El día que nació el heavy metal: se cumplen 50 años de la edición del primer disco de Black Sabbath

Por: Sebastián Feijoo

El álbum llevó el nombre del grupo y sentó las bases fundamentales de todo un género. Afinaciones graves, progresiones de notas prohibidas, un imaginario que coqueteaba con el ocultismo y el carisma de Ozzy Osbourne son algunas de las claves de una fórmula sin vencimiento. Historia de cuatro héroes de la clase trabajadora.

Cuatro jóvenes condenados a la miseria en la Birmingham (Inglaterra) de los ‘70 sueñan con una vida mejor. El destino les dio apenas dos días de estudio y 600 libras de presupuesto. Entraron a grabar con una experiencia musical módica, tocaron todo en vivo y casi no dispusieron de margen para segundas tomas. El guitarrista tenía la mano derecha mutilada y casi todos dudaban de la salud mental de su cantante. Pocos habrían apostado a que ese disco cambiaría para siempre la historia del rock. Pero el 13 de febrero de 1970, hace exactamente 50 años, Black Sabbath editaba su primer disco y consagraba definitivamente el nacimiento del heavy metal.

Los responsables fueron Tony Iommi (guitarra), Ozzy Osbourne (voz), Geezer Butler (bajo) y Bill Ward (batería). “Black Sabbath” –el álbum– se transformó en símbolo, faro y parte del lenguaje fundamental de un género que explotaría en todo el mundo, se multiplicaría en decenas de subgéneros y desafiaría modas y tendencias. Está claro: ninguna corriente estética se crea de un día para el otro. Tampoco es responsabilidad exclusiva de uno, dos, tres o cuatro iluminados. Se trata de una construcción colectiva: un alineamiento de ideas de diversos orígenes que van madurando y consolidándose. Pero por la influencia global durante cinco décadas de la banda Tony Iommi resulta más que razonable situar como el grado cero del género a “Black Sabbath”.

Se pueden citar múltiples antecedentes en la historia del metal. Los más obvios son Led Zeppelín y Deep Purple. Pero no se debería pasar por alto a Blue Cheer, Jimi Hendrix, Cream, Iron Butterfly, Steppenwolf y Vanilla Funge, entre otros. O incluso a “Helter Skelter”, la audaz composición de los Beatles. Todo esto y más marcan un clima de época. Una atmósfera donde el rock comenzaba a hacerse más espeso y agresivo. Pero fueron estos cuatro muchachos de Birmingham los que dieron un paso más allá y juntaron todas las piezas en el momento y lugar exacto. Riffs portentosos, distorsiones implacables, afinaciones graves, mucha oscuridad y un cantante particularmente carismático abrieron la puerta a una nueva dimensión del rock.



“Black Sabbath” empieza con la canción del mismo nombre. Primero se escucha el sonido de la lluvia, una campana impiedosa y potentes truenos. Todo in crescendo. Recién pasando los 35 segundos la banda se lanza al unísono con un riff de tres notas y una resonancia estremecedora. Los fraseos de Ozzy Osbourne parecen quejidos. Es la voz de un hombre atormentado que le pide ayuda a Dios para enfrentar lo desconocido. La letra fue escrita por Geezer Butler, que más tarde contaría que se inspiró en la aparición de una figura negra sentada en la esquina de su cama, el mismo día que consiguió un libro en latín sobre ocultismo. El juego de Black Sabbath con el lado oscuro de la fuerza –siempre ambiguo y muchos menos literal de lo que la mayoría supone– marcaría toda su trayectoria. Superados los cuatro minutos y medio la banda se lanza en velocidad, sumándole un carácter épico y brutal a uno de los mayores clásicos de la historia del rock. La tríada perfecta: “Black Sabbath” por Black Sabbath, en el disco “Black Sabbath”.

Ese sonido grave y denso surgió de un disparador dramático. Una circunstancia que hubiera ahogado la voluntad de la mayoría de los mortales. Pero no fue así para Tony Iommi. El máximo ideólogo de Black Sabbath trabajaba en una de las muchas fábricas siderúrgicas de la zona de Birmingham y por la ausencia de un compañero manipuló una máquina con la que no estaba familiarizado. El tedio de repetir la misma operación durante horas, el cansancio y una mínima distracción le costaron las primeras falanges de los dedos índice y anular de su mano derecha. El diagnóstico fue que no podría tocar nunca más la guitarra en forma profesional. Pero Iommi diseñó unas prótesis caseras, utilizó cuerdas más finas y afinaciones más graves –lo que le facilitaba estirarlas– y encontró un sonido y personalidad únicos. El resto lo hicieron el talento de Buttler en el bajo, sus letras –en el momento llamativas y desafiantes–; el carisma de Ozzy y su don para las melodías –siempre fue un gran fan de los Beatles–; y el corazón de Ward.

Ese tema insignia también escondía una fórmula reveladora. Iommi recuerda en su autobiografía: “Toqué ‘dom-dom-dommm’. Y fue como: ‘¡Eso es!”’. Construimos la canción desde ahí. Tan rápido como sonó el riff dijimos: ‘¡Uy, Dios! Eso está muy bueno. ¿Pero qué es" layout="responsive" width="1000" height="315">

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