas productivas que dedican sus utilidades a especular en las finanzas en lugar de producir más) ; los fondos de inversión más o menos presentables, aún fondos soberanos de Estados nacionales; los fondos buitres, a la caza de países ahorcados; el nuevo super mito de las criptomonedas fuera de todo control ( aparte de quien las emite!!!).
A todo eso se le llama capital y la periferia del mundo le abre los brazos esperando que la ayuden.
Si fuéramos capaces de pasar bien la escoba, aparecerían debajo los 900.000 millones de dólares de patrimonio productivo e infraestructura en manos de argentinos; las más de 150 millones de hectáreas agropecuarias, con la mayor superficie arable por habitante del mundo ; los más de 400.000 millones de dólares de argentinos en el exterior. Todo ese inmenso capital, para volcar encima de nuestros recursos materiales y humanos acordando formas sustentables de hacerlo, detrás del bien común, que es de cada uno y a la vez es de todos.
Descubierto que fuera ese reservorio, habrá que ponerlo en marcha.
Eliminando las retenciones al agro y ajustando allí el impuesto a las ganancias, al patrimonio y a las tierras ociosas. Creando el régimen de promoción de cadenas de valor locales.
Buscando, tema por tema, alianzas con el capital externo para proveer infraestructura y tecnología, en sociedad con capital nacional de cualquier dimensión y el Estado.
Creando empresas mixtas de exportaciones de todo tipo y dimensión.
Ni por asomo volver a soñar que experiencias como Vicentín, Fate, SanCor, Techint, podrían haber sido de otro modo. En cambio, apoyar lo regional, con raíces en el país bien aseguradas.
Por supuesto, cambiando la ley de entidades financieras y la ley de inversiones extranjeras, como lo obliga la defensa de la comunidad después de medio siglo de errores.
Sobre todo eso, capacitando y comprometiendo a los más capaces para trabajar en un Estado para el bien común, al cual caracterizaré en la próxima.
Hasta pronto.
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