El Capitán Piluso

Por: Ricardo Gotta

Regordete, jugaba de arquero o de volante. A mediados de los ’20 su familia se afincó en Belgrano. A los 8, lo llevaron a la inauguración del Monumental, un partido ante Peñarol: deslumbrado se hizo hincha de River. Estudió en el Nacional Buenos Aires. Al ingresar a Marina, un test  resaltó su dificultad para relacionarse. Completó Ingeniería Naval en Comunicaciones, fijó su base en la Dirección de Electrónica Naval, en un enorme galpón azul ubicado en Lafinur y Cabello. Allí recibió algunos años después a Ubaldo Fillol, ya campeón mundial, en conflicto con River: lo apretó con su arma reglamentaria sobre el escritorio. Con la que apuntó a empleados de la Secretaría de Vivienda que osaron oponerse a sus directivas. O como lo hizo con Benedetto Mosca, director de la editorial que publicaba la revista Goles. No la usó cuando obligó a que River echara a Ángel Labruna para contratar a Alfredo Di Stéfano, o que repatriara a Marito Kempes para contrarrestar el efecto del pase de un tal Diego Maradona a Boca.

Sus compañeros de arma lo llamaban Gordo. En el mundo del fútbol le decían Capitán Piluso.

Conoció a Carlos Alberto Massera como teniente de navío. A su hermano, Emilio Eduardo, cuando era teniente de corbeta. Los tres participaron de la Libertadora que derrocó en 1955 a Juan Domingo Perón, junto a Rubén Jacinto Chamorro, otro marino, célebre tras dirigir uno de los más siniestros chupaderos, la Escuela de Mecánica de la Armada. A principios de los ’60, Arturo Frondizi lo envió a EE UU para realizar cursos de administración y de armamentos. A su regreso, conoció a Hebe Angélica Aprile, prima de Leopoldo Galtieri. Él, a su vez, era primo de Raquel Hartridge, la mujer de Jorge Rafael Videla. Dos de los presidentes de la dictadura. El propio Gordo lo sería durante once días, en 1981, cuando, en la intimidad, esbozó una idea para combatir el creciente deterioro post Mundial del gobierno de facto: «Se arregla muy fácil: invadiendo las Malvinas». Regresó al Ministerio de Acción Social.

Fanático gardeliano. Solía vestir un impecable uniforme blanco. Altivo, dominante. Un outsider hosco, nada diplomático, insolente, absolutamente despiadado. En octubre de 1974, Isabelita no había completado el duelo personal por la muerte de su esposo y López Rega conducía el gobierno desde Bienestar Social. Pedro Eladio Vázquez, en Deporte y Turismo, armó la inerte Comisión Mundial 78. El Gordo empezó a merodear esa oficina. Se ponía en movimiento.

Consumado el golpe del ’76, en la repartija del botín, la Marina se quedó con el deporte. Massera conducía, el Gordo era el brazo ejecutor. La noche del viernes 26 de marzo, arribó a Buenos Aires una comisión de FIFA para inspeccionar las obras del Mundial, liderada por Hermann Neuberger, exoficial SS de Hitler, titular de la Federación Alemana. Sumó un gesto: «El cambio de gobierno no tiene nada que ver con el Mundial. Somos gente de fútbol y no políticos». El presidente de FIFA, Joao Havelange, que no tenía un currículum mejor, aseguraba desde Europa: «La Argentina está ahora más apta que nunca para organizar el Mundial». Meses antes, el Gordo, Massera y los dos señores mantuvieron una cena íntima en un hotel de Retiro, que se prolongó con nutrida presencia femenina. En menos de 50 días se apropiaron de la AFA, en alianza con otro represor, Carlos Guillermo Suárez Mason. Alfredo Cantilo quedó al frente. Faltaba el bocado mayor.

Videla convocó al general Carlos Omar Actis para manejar el Ente Autárquico Mundial 78, con un fabuloso presupuesto, pero con la orden de evitar el despilfarro. Actis fue asesinado a los dos meses. Culparon a los montoneros. Hasta hubo una confesión de un líder de la orga. Pero una investigación, creíble a pesar de su polémico autor, detalló minuciosamente cómo lo había ejecutado un comando enviado por el Gordo.

Retuvo su cargo de vice en el EAM, y tuvo en su puño al general Antonio Merlo, que suplió a Actis. Hizo buenos negocios: Ciccone Calcográfica, con su complicidad, ganó la adjudicación para imprimir las entradas del Mundial 78. Contrató a Burson-Masteller para mejorar la imagen del gobierno por una cifra millonaria. Apretó a cientos de periodistas: con el único que no pudo fue con Dante Panzeri, ya enfermo, quien murió meses antes de la Copa.

Acuñó la frase: «Hemos derrotado a la derrota». Acordó la paz con las incipientes barrabravas. ¿Fue quien mandó la DGI, y algo más, a Carlos Monzón-Cacho Steimberg, quienes pugnaban con Editorial Atlántida y Recova, por la organización de torneos veraniegos en Mar del Plata? ¿Fue quien mandó a ponerle una bomba a Juan Aleman, en mensaje mafioso, porque el funcionario de Economía frenaba los fondos del Mundial?

Se acercaron a César Menotti. Hubo fotos y reuniones íntimas. Llegaban en helicóptero a la concentración de la Selección en el predio militar de Villa Martelli. Le impusieron la convocatoria de Norberto Alonso. La tarde fría del 1 de junio de 1978, Havelange antes de inaugurar el Mundial buscó a los milicos argentinos. A quien primero le estrechó su diestra y susurró «felicitaciones» fue al Gordo. En persona llamó al presidente peruano Francisco Morales Bermúdez, antes del 6-0 a Perú y fue al vestuario incaico con Videla y Kissinger antes del partido. Salió en la foto en los festejos del 3-1 a Holanda.

Jamás presentó un balance certero sobre los gastos del EAM. Tampoco dejó de pertenecer al proyecto personal de Massera, por fortuna inconcluso, de ser el presidente «democrático» tras la dictadura. Pero el Gordo debió reacomodarse, primero en la CSF (luego lo reemplazó Eduardo Deluca) y el 7 de julio de 1980 ocupó el lugar de Santiago Leyden en una vicepresidencia de FIFA. Incluso, en 1983 se apropió de la comisión de finanzas, cuando el italiano Artemio Franchi falleció en un accidente automovilístico. Hasta que dos diputados peronistas fogonearon una investigación en el Parlamento argentino y renunció. Su sitio fue ocupado por Julio Grondona.

Debió sortear un episodio enojoso en México 86. Huésped de honor de Guillermo Cañedo, una noche visitó el centro de prensa instalado en el DF: un grupo de periodistas argentinos (Ezequiel Fernández Moores, Juan José Panno y Carlos Bonelli, entre ellos), al reconocerlo levantó sus puestos de trabajo y lo reflejó en sus medios: «El dictador argentino en centro de prensa». Murió en 2004, un aviso fúnebre (en nombre de la Armada Argentina) llevaba la firma de Federico Barttfeld, exmiembro de Propaganda Due.

Carlos Alberto Lacoste se había refugiado en esa FIFA: aún hoy es el destino alternativo elegido por otros que ven menguado su poder fáctico. Como espacio de continuidad laboral, como ardid para seguir haciendo caja, o como mero aguantadero. «

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