El legado geopolítico de Francisco y la encrucijada europea

Por: Roberto Carlés

Su modelo no era el globo que homogeniza, sino el poliedro que une en las diferencias.

Desde el inicio de su pontificado, Francisco impulsó una serie de transformaciones en la Iglesia de acuerdo con las prioridades que los cardenales definieron en las congregaciones generales que precedieron al cónclave en el que sería elegido: la reforma de la Curia romana, el saneamiento de sus opacas finanzas y la instauración de la colegialidad en la toma de decisiones. En esas mismas reuniones, el entonces cardenal Bergoglio planteó la necesidad de una Iglesia “en salida”, que fuera al encuentro de las periferias geográficas y existenciales, y que superara los males que la aquejan, fundamentalmente, el clericalismo y la mundanidad. Los abusos sexuales y los escándalos financieros habían provocado una crisis que exigía una reforma profunda. A lo largo de los 12 años que transcurrieron desde su elección, varios de esos objetivos fueron alcanzados. Otros, en cambio, han quedado como procesos abiertos sobre los que pronto veremos si cabe esperar avances o retrocesos.

Sin embargo, es probable que la mayor novedad de su pontificado radique en su mirada geopolítica.  No fue globalista, como sostienen algunos. Su modelo no era el globo que homogeniza, sino el poliedro que une en las diferencias. Francisco renegó del eurocentrismo de la Iglesia y apartó a la diplomacia vaticana de la influencia estadounidense, intensa sobre todo desde los años de la Guerra Fría. Él entendía que no hay imperios del bien e imperios del mal, en todo caso los hay malos y los hay peores, pero que esa distinción no basta para que la Iglesia tome partido por alguno de ellos.

Francisco miró con especial atención hacia el sur y el este del mundo, en particular hacia África y Asia, continentes en los que el catolicismo crece a un ritmo mayor al de sus poblaciones, mientras languidece en una secularizada y envejecida Europa y en América Latina, donde perdió terreno frente a sectas que se denominan evangélicas y que se inspiran en la denominada teología de la prosperidad que proviene de los Estados Unidos.

Promovió el acercamiento a China, al punto de aceptar acordar con el gobierno las designaciones de los obispos. Esto fue muy criticado, claro, a pesar de que el Vaticano es uno de los (sólo) 12 estados que mantienen relaciones diplomáticas formales con Taiwán. Se acercó también al mundo árabe, un esfuerzo cuyo punto más alto tal vez sea el Documento sobre la Fraternidad Humana por la Paz Mundial y la Convivencia Común, firmado en Abu Dabi con el Gran Imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyeb.

Francisco apostó por el diálogo, siempre y con todos: con la Iglesia ortodoxa rusa, con el objetivo de promover la unidad de los cristianos; entre Estados Unidos y Cuba, para lograr un histórico acercamiento; entre el gobierno venezolano y la oposición, para encontrar una salida democrática, por mencionar algunos ejemplos.  No dudó en recurrir a gestos y palabras potentes para evitar el ataque a Siria, poco después del inicio de su ministerio.  La situación en Medio Oriente siempre fue una prioridad para él, y por ello reunió en el Vaticano, al inicio de su pontificado, al presidente de Israel Shimon Peres y al líder palestino Mahmud Abás.  Su última apuesta al diálogo fue la creación, en el marco del Jubileo, de un comité de expertos para abordar el problema de la deuda y las crisis de desarrollo de los países del sur.

En los últimos años tuvo que lidiar con una Europa desorientada en medio del conflicto comercial entre Estados Unidos y China, que compromete su soberanía económica, y ante la decisión del gobierno estadounidense de atacar abiertamente todo lo que ella representa.

En este contexto, Europa no ha podido ser siquiera un actor determinante en Ucrania, al punto de ser relegada por Trump de las tratativas en curso.  Su reacción ha sido la de proponer “una paz no basada sobre la prepotencia” y el rearme frente al enemigo ruso. En paralelo, se reflota temerariamente la idea de imponer una no-fly zone y de aplicar el artículo 5 de la OTAN a Ucrania, lo que implicaría considerar los ataques contra su territorio como ataques a los países miembros de la alianza.

A Francisco le preocupaba más una guerra justa que una paz injusta, porque sabía que por más nobles que fueran las banderas en cuyo nombre se combate, Ucrania es el teatro de un conflicto entre imperios. Entendía que este conflicto es una parte de la tercera guerra mundial a pedazos que, desde hace años, desangra lentamente al planeta.

“Ninguna paz es posible sin un verdadero desarme”, dijo en su último mensaje el domingo de Pascua, a contrapelo del presente europeo. Palabras que difícilmente serán recordadas en estos días por unos líderes que manifiestan signos de un sonambulismo similar al que condujo a las grandes guerras mundiales. Una lenta y progresiva marcha hacia el desastre sobre la que Francisco alertó incansablemente.

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