El fútbol en su laberinto: cuando la salida se encuentra en el minuto 92

Por: Ricardo Gotta

Un triunfo en el último instante se suele festejar, justificadamente, de un modo apoteósico. Más si es contra Boca y en el Monumental. El gol de Borja desató el delirio. Y la celebración derivó en una descomunal pelea en medio de la cancha. Para el análisis queda que el local fue mucho más ambicioso, pero la costó encontrar la puerta de salida.

Evangelina Anderson, con una gorrita de River, lo esperaba en la sala de prensa. Martín Demichelis había recuperado el saco y la corbata roja estaba en su sitio. Le dio un apasionado beso a su mujer y se puso a explicar el triunfo en el súper clásico. Se aferró a los merecimientos más que a las fallas de su equipo. Dio todas las aclaraciones tácticas que se le requirieron. Se le quebró la voz cuando alguien lo indagó sobre el significado de un triunfo en su primer superclásico… “No quiero mirar a mi familia, porque me pongo a llorar”.

En ese preciso momento, Jorge Almirón, un cuarto de Monumental más allá, salía del vestuario con cara de pocos amigos. Su equipo había perdido de nuevo: lleva tres derrotas en siete, aunque se note su influencia. A su primer clásico, lo perdió en el minuto 92. Miró muy feo a un periodista que le puso el micrófono a su paso. Sólo gruñó a los suyos: “Vamos…”. El bondi los esperaba a pocos metros. Se zambulló en un asiento de adelante. Se puso la mano en la frente y no la sacó hasta que el vehículo, un rato después, se lanzó a la oscuridad de la noche de Núñez.

Foto: Maximiliano Luna / Télam

Delirio y escándalo

Media hora antes, Enzo Pérez saltaba como un enajenado en un córner. Luego fue a treparse al pequeño alambrado. Borja repetía carcajadas. Nacho Fernández se abrazaba con Dios y con el Diablo. Demichelis aplaudía con una sonrisa tibia, hasta que perdió la compostura y la elegancia y se fue a sumar al scrum delirante que era su plantel, festejando un triunfo como un campeonato. Frente a una tribuna en éxtasis, luego ante la otra no menos enloquecida. River se exorcizaba de la paliza que le propinaron en Brasil. Le ganaba a Boca, nada menos. Y ahora lo supera por 19 puntos, nada menos.

La cancha era un infierno. Lo fue toda la tarde, pero en el minuto 92, se destrabó un empate que pedía final de partido. Hubo un penal finito. De esos que si no se cobran, merecen un rato de críticas, pero enseguida se olvidan. Especialmente si lo cobra un referí como Darío Herrera, decididamente mediocre, sacapartidos, que demostró que la justicia futbolera es tan sesgada como la de Comodoro Py. Pero fue penal. Uno que Chiquito Romero definía como “penal no cobrable”. A confesión de parte…

Pero River venía golpeado de Río y con la sangre en el ojo con alguna declaración como la de Figal que nombró al Monumental como Gallinero. Durante 92 minutos se habían raspado de lo lindo, se golpearon de pasionales y también de mal intencionados. Se habían hablado por lo bajo y también en la cara. Solari se bancó que Valentini se le hiciera el guapo un segundo antes del penal. Y bastó que Palavecino, sin que la taquicardia del triunfo final lo justificara en absoluto, le gritara el gol en las narinas el pibe rubio y a su compañero de zaga. Para qué… El estadio entero voló por los aires. Y también volaron piñas a granel entre titulares, suplentes, cuerpos técnicos, auxiliares, todo el que pasaba cerca, la gente de seguridad y la de inseguridad. Un centenar de personas en un racimo de violencia descomunal. Un verdadero escándalo que duró un cuarto de hora y dejó a Boca con ocho para intentar la hazaña ante un River con diez.

No se dio.

Foto: Matías Cervilla

Pero hubo un juego

Hay infinitas formas de jugar al fútbol. Modos de intentar ganar, con mayor o menor decisión, destreza, convencimiento, tesón, vergüenza. Todas son válidas. Algunas regocijan más que otra, gustan más por estéticas que por eficaces. Ese es el abc del deporte más lindo y apasionante que juegan los humanos.

Hay muchas formas de jugarlo. Incluso yendo al Monumental con claras intenciones de arriesgar lo mínimo posible, abroquelarse sin pudor, pararse con línea de cinco y tres volantes tapones, cerca de su aquero, y empujar las agujas del reloj con desgano en cada pelota. Resignarse a apuntar con un telescopio a sus ofensivos y matarlos a pelotazos… Eso es Boca. Converjamos en alguna justificación: no viene de tiempos jugosos. Almirón, un técnico que ensalza los juegos inteligentes, entendió que la mayor sagacidad que su equipo podía desplegar en la chancha era una defensa cerrada, un medio campo picapiedra, mucha gente corriendo rivales. Meter al rival en un laberinto.

Viejo zorro, se relamía en el minuto 91. La apuesta lo premiaba con un semipleno. Pero lo sabe bien: al menor soplido, la torre de cartas se derrumba. Justamente metió a Sández en la cancha para gastar algunos segundos preciosos y el marcador juvenil volvió a mandarse una cruel chambonada. Penal finito, sí, ya hablamos de eso. Miguel Borja, que se la había pasado a los contrarios, una y otra vez, desde que había entrado a la cancha, acertó la que debía acertar. Y se fue a revolearle la camiseta a todo el estadio.

Hay muchas formas de jugar al fútbol. River venía de comerse un buen sopapo en el Maracaná por obstinado y por las macanas indisimulables de su entrenador. Ya contra Boca, en el primer tiempo, no pudo zafar del laberinto. Toco cómo lo sabe hacer. Barcos dirigió la batuta con tino, pero Nacho no está fino y este equipo lo nota. No alcanza ese tiki-tiki bonito, estético, seductor, vertiginoso, si no rompe el arco contrario, si no lo considera como un fin. Al menos una vez por partido. Y el denuedo descomunal del generoso Beltrán, un verdadero ejemplo de solidaridad, no estaría bastando. Demichelis no hizo la de Brasil, pero volvió a apostar fuerte. Es un técnico que no se queda en el molde y busca permanentes variantes. Así convirtió un equipo de toqueteo en uno bien vertical. Pero no lograba hallar el resquicio, no encontraba la puerta del laberinto.

Foto: ALEJANDRO PAGNI AFP

Hasta que llegó el penal, el gol, el escándalo, el final, el triunfo, el festejo loco.

El técnico de River y mucha de su gente lo va a recordar por largo tiempo. Pero de ninguna manera este clásico quedará en los anales del fútbol como de los mejores. Sí que River lo ganó con merecimientos y que Boca no supo aferrarse al empate que fue a buscar. También va a recordarse por ese round boxístico final, en plena cancha, a pura piña, escándalo grande, broncas que se fueron entre varias frustraciones. Y por el futbol, que sólo en el último instante pudo encontrar la salida del laberinto.

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