El cielo de los ahogados

Por: Gastón Rodríguez

Editada originalmente en 2007 en Santo Domingo y relanzada en Argentina por la editorial Corregidor, Candela, de Rey Andújar, es más que una novela que desbarata ese Caribe del Todo Incluido: enseña a soportar la inminencia de la tragedia.

Esta mierda de isla del tercer mundo. Camino a la capital en un micro con olor a fritura, a pañal cagado. Afuera, al costado de la ruta, viejas que intentan vender mangos mal conservados, alguna mermelada. En los barrios no asoma ningún resort, no hay canadienses saludables y sonrientes bebiendo tragos en una piscina. Del mar verde y sus corales solo se sabe por la televisión. Gustaff Castratte viaja cargando una tristeza. Le han avisado que su hermano menor saltó del balcón y que tiene que ocuparse de la burocracia de la muerte: identificar el cuerpo, organizar el entierro, dar su consentimiento a la policía para que cierre el caso. Pero la noticia no clausura nada. Más bien lo contrario: revive un manojo de desgracias antiguas que se verán enlazadas con nuevas vidas, también estropeadas. Y todo en una atmosfera de huracán que obliga a prepararse para el desastre.

Editado en Argentina por Corregidor, Candela, del dominicano Rey Andújar, es una novela que desbarata ese Caribe del Todo Incluido forjado por los promotores turísticos. En clave policial, Andújar cuenta la ruina de un país centroamericano, desangrado por la corrupción, la pobreza, la discriminación y la violencia. Que no haya escrito un panfleto político solo se explica por la pericia. Con una prosa que oscila natural entre lo lírico, la jerga del bajo fondo y hasta lo onírico y lo metafísico, el autor capta al lector y lo deposita sin escalas en un paisaje azotado por vientos huracanados donde “la gente se muere y punto”. Antes aceptarán coimas, tomarán antidepresivos o escribirán poesías.

“Candela, por lo más sagrado, danos una esperanza”, es el ruego. Entre tantos personajes –el indolente policía Imanol Petafunte, la poderosa abogada Sera Peñablanca, el poeta atormentado Lubrini, entre otros–, la de Candela parece ser una presencia secundaria, insuficiente para nombrar al libro. Sin embargo, lo que se esconde detrás del título es un concepto: en un sentido literal, Candela es el fuego; inmerso en un lenguaje vivo, es una promesa de premio, una actitud guerrera ante la vida, un modo de burlar la muerte.

“Para mí, el juego y el riesgo son muy importantes”, declaró Andújar en una entrevista a propósito de Candela, publicada originalmente en 2007 en Santo Domingo y con una versión para el cine que espera fecha de estreno. Es válido imaginar que el autor, 44 años y profesor en una universidad de Chicago, también echó mano a los recuerdos de su infancia en Villa Duarte, una barriada periférica que muy temprano le enseñó que las playas con camastros y los campos de golf son para los gringos, los mismos que hoy asisten a sus clases.

“Sobrevolar las malas opciones y elegir la lectura como escape a todo. Nacer esperando una visa”, se lee en una parte del Manifiesto Caribe Pop, ese intento de explicar (y entender) una estética tropical que Andújar ha suscrito junto a otros escritores, cineastas y artistas y que funciona como apéndice del libro.

El noticiero pronostica vientos de 120 kilómetros por hora. En los barrios, la inminencia de la tragedia no alterará la rutina. “Si el mundo se va a acabar, habrá que beberse la última cerveza, echar el último polvo y pasar al otro lado bien rendido”. Con algo de suerte, los sobrevivientes mirarán el cielo y descubrirán que la temporada de huracanes ha terminado.

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