Mi abuelo decía que el rock era “tachín tachín”. Mi papá decía que no existía eso del “rock nacional”, que era lo mismo que decir “el tango español”. Y yo creo que ese tipo con nombre de conejo, Bugs Bunny o algo así, debería ir antes a un fonoaudiólogo que al Super Bowl. El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos. Y tecnos, como anticipaba Luca Prodan.
La Inteligencia Artificial (IA) no abre un debate sobre lo nuevo y lo viejo, aborda una discusión sobre lo humano y lo desconocido. Y retoma un clásico: no interpelar la herramienta sino analizar su uso. Ochenta años pasaron de Hiroshima a la quimioterapia de mi compañera.
Hace 32 años que hago periodismo. Soy lo que la jerga llama “movilero”. Prefiero “cronista de exteriores”. Más allá de opciones bautismales, una sola cosa sé: soy el que va, llega, observa, pregunta y cuenta. No son las cinco W del oficio, son las cinco acciones que nos diferencian de la máquina.
En estos días donde es noticia que crearon un noticiero «hecho 100% con inteligencia artificial», surge la irremediable pregunta: ¿Qué tengo yo que la IA no tiene?
Curiosidad, intención, búsqueda de la belleza (sí, ese desafío siempre revolucionario), búsqueda del bien común (sí, ese anhelo siempre subversivo).
¿Qué tiene la IA que yo no?
Velocidad para reunir datos y más velocidad para combinarlos.
Digo bien: dentro de la IA los datos son naipes que se mezclan siempre a favor del dueño del mazo. Y los jugadores se creen (nos creemos) que protagonizan la partida cuando en realidad son (somos) elenco estable de la precarización. Y todo va a peor.
Cuando usamos el celular, la computadora o el Chat GPT nos encontramos abriendo un infinito espacio con el sello Pandora. Debemos preguntarnos quién llena esa caja y con qué cosas. También cuando abrimos los diarios o prendemos la tele, es cierto. Pero al menos tenemos detrás nombres, rostros difusos pero rostros al fin, personas que aunque sea lucen como tales. ¿A qué oficina iremos a reclamar cuando la IA falle? ¿En qué despacho dejaremos nuestro pedido de información sobre el sesgo ideológico que usa la tecnología?
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Ya desmontamos la farsa de la “democracia del conocimiento”: nos guionan Internet, orientan nuestras búsquedas, condicionan nuestro consumo, y aliados a eso que llaman “periodismo” modelan el sentido común y manipulan la opinión pública. Bajo el paraguas de la gran red estamos más solos y aislados que nunca. Cada uno por su lado. “No te metas”. Y de última, si te agarra la fiebre de la rebeldía ponele “Me gusta” a un flyer contra la pobreza. Hecho con IA, claro. Porque ahora estamos inundados de flyers con IA.
Me gustaría decir que el problema de esta época es que está desalmada. La falta de alma. No como instrumento místico sino como contacto primario y esencial, como bandera de la empatía. La IA no tiene corazón, aunque simule, aunque muchos chicos (¿y grandes?) conversan con ella. La IA no tiene ojos aunque parezca que todo lo ve. La IA no toca, aunque META AI de WhatsApp me diga que hay seis sinónimos de la palabra “tacto” como sentido y otros 26 como habilidad social.
Debemos rechazar firmemente que la IA remplace al trabajo humano. Y ese trabajo humano en el periodismo se define por cosas que la máquina jamás resolverá. Un chico revolviendo la basura con la mirada vacía de pan y futuro puede ser replicada por la IA con el trazo de Antonio Berni. Pero somos nosotros, los periodistas, los que debemos denunciar quién abandonó a ese pequeño, averiguar si va o no a la escuela, si algún médico lo vio alguna vez, investigar desde cuándo sus padres no tienen trabajo, indagar el contexto, las circunstancias, los porqués, no solo el qué; repasar si la Ley de Reforma Laboral derramó o no empleos de calidad, disparar contra la costumbre de tan infame paisaje. Y nunca jamás naturalizar.
El espejo de la IA nos debe ayudar a ser mejores.
Eso sí: que nos sirva para sofisticar la técnica a la par del ejercicio profesional. Y que el avance científico corra rápido y de la mano del aumento de nuestros salarios pauperizados.