Luiz Inácio Lula da Silva pasó 580 días en la cárcel, por un proceso que luego fue declarado inválido. El trascurso político de sus gobiernos, su salida y el lawfare que lo llevó a prisión y que postergó su regreso a la presidencia. Las evidentes similitudes con el devenir de CFK.

Tres años después, en 2014, se inició en Brasil, la mayor investigación sobre corrupción de la historia llevada a cabo en la región: la Operación Lava Jato, que involucraba centralmente a la petrolera estatal Petrobras, a una enorme cantidad de dirigentes (del PT y también del Partido Progresista, del Movimiento Democrático Brasileño y de la opositora Socialdemocracia Brasileña) y a varias empresas constructoras, por caso la contratista Odebrecht. El proceso judicial fue dirigido por el juez federal Sergio Moro.
En 2016 Lula fue doblemente imputado en dos causas derivadas de la causa Lava Jato, ambas indirectamente relacionadas con el Instituto Lula, que creó cuando ya había dejado la presidencia. Por un lado, en un juzgado de Brasília fue acusado del supuesto delito de obstrucción a la justicia en el curso de las investigaciones. Por el otro, el propio juez Moro, en los tribunales de Curitiba, lo acusó de corrupción pasiva y blanqueo de capitales, cargos que envolvieron también su entonces esposa Marisa Leticia, quien muriera meses después. Se trató de dos denuncias de supuestos de parte Odebrecht: una relacionada con un apartamento tríplex en el balneario de Guarujá, en Sao Paulo; y el otro con la compra de un terreno que se utilizaría para la construcción del instituto en São Paulo, por el monto de R$12.000.000 (unos dos millones de dólares).
Entretanto, Dilma era reelecta en 2014. El PT seguía siendo el movimiento político claramente mayoritario y transitaba su cuarto período presidencial, con enormes conflictos, agudas críticas en cuestiones económicas, pero a la vez, avanzando en temas de derechos sociales que tocaban el nervio de los poderes reales del país. Debían bajarla. Y entonces, casi obviamente, aparecieron acusaciones sobre la presunta violación a la ley presupuestaria y a de probidad administrativa, así como insólitas sospechas sobre manejos en Petrobras. Le aplicaron un impeachment y el 31 de agosto de 2016, fue destituida: el vice Michel Temer (MDB) prestó juramento como presidente del Brasil.
¿Entonces, como contraataque, Lula otra vez sería candidato en 2019? No solamente no podría serlo sino que fue llevado a la cárcel. El 12 de julio de 2017, fue declarado culpable de “corrupción y lavado de dinero”. Quien sí llegaría al gobierno fue su verdugo, el juez federal brasileño Sergio Moro: como premio, sería ministro de Justicia en el gobierno de Jair Bolsonaro, durante los dos primeros años de su mandato, entre 2019 y 2020.
Lula había sido condenado a nueve años y medio de cárcel. Aunque permaneció en libertad hasta el 7 de abril de 2018, cuando salió del Sindicato de los Metalúrgicos de São Bernardo do Campo, rodeado por una conmovedora muchedumbre que lo vivaba, que lo amó siempre, y que sigue amándolo. El líder, a los 72 años, se entregó a la policía federal brasileña y fue llevado a Curitiba, capital de Paraná, donde quedó detenido en la prisión estadual.
No estuvo preso nueva años y medio sino 580 días. Al fin, la Corte Suprema de Brasil terminaría considerando que las acusaciones habían sido falsas y el s 9 de marzo de 2021 anuló todas las sentencias que pesaban contra Lula. El juez que lo condenó terminaría él mismo investigado por corrupción.
Al recuperar la libertad, Luiz Inácio da Silva, se lanzó a una nueva campaña presidencial, mientras el país era arrasado por Bolsonaro. La amplia alianza que encabezó fue la vencedora en las elecciones de 2023, bajo el lema Brasil de la Esperanza. Superó al líder ultraderechista, con el 52%. El 1° de enero de 2023, Lula asumió como presidente nuevamente y aunque sufrió, horas después, una terrible asonada liderada por su principal opositor, transita hoy con creciente aprobación esa nueva experiencia en el gobierno.
Tal vez el proceso por el que trascurre Cristina Fernández de Kirchner tenga el mismo destino. El futuro lo dirá. El pasado es elocuente: las similitudes de esos caminos paralelos son más que evidentes. Es que el lawfare y las imposiciones del poder real en contra de los pueblos son las mismas, siempre lo fueron.
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