El día, todos los días

Por: Ricardo Gotta

El sol se filtra entre los árboles de la avenida. El sonido es puro motor. «De tanto ahorrar en educación, nos hemos hecho millonarios en ignorancia», dice ella. Los ojitos de Mafalda miran un cuaderno, que no es un Gloria. El lápiz negro apoyado en sus labios de crayón revela curiosidad y desazón. El poster de la imagen sesentosa pega en el riñón del siglo XXI desde la vidriera de una librería de viejo.

Nada es casualidad. Cerca de 60 universidades nacionales no empezaron en tiempo y forma el segundo semestre. El 30 de agosto, decenas de miles caminaron bajo el aguacero en una conmovedora manifestación. Ya en septiembre, el 11 fue el Día del Maestro. Horas después, a Corina de Bonis, del CEC N° 801 de Moreno, la secuestraron y con un punzón, le escribieron «ollas no» en la piel; la olla popular que alimenta a pibes del barrio, también a los de la Escuela N° 49 tras la muerte de la vice y un auxiliar al explotar una garrafa, hace ya casi dos meses.

La crisis de la educación, en todos los niveles, se instala como flashes en la memoria aporreada de las últimas semanas. El 16 se conmemoraron 42 años de la Noche de los Lápices y varios colegios porteños impidieron a los pibes realizar actos recordatorios. Horas antes, saquearon y quemaron una primaria de Berazategui. Hace más de un año, 20 mil docentes privados tienen el sueldo congelado. Este lunes, Suteba denunció veintitantos casos de amenazas y Baradel, otras 43 en dos años: horas después le destrozaron el auto a una maestra. Mientras municipios bonaerenses declaran la Emergencia Educativa («cada vez son más pequeños los menúes de los comedores escolares y los pibes salen con hambre»), la gobernadora, dulce y tierna, pretende convertir la educación en «servicio público» sólo para encorsetar nuevos posibles  paros. De todos modos, mañana y pasado, los educadores se suman a las protestas de las centrales obreras.

Y se cae el techo de una escuela en Mar del Plata que nos recuerda a todas las que se siguen cayendo. Invita a recordar una y otra vez sobre la trascendencia de la labor de cada uno de los maestros y profesores, los mejores y los peores, los cercanos y los más alejados. ¿Acaso hace falta ver la tapa de Time, retrato de docentes yanquis, de sus bajos ingresos y de los esfuerzos que hacen para cumplir su función? Burda paradoja de un lacerante karma de toda Latinoamérica. Extracto simbólico que aporta visibilidad al derrumbe de la educación pública regional, exprofeso, ejecución burda, artera y lacerante de parte de funcionarios que sí cumplen con su vocación.

No es casualidad. Este viernes, se celebró el Día del Estudiante. Ahí va esa parejita a los arrumacos, abrazados, conectados a una misma señal musical. Ellos y algunas de esas gentes que van por la avenida celebran la primavera, o el Día de los Novios –dale con los días– aunque fue 24 horas antes. En muchos otros sitios, muchas otras chicas y chicos andan por ahí saludando con derecho su condición de estudiantes y, a la vez, en muchos otros sitios, muchos otros, penan, con conciencia o sin ella, no poder serlo.

Justo ahí, a unos metros, un día antes, las Madres que no dejan de enseñar el camino, dieron su vuelta 2110, como todos los jueves desde hace 41 años, en esa plaza que ahora enseña el modo en que el gobierno (el porteño, en este caso) aprisionó tras las rejas la historia, los monumentos, la libertad, pero no puede con esas viejas del alma, maestras de la resistencia. Un volante que vuela pide por Télam: enseña cómo el gobierno (el central, en este caso) trabaja la desinformación y construye una realidad paralela.

El sol se filtra por entre los árboles. Un abuelo feliz va de la mano con su nieto, sin pensar por un rato cómo les va a ellos, a los jubilados; pero piensa sí que nunca dejará de sentirse estudiante. Varios, con sus corbatas, o sin ellas, van pendientes de los bancos y de los dólares. Otros venden escarapelas y escudos frente a la Casa Rosada. Un pibe escribe en una libreta: lo entusiasmó un cuento del Negro Fontanarrosa («Clara Dezcurra«) sobre los maestros, recitado por Alejandro Apo, que escuchó la noche anterior. Alguna vez, tal vez, leerá a Paulo Freire. Alguna vez, tal vez, ese estudiante se convierta en maestro y cumpla uno de los propósitos de la educación: cambiar una mente vacía por una mente abierta.

Dos mujeres recuerdan que por esas callecitas hace poco caminaron y se emocionaron, envueltas en pañuelos verdes y que ellas aprendieron de sus hijas y de otras hijas. Saben, sabemos, que estamos tan lejos de aquellas escuelas y de los pibes alejados de centros urbanos, a los que algunas veces les llegan ayudas urbanas que jamás cubren sus necesidades extremas, aunque sí entibien algunas conciencias, en una sociedad diezmada, golpeada, dirigida de las narinas por el poder real que arrasa, que los aleja de un proyecto solidario, colectivo, de una idea de justicia e igualdad, de otro modelo, de otro país.

Retumba un raro silencio metálico: el tránsito está cortado por una protesta de vaya a saber qué despedidos, entre tantos, que vienen marchando desde Congreso. Una muchacha cruza la avenida, hippie de los ’70, mira el poster de Mafalda, canturrea a Violeta Parra, que cuando ella nacía en 1962, concebía: «Me gustan los estudiantes / que marchan sobre la ruina. / Con las banderas en alto / va toda la estudiantina».

El sol, mientras, se sigue filtrando por las hendijas de esa avenida, que cuando llega al 4600 cruza el pasaje El Maestro, una cortada muy estrecha, muy corta, empedrada hasta hace muy poco… «

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