Nuestra atención, ese recurso finito que deberíamos usar para entender el mundo y decidir sobre él, está siendo sistemáticamente capturada, fragmentada y redirigida hacia cualquier cosa que no sea lo importante. Es un problema político.

Esa anécdota personal, que podría ser la de cualquiera, condensa el problema de fondo: nuestra atención, ese recurso finito que deberíamos usar para entender el mundo y decidir sobre él, está siendo sistemáticamente capturada, fragmentada y redirigida hacia cualquier cosa que no sea lo importante. Y cuando digo sistemáticamente no es una metáfora. Es el resultado de décadas de investigación en tecnología persuasiva, un campo que nació en laboratorios de universidades como Stanford y que hoy es el negocio central de las corporaciones más valiosas del planeta.
Para entender por qué esto es un problema político y no apenas una cuestión de hábitos personales, hay que meterse en cómo funciona la máquina. No es magia. Es ingeniería. Las grandes plataformas tecnológicas tienen equipos interdisciplinarios de neurólogos, psicólogos conductuales y diseñadores que estudiaron durante años cómo funciona el cerebro humano. Descubrieron, por ejemplo, que la dopamina se libera con la novedad, con la sorpresa, con la confirmación de lo que ya pensamos. Entonces diseñaron el scroll infinito, las notificaciones intermitentes, los colores que llaman la atención, los tiempos exactos para cada estímulo. No es que el algoritmo sea un poco adictivo por error. Es adictivo por diseño, con una intencionalidad perfectamente documentada. Cada vez que desbloqueamos el teléfono estamos perdiendo una pequeña batalla contra un ejército de ingenieros que saben exactamente qué botones apretar para que sigamos ahí.
El dato es contundente: una persona promedio desbloquea su celular ciento cincuenta veces por día. Esto significa que, durante las horas que permanecemos despiertos, interactuamos con el dispositivo aproximadamente una vez cada seis minutos. Cada desbloqueo es una microderrota, una pequeña rendición de nuestra capacidad de decidir en qué queremos pensar. Pero lo más grave no es la frecuencia: es lo que dejamos de mirar mientras miramos la pantalla.
Porque la discusión sobre la Ley de glaciares —que define el acceso al agua de las próximas generaciones— no tiene ninguna de las características que la máquina necesita para prosperar. Es un tema complejo, que requiere entender qué es un glaciar, por qué es importante el ambiente periglacial, cómo funciona el ciclo del agua, qué intereses mineros están en juego, qué proyectos de ley se están discutiendo, en qué comisiones del Congreso, con qué dictámenes, qué lobby empresarial opera detrás. Eso no se explica en treinta segundos. No tiene un villano con cara visible —son corporaciones y políticos que actúan en despachos cerrados, no alguien a quien se pueda putear en Twitter—. No genera indignación inmediata porque el agua no se acaba hoy. Se acaba en veinte años, en treinta, en cincuenta. Y el cerebro humano no está cableado para procesar amenazas a cincuenta años. Está cableado para procesar la amenaza del tigre que aparece ahora en la puerta de la cueva.
El algoritmo, en cambio, está diseñado para explotar esa vulnerabilidad. Detecta qué nos indigna, qué nos entretiene, qué nos da miedo, y nos alimenta con eso en loop. No le importa si es verdadero o falso, si es importante o trivial. Le importa una sola cosa: que sigamos ahí, mirando, deslizando, consumiendo. Y funciona. Por eso un video de treinta segundos sobre la pelea de unos jóvenes en un barrio privado genera más conversación que el avance silencioso de la minería sobre los glaciares.
Cuando nuestra conciencia no puede sostener un tema por más de cinco minutos porque ya saltó a otra notificación, a otro video, a otra polémica, perdemos la capacidad de conectar causas con consecuencias. No podemos entender que el avance de la minería sobre los glaciares, la precarización laboral y la crisis de vivienda son parte del mismo sistema. La fragmentación nos impide hacer esas conexiones. Nos da la ilusión de que estamos informados porque vimos veinte titulares, cuando en realidad tenemos veinte recortes sin contexto que no explican nada.
Hay un experimento mental que ayuda a visualizarlo: imaginá que vivís en una ciudad donde hay veinte canales de televisión y todos pasan el día mostrando una pared blanca. En una esquina de la pantalla, de vez en cuando, aparece un dato importante: hoy se vota la ley de glaciares, el río está bajando su caudal, la minería está avanzando. Pero en el centro, durante las veinticuatro horas, hay un partido de fútbol, una telenovela, un reality show, un video viral. ¿Cuánta gente va a enterarse de lo que pasa en la esquina? Muy poca. Bueno, eso es lo que pasa con nuestras pantallas reales. En el centro está el entretenimiento, el escándalo, la polémica del día. En la esquina, los glaciares. Y nosotros miramos al centro.
La amnesia que genera este sistema es funcional al poder. Porque un pueblo que olvida es un pueblo que no puede exigir cuentas. ¿Quién se acuerda hoy de los proyectos para modificar la ley de glaciares que se discutieron el año pasado? ¿Quién sigue el rastro de los dictámenes que se cajonearon? ¿Quién recuerda los nombres de los diputados que votaron a favor del desguace? La velocidad del flujo informativo vuelve obsoleto cualquier hecho a las cuarenta y ocho horas. La indignación de ayer ya no importa; hoy hay un nuevo escándalo que la reemplaza. Así, los responsables de desmantelar la protección ambiental siempre encuentran que el foco ya se movió, que la tormenta pasó, que pueden seguir actuando en las sombras sin que nadie les pida cuentas.
Lo más trágico de esta dinámica es que la bronca, hábilmente redirigida, termina enfrentándonos entre nosotros. El trabajador precarizado, en lugar de mirar hacia las corporaciones que contaminan el agua, mira con odio al ambientalista que según la narrativa dominante quiere frenar el progreso. El vecino de una zona afectada por la sequía, en lugar de preguntarse por qué se permite la minería en zonas glaciares, repite consignas contra los activistas que viven del Estado. La máquina ha logrado lo imposible: que los desposeídos se odien entre sí mientras los verdaderos responsables festejan en sus torres de cristal.
Frente a esto, mucha gente propone soluciones individuales: apagar el teléfono, hacer detox digital, poner límites de uso. Está bien, es necesario, pero no alcanza. Porque la soberanía atencional no es solo un problema individual. Es un problema político, colectivo. No podemos pedirle al ciudadano agotado después de diez horas de trabajo que además tenga la fortaleza de resistir a los algoritmos diseñados por los mejores ingenieros del mundo. Eso es como pedirle a alguien que no coma azúcar teniendo una fábrica de golosinas al lado de su cama las veinticuatro horas.
Necesitamos regulación. Así como se reguló la publicidad del tabaco o el alcohol, debería regularse el diseño adictivo de las aplicaciones. Legislación que prohíba el scroll infinito, que limite las notificaciones automáticas, que obligue a la transparencia algorítmica, que impida la recolección masiva de datos sin consentimiento real. También políticas educativas que enseñen desde la infancia a gestionar la atención, a discernir entre información y ruido, a proteger el propio foco cognitivo como un bien preciado. Pero sobre todo, necesitamos entender que esto no es un accidente: es un plan sistemático de captura de nuestra conciencia con fines de lucro, y debe ser tratado como tal.
Pero también necesitamos algo más difícil: aprender a contar la complejidad de otra manera. Los sectores que defienden causas como la protección de los glaciares han perdido la batalla de la atención porque siguen usando lenguajes, formatos y tiempos que no dialogan con la nueva realidad. No se trata de abandonar la profundidad, sino de aprender a hacerla atractiva. De construir relatos que enganchen, que emocionen, que sostengan la atención más allá del primer clic. De entender que la indignación bien dirigida es el motor más poderoso de transformación social. Si el otro lado cuenta con videos de treinta segundos, no podemos responder solo con papers de treinta páginas. Tenemos que aprender su lenguaje sin perder nuestra sustancia.
Y también necesitamos tender puentes hacia quienes están del otro lado. Porque la máquina no solo nos distrae: nos enfrenta. Ha logrado que, para millones de personas, el ambientalista sea el enemigo a vencer. No podemos pretender hablar de glaciares con alguien que ha sido entrenado para vernos como una amenaza al progreso o al trabajo. El acercamiento tiene que empezar por otro lado. Por encontrar aquello que compartimos: el miedo a no llegar a fin de mes, el amor por nuestros hijos, la preocupación por la inseguridad, la necesidad de un futuro digno. Desde ahí, desde lo humano común, podemos empezar a mostrar que el agua es importante para todos, que los glaciares no son un capricho ecologista sino la reserva estratégica que beberán nuestros nietos, que la bronca mal dirigida solo beneficia a quienes siguen acumulando mientras nos distraemos.
La distracción no es un accidente. Es un negocio. Es un arma. Es la herramienta más efectiva de dominación en el siglo veintiuno, diseñada con precisión milimétrica en los laboratorios de tecnología persuasiva de Silicon Valley. Mientras miramos hacia otro lado, hipnotizados por el brillo de la pantalla, el hielo milenario sigue derritiéndose. Mientras nos indignamos con polémicas fabricadas para consumir nuestra bronca, los proyectos que desguazan la protección ambiental avanzan en silencio por los despachos del Congreso. La fragmentación de nuestra atención es la fragmentación de nuestra capacidad de lucha. La amnesia inducida es la garantía de impunidad para quienes nos gobiernan.
Pero aún podemos resistir. La soberanía atencional es posible. Implica recuperar el control sobre nuestro propio foco, sobre nuestra indignación, sobre nuestro tiempo. Implica construir colectivamente la capacidad de mirar hacia donde realmente importa y sostener la mirada el tiempo necesario para transformar la realidad. No se trata de apagar el teléfono y desentenderse del mundo. Se trata de habitarlo de otra manera. De decidir, consciente y colectivamente, qué merece nuestra atención y qué no. Devolverle a nuestra conciencia la capacidad de elegir.
Porque si no somos dueños de nuestra atención, no somos dueños de nada. Y si lo somos, quizás todavía estemos a tiempo de evitar la profecía: que el glaciar se derrita mientras mirábamos hacia otro lado. Que la democracia se vacíe de contenido mientras debatimos fervientemente sobre lo irrelevante. Que nuestros hijos hereden un desierto y lo único que sepamos decir es que, justo antes de que se apague la luz, vimos el video del gato.
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