El otro lado de algo

Por: Gastón Rodríguez

Transradio, la novela debut de Maru Leonhard, tiene el mérito de no pretender dar respuestas sobre la condición humana, sino apenas plantear su misterio. Con un estilo conciso, la autora cuenta la historia de Isabel, una mujer que intenta huir del dolor espantando fantasmas del pasado.

“¿Te pasa que te acordás de cosas que no sabés si son recuerdos o inventos?”, dice Isabel, recién amanecida en la casa en la que ella cree que fue feliz de chica. Martín, la pareja, no la entiende. Peor: le hace un comentario burlón. Isabel se rinde, le pide que se olvide. Salen a la calle. Se meten en la feria.

La pregunta de Isabel, protagonista de Transradio, primera novela de Maru Leonhard editada por Compañía Naviera Ilimitada, anticipa el tema: el pasado –la infancia– opera sobre el presente –la adultez– creando confusión. La búsqueda de claridad (cuando se tiene la fuerza suficiente) implica menos inventar que reconstruir la propia historia.

“Pensé en el día que, desde ese mismo lugar, había visto a mamá trepada entre las ramas, igual que yo cuando me mandaba a espiar que no viniera nadie para que ella pudiera tomar sol desnuda. Ese día abrí la ventana y le grité. La saludé y le volví a gritar. Ella me ignoró. Ahora que miraba el árbol me preguntaba si era posible. Si eso había sucedido. Si yo había visto a mi mamá convertida en un animal trepado a ese árbol, escondiéndose de todos nosotros”, duda Isabel en el cuarto que fue el suyo, ya sin juguetes, con apenas un colchón “finito y maltrecho”.

Todo había empezado unos meses antes con la muerte del padre de Isabel, la limpieza del departamento vacío, el llavero con la etiqueta de Transradio. Después de estar a la deriva, de no saber cómo continuar la vida, Isabel encuentra en la mudanza hacia ese poblado emparentado con el verano y la alegría la única posibilidad de volver a empezar. Huyendo del dolor más reciente –si eso fuera posible–, se mete hasta el cuello en espantar fantasmas del pasado: “Mamá murió durante la inundación. Salió a la ruta y tuvo un accidente. El velatorio fue a cajón cerrado porque su cara y su cuerpo habían quedado desfigurados. Nunca supe mucho más. Papá nunca me llevó al cementerio. Nunca me habló de ella. Cada vez que le pregunté algo me respondió lo mismo. Que era demasiado doloroso”.

Leonhard, que vive en Ramos Mejía y todavía no cumplió los cuarenta, estudió Diseño de Imagen y Sonido y trabajó como editora audiovisual y guionista. La escritura de su primer libro le llevó algunos años. En la página de agradecimientos destacan los nombres de Natalia Moret, Selva Almada y Julián López. Le gusta recordar que nunca ganó un concurso. Esa falta de “legitimidad” probablemente le hizo un favor. Su estilo es conciso, sin ostentación, prueba de que lo no dicho es casi siempre más poderoso.

En una entrevista con el suplemento NO de Página /12, la autora reconoció que “no todos tenemos marcas tan fuertes como Isabel (muerte, adicción, depresión) que vengan de nuestra infancia, pero sí tenemos algo que nos marcó para siempre. La otra vez alguien me dijo que cuando escribimos estamos revisitando una y otra vez alguna escena fundacional de nuestra existencia. Somos nuestra historia personal”.

Las historias siempre son recuerdos. En el caso de Isabel, no son nítidos, hay “versiones libres” elaboradas tanto en la vigilia como en el sueño; un crossover entre realidad y fantasía que le permite ni más ni menos que aliviar la carga de vivir. Serán los vecinos –los testigos sobrevivientes de aquel pasado– los que ayuden a la protagonista a atravesar sin filtros la infancia, echar luz ahí donde se impuso el velo, pasar “para el otro lado de algo”.

Transradio, que ya va por la segunda edición, se lee con el apuro de un trámite impostergable. Como ya se dijo, no necesita del amontonamiento de palabras, le alcanza con las acciones de los personajes para dar cuenta del drama. La pericia de Leonhard es no pretender dar respuestas sobre la condición humana, sino apenas plantear su misterio, la existencia de algo que no se dice porque no tiene nombre, que escapa a nuestro control, que, al igual que le ocurre a Isabel, nos condena a la incredulidad o la aceptación: “Entonces le sonreí, estaba harta de escuchar que no había sido culpa de nadie. Yo ya sabía que no había sido culpa de nadie. Eso era lo peor”.

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