
El 11 de septiembre es una fecha que encima conmemoraciones: el día de las maestras y maestros, el golpe militar de Chile y la muerte de Salvador Allende y el atentado a las Torres Gemelas en Nueva York.
Para muchas personas de la generación de la posguerra en América Latina, el golpe de Chile fue la dolorosa constatación de que la vía electoral no servía para cambiar nuestras sociedades desigualadas y opresoras.
Estaba, por otro lado, el ejemplo de Cuba y de las revoluciones desde la Francesa en adelante, además de las batallas libradas en las luchas por la independencia. El golpe de Chile corroboraba, para los jóvenes, que no había una vía pacífica de tránsito a una sociedad sin pobreza y explotación.
En la Argentina acabábamos de retornar a la democracia y disfrutábamos un período de intensidad inusitada y también de esperanza, que comenzaría a derrumbarse poco después. Por ejemplo, el 28 de septiembre de 1974, con el atroz asesinato en Buenos Aires del General chileno Carlos Prats y su esposa Sofía Cuthbert, que se había opuesto al golpe. El asesinato aplicado por un agente de la CIA en Buenos Aires anticipaba lo que sería un plan de exterminio internacional en el cual nos veríamos definitivamente embarcados luego del golpe de 1976.
Para comprender algunas circunstancias de nuestra historia, en épocas en que se induce el negacionismo y también en épocas en que una generación joven (de otra manera y con otros postulados) descree de la democracia , hay que revisar cómo se destruyeron con las armas, simbólica y materialmente, los sueños de esa generación — que entraba a la vida política–, de poder transitar la historia en paz.
Cómo se construyó la convicción de la violencia. El Terror de Estado fue la herramienta de sometimiento y destrucción del período que sobrevino después. No hubo dos demonios, hubo un presidente, democráticamente elegido, que todo indicaba que ganaría nuevamente las elecciones, asesinado en el lugar del ejercicio de la presidencia. El mensaje a una generación, nacida apenas terminada una guerra y por ende educada en la épica, era claro respecto de la fragilidad de las democracias y el poder de las armas.
(*) Alicia Stolkiner es licenciada en Psicología, especializada en Salud Pública con orientación en Salud mental. Es Doctora Honoris Causa de la Universidad Autónoma de Entre Ríos y ha recibido distintos recocimientos académicos por sus investigaciones en salud pública. Fue profesora Titular Regular de Salud Pública y Salud Mental de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA).
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