El Garrahan, la deshumanización y un remedio frente a la apatía: que sea rock

Por: Gustavo Sarmiento

Las marchas opositoras al gobierno con más participación fueron las universitarias, la antifascista, la de salud del último jueves. Con un sistema al borde de la implosión, la clave está en dejar de seguir haciéndose preguntas y accionar de manera conjunta.

Las marchas opositoras al gobierno con más participación desde diciembre de 2023 fueron las universitarias de 2024, la antifascista tras los dichos de Milei en Davos contra las diversidades, y la de la salud pública el jueves pasado. El presidente había anticipado que “la casta” iba a saltar cuando se le acabaran los privilegios con su gobierno. Los que saltaron fueron médicos, enfermeras, mujeres e integrantes de la comunidad LGBTIQ+, científicos, jubilados, estudiantes y docentes de facultades.

En esta Argentina distópica con un (en palabras de Ricardo “Patán” Ragendorfer) Estado Manicomio, el personal del Garrahan tiene no solo que salir a defender y a luchar por su salario, sino a algo más primario: explicar por qué es importante el Hospital.

Una de las peores consecuencias que tendrá el régimen de La Libertad Avanza es el hecho de naturalizar que todo debe pagarse, que “todo tiene un costo”. Que no hay necesidades ni derechos.

La “batalla cultural” que pregona el oficialismo no es otra cosa que convencer a gran parte de la población de que la realidad es esta: que necesites dos o tres empleos para llegar a fin de mes, que el de al lado no importa, que la salvación es individual (apostando, haciendo negocios donde sea o pisoteando a quien sea) y que todo se debe pagar. Y que no hay otra.

Que no puede existir lo público. La mercantilización de la vida cotidiana por sobre derechos como el acceso a la educación, la salud y la vivienda. Que hay que recortar a la educación o la salud pública porque “la pagamos entre todos”. Como si al dólar planchado a base de intervenciones de un Estado omnipresente, que termina subsidiando a quienes apuestan por la timba o por viajar al exterior, no lo “pagamos entre todos”.   

Foto: Edgardo Gómez

El Garrahan, entre la vocación y la angustia

En una crónica publicada en este número, el periodista León Nicanoff recorre el Garrahan por dentro. Le cuentan cómo el informe de la Comisión de Insalubridad relevó que el 50% del personal está con algún padecimiento de salud mental. Y sin embargo, siguen salvando vidas de niñas y niños trabajando con salarios que en su mayoría no llegan al millón y medio de pesos al mes. Y encima ahora los residentes con “becarios”. Vocación y angustia.

Hablan del peligro de la deshumanización: “Ya no disfrutamos de nada. Vivimos en tensión constante”. Unos 220 profesionales ya renunciaron. “Por ahora gana la camiseta –dice la Jefa de Clínicas de Emergencia–. Pero en algún momento el cuerpo y la cabeza te dicen basta. Antes el hospital era una pasión, ahora se volvió una insana obsesión”. Está hablando del Garrahan, pero bien podría estar hablando del país.

Foto: Antonio Becerra

Reacción

A pesar de que los grandes medios silenciaron la marcha del jueves (Infobae la tuvo en el 11° lugar en su portada del jueves a la noche, por debajo de artículos como “una arrepentica” que contó “cómo cambiaban notas por sexo y dinero en la Universidad de Tucumán), fue la más numerosa del sector de la salud en este año y medio. Allí, frente a la Casa Rosada, Norma Lezana, secretaria general de la sociación de Profesionales y Técnicos del Garrahan, aseguró que “el intento de desprestigiar y aislar al hospital fracasó”. La especialista en nutrición y diabetes en niños, también le pidió a la CGT que “registre el mensaje y convoque a un paro nacional”. Porque no es solo la salud. Es mucho más lo que está por explotar. O peor: implosionar.

Reacción. Eso se pide. Pareciera que el objetivo final de La Libertad Avanza sea generar la apatía social. Que nada importe. Que si reprimen jubilados, no importa. Que si desfinancian universidades, no importa. Que si el presidente ataca a un niño autista, no importa. Que si bastardean a la salud pública y al Garrahan como su epicentro, no importa. Pasaron solo 5 años de cuando se aplaudía al mismo personal médico al que hoy se denigra.

Quizás, entonces, el mejor modo de vencer la apatía impuesta sea la acción y la unidad. ¿Qué pasaría si marcharan juntos los que se movilizaron por las universidades de abril y octubre de 2024, los que marcharon contra el fascismo en febrero, los que lo hicieron por los jubilados o ahora por la salud pública? ¿Cuántos serían? ¿No comparten un interés común? A falta de unidad a nivel dirigencial (que empieza a aparecer en el plano político, como se puede), la respuesta está en el territorio.

Foto: Antonio Becerra

Que sea rock

En una entrevista publicada días atrás en este diario, Valeria Edelsztein y Claudio Cormick le preguntan al sociólogo francés Éric Fassin por qué hoy aparece la derecha relacionada a lo «novedoso» y el progresismo en una posición defensiva, como sostener del statu quo. Fassin responde: «La izquierda, la mayoría del tiempo, está en una posición de resistencia, y es la razón por la que la izquierda no es ‘deseable’. La izquierda la mayoría del tiempo dice ‘no’, aparece conservadora, apunta a la conservación del Estado de Bienestar (…) ‘Reforma’ hoy es una palabra de derecha. ‘Revolución’ es una palabra de derecha. Y la razón, naturalmente, es el cambio de hegemonía; lo que pasa con el fin del comunismo, lo que pasa con el neoliberalismo, es que cambia las subjetividades».

Esta semana se estrenó la segunda temporada de División Palermo. Una de sus protagonistas, Pilar Gamboa, entrevistada por FutuRock, se preguntó: “Después de toda esta agua que está circulando bajo el puente, ¿qué vamos a hacer con esto? Qué va a quedar es LA pregunta. Cuando se retire esta ola… ¿qué va a quedar en la orilla?”.

Y añadió: “Lo peor que puede pasar en esta batalla es que nos quiten las ganas de hacer, ahí sí que perdimos. Hay que empoderarse, y ante este escenario de caca en el que estamos, decir: cómo nos juntamos (…) Esta crisis es muy compleja, no solo en lo económico. Pero siento que falta rock, falta transgredir, prenderse fuego con lo que uno quiere hacer, seguir juntándose”.

Aunque públicamente se diga que la calle no le importa a un gobierno obsesivo con lo virtual, la calle importa. De lo contrario, no apelarían a la represión y a los enormes operativos que paga «la gente». Quizás frente a una fuerza negacionista, que hace de la ignorancia, la destrucción y el ruido una forma de gobierno, la respuesta ya no sea seguir haciéndose preguntas (cómo puede ser qué… cómo hicieron esto, cómo lo otro…) sino juntarse, accionar y que sea rock.  

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