Anagrama publica Relatos y ensayos, un volumen de casi 900 páginas que reúne material inédito y textos dispersos. Un mapa exhaustivo sobre el violento oficio de escribir, la supervivencia en los márgenes y la poética del último maldito de Los Ángeles.

Bukowski escribió siempre por necesidad vital, con la urgencia del que sólo encuentra sentido a su vida enfrentando la página en blanco. Este volumen-ladrillo reúne Fragmentos de un cuaderno manchado de vino, Ausencia del héroe y, por primera vez en nuestra lengua, La matemática del aliento y la ruta. Está engordado por decenas de relatos, ensayos y entrevistas que giran en torno de la escritura y el violento oficio de escritor. El recorrido es total: desde los primeros cuentos publicados en revistas de mala muerte en 1944 hasta el salto al parnaso under literario, cuando ya era una estrella distante que se retiró a una mansión californiana en San Pedro para jugar a ser un burgués con pileta, gatitos y una computadora Mac, la máquina de escribir del futuro.
“Escribir es el mejor trabajo y el único trabajo, y es un trabajo que estimula tu capacidad para vivir y tu capacidad para vivir te recompensa con tu capacidad de crear. La una nutre a la otra; es todo muy mágico”. El autor de estas líneas no fue alguien a quien solo le interesara el sexo, los bares de mala muerte y los burros. La escritura fue su gran objetivo, su verdadera religión, más allá de cómo lo disfrazara en sus propios libros con ese traje de bufón borracho y juglaresco que tanto le redituó en el mercado de la rebeldía.
Autopista al infierno
Bukowski era un antropólogo experto en antros, un conocedor profundo de los laberintos de las autopistas siempre abarrotadas de Los Ángeles y un observador implacable de la dignidad de los “nadies”. “Hay muchos ahí afuera que nunca estuvieron en una autopista a las 7:30 de la mañana, ni le dieron una piña a un despertador, o siquiera tuvieron un trabajo, y no intentan tenerlo, o no pueden, o no quieren, o se morirían antes de vivir de una manera común. En algún sentido, todos son genios a su manera, peleando contra lo obvio, nadando contra la corriente, volviéndose locos, fumando porro, tomando whisky, arte, suicidio, cualquier cosa menos la ecuación común. Va a pasar mucho tiempo antes de que nos borren o de que acaben con nosotros”, pinta en “La escena de LA”. Laburantes, marginales, prostitutas, borrachos. Los feos, sucios y malos que el sueño americano prefiere ignorar.
Hace unos meses, caminé frente a la casita que resiste en el 5124 de De Longpre Avenue, en West Hollywood. Ahí, entre 1963 y 1973, Bukowski parió buena parte de su obra pagando el humilde alquiler de 29 dólares al mes. En 2007, la propiedad estuvo a punto de ser demolida por el avance de la gentrificación, pero una campaña popular la salvó del cadalso. Fue declarada monumento histórico, no por albergar a un santo, sino porque Hollywood siempre atrajo a gente complicada. Un rincón más en esos Los Ángeles del infierno.
La enfermedad de escribir
Relatos y ensayos deja en claro que bajo las toneladas de merchandising del héroe del whisky, Bukowski sigue siendo el viejo indecente que no se calla. El libro de Anagrama confirma que nunca jugó para la galería por puro placer; su “diarrea verbal” era lúcida y necesaria. “Si me cortaras las manos, escribiría con los pies”, aseguraba en una de las entretenidas entrevista que abriga el libro. En Fragmentos de un cuaderno manchado de vino, el hígado pide tregua pero la lengua sigue afilada: «Yo soy el underground, solo. Y no sé qué hacer. Así que escribo esto y me emborracho otra vez. Con concisión».
En Ausencia del héroe, emerge el Bukowski hambriento en pañales. Escribe como quien escupe sobre la mierda de vivir, pero deja filtrar una ternura desfigurada: “Las personas no viven juntas, mueren juntas y al mismo tiempo mueren por separado”. En este apartado aflora lo más crudo, como “Cristo con salsa barbacoa” o “El matón”, rechazados en su momento y sólo publicados en revistas eróticas francesas y alemanas. Bukowski sabía que había traspasado la línea del decoro burgués. Y no le importaba.
La última sección, La matemática del aliento y la ruta, ofrece al artesano que escribe desde el cuerpo. Hank reseña a autores como su amado-odiado Hemingway, y habla de Pound o su querido John Fante. Reivindica el gesto diario de sentarse a escribir aunque el mundo se derrumbe. “Escribir es fácil; vivir es lo difícil”, dispara. Incluso afirma que era capaz de escribir aun cuando se estuviera asesinando a un hombre en el cuarto de al lado.
Este libro no propone redención ni elevación moral. No hay lecciones de vida en el ladrillo. Bukowski no era un santo, era un obsesivo de la palabra. Escribía con una claridad y belleza que corta. Sus huesos duermen en el cementerio californiano de Green Hill Memorial Park, bajo una lápida que tiene tatuada la imagen de un boxeador tirando una trompada a la vida y una inscripción final que funciona como advertencia: Don’t try. No lo intentes. Nocaut.
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