De rodillas en el centro del campo, quebrado en un llanto inconsolable por la eliminación de Brasil del mundial, el crack entendió que su tiempo se había acabada. "Comencé acá, terminé acá", declaró.

La eliminación en octavos de final ante Noruega no solo sepultó el sueño de la sexta estrella brasileña en manos del implacable Erling Haaland; también rompió la última resistencia del «10». Neymar, que llegó al torneo entre algodones por una lesión muscular sufrida en el Santos y que debió conformarse con arrancar desde el banco por disposición de Carlo Ancelotti, ingresó en el complemento para intentar el milagro. Anotó el descuento definitivo de penal, pero el pitazo final decretó el 2-1 en contra y el inicio de su propio calvario interior. De rodillas en el centro del campo, quebrado en un llanto inconsolable, entendió que el tiempo se había terminado.
«Intenté e intenté, pero ahora terminó. Comencé acá, terminé acá«, confesó minutos más tarde en la zona mixta, con la mirada perdida de quien sabe que lo ha dado todo y, aun así, no alcanzó. La frase, despojada de cualquier casete futbolístico, sintetiza la frustración de una generación dorada que chocó sistemáticamente contra el pragmatismo europeo.
Neymar se despide del Scratch como un gigante incomprendido y bajo la sombra de la eterna comparación. Los fríos números de su legado son indiscutibles: es el máximo goleador histórico de la Canarinha con 80 gritos en 130 partidos oficiales, habiendo superado la marca mítica de Pelé. En sus vitrinas quedarán la Copa Confederaciones 2013 y aquella histórica medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Río 2016, conquistada como capitán en el Maracaná. Sin embargo, la historia de los Mundiales le guardó sus páginas más amargas. Cuatro citas máximas (2014, 2018, 2022 y 2026) que combinaron fracturas, lesiones inoportunas, eliminaciones dramáticas en cuartos de final y esta última noche, la más triste de todas, en Nueva Jersey.
Se va el último gran heredero del jogo bonito. Aquel futbolista contracultural que entendió el juego como un arte del engaño, la finta y la alegría, incluso cuando el negocio exigía atletas programados. El fútbol mundial se queda masticando la melancolía de un Rey sin corona que decidió apagar la luz exactamente en el mismo lugar donde aprendió a brillar.
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