El peronismo ante la hora más difícil de su historia

Por: Lido Egisto Iacomini

Los desafíos que enfrenta el partido que encabezó la más formidable transformación del país ante la "Tercera Gran Contrarrevolución".

Aunque no creo que sea inexorable, casi todo nace, crece, se desarrolla y muere. Así parece decir la historia de la humanidad. Pero también es cierto que la historia de la evolución social muestra que los fenómenos nuevos son superadores cuando son capaces de asimilar lo mejor de las etapas precedentes.

El peronismo surgió triunfante porque fue capaz de asimilar lo mejor del radicalismo y de nuestra historia y desechar lo que ya era inservible para los nuevos tiempos que amanecían.

Perón comprendió eso e incluso asimiló lo que era posible, para la Argentina de su época, substancias del socialismo. No otra cosa fueron los Derechos del Trabajador.

Su «Tercera posición» pivoteo con cierta ambigüedad entre las disputas de su época, pero sus afinidades con Gamal Abdel Nasser, Nehru, el mariscal Tito y Sukarno le hicieron posible anclar entre los países del Tercer mundo prefigurando lo que luego sería el Movimiento de Países No Alineados. Y logró una Argentina transformada tan profundamente que puede afirmarse que la misma vivió una verdadera revolución.

Por eso, para la rancia oligarquía argentina era necesaria una contrarrevolución y eso fue la «Libertadora del 55».

Fue la primera contrarrevolución, la que nos amarró al FMI proponiéndose aniquilar al peronismo de raíz, del que prohibió hasta nombrarlo.

Con todos sus vaivenes el peronismo luchó manteniendo sus mejores banderas y volvió a su vida plena cuando ya muchos lo daban por muerto y los poderes concentrados debieron hacer una segunda contrarrevolución y mucho más sangrienta: la Dictadura Cívico Militar que nos dejó con 30.000 desaparecidos.

Fracasada y desgastada por las luchas obreras, el movimiento por los derechos humanos y el descredito nacional e internacional, la dictadura terminó suicidándose en Malvinas.

Volvía una democracia, pero acosada y condicionada.

La vieja oligarquía y la nueva burguesía pro imperialista que se desarrolló bajo el frondicismo estimaron que era preferible penetrar el peronismo y domesticarlo por dentro que perseguirlo. Menem, un populista de opereta, era el hombre indicado para esa etapa del neoliberalismo.  Al peronismo había que corromperlo, domesticarlo y neoliberalizarlo. Menem lo hizo.

Era sensato pensar nuevamente que el peronismo había muerto.

Pero llegó ese dirigente audaz de la Patagonia, escasamente conocido pero ambicioso y perspicaz, que supo leer lo que había cambiado en la Argentina post dictatorial y olfatear los nuevos vientos que soplaban en la Patria Grande y levantó la bandera de los derechos humanos, la juntó con la de la autonomía nacional y latinoamericana, bajó los cuadros que había que bajar y pagó de un saque la deuda con el FMI.

Había nacido el kirchnerismo, el peronismo de la nueva época. Muy peligroso para el imperio norteamericano que posteriormente a la crisis del 2008/2009 entraba ya en una etapa declinante.

 Aprovechando los errores de Cristina, principalmente para elegir descendencia, (cuyo mejor ejemplo fue Alberto), lograron imponer a un semifacho, un loco de dibujo animado, un outsider demente pero entrenado para ejecutar un plan.

El plan de la Tercera Gran Contrarrevolución a ejecutar a como venga, aún a costa de hacer desaparecer a la Argentina conocida. La Argentina de los Derechos Sociales duramente conquistados, la de una base científico-técnica avanzada con profesionales universitarios y no universitarios preparados, con bienes naturales abundantes y diversificados, es decir una Argentina competitiva y de enorme potencial.

Y de nuevo su principal preocupación fue liquidar al peronismo, está vez en versión kirchnerista, que se metía nuevamente en el centro de la geopolítica, siguiendo los pasos de Perón. No otra cosa fue el bordado para ingresar a los BRICS.

Fracasado el magnicidio, había que demonizar al kirchnerismo y a Cristina, cuestión aún más importante que encarcelarla. La demonización afecta a la conciencia y los sentimientos ciudadanos y aleja al pueblo de su líder.

Si fuera encarcelarla sin demonización previa, sólo conseguirían victimizarla y enaltecerla.

Pero el fracaso del gobierno de Alberto, el escaso examen de sus causas y la carencia de una conducción en condiciones de reelaborar un programa actualizado y haciéndose cargo de la existencia de un nuevo mundo que apenas despunta debajo de las ruinas que deja está crisis civilizatoria, desembocó en una nueva crisis del peronismo que no supo o no alcanzó adaptarse a los nuevos tiempos.

El desafío ya no es un salto que nos adapte a los cambios habidos en una, dos o tres décadas. El mundo de 1945 a 1955 sobre el que se formularon premisas fundacionales del peronismo es tan sustancialmente distinto, que el salto a dar ahora es el de un abismo.

Y justo es decirlo, no sólo el peronismo ésta frente a la hora más difícil de su historia. La izquierda argentina tiene frente a si los mismos dilemas: o se actualiza superando viejos esquemas, sectarismos e ideas o corre el mismo riesgo que el peronismo: cuando se precipite la caída del loco al que llaman «El Peluca», nos dejen en manos de un nuevo aventurero desconocido, pero peligroso, que prolongue el sufrimiento de nuestro pueblo.

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