Para el argentino siempre hay derecho a otra cosa. Es nuestro derecho natural, que exista el milagro.

Es un camino que comienza con lo autodidacta porque uno se apersona como sujeto ante lo histórico y ante su propia identidad. Pero es indudable que es un proceso colectivo, porque no hay una razón única respecto al peronismo, siempre está en tensión, no se narra solo, ni nadie se hace peronista en soledad. Ahí aparece Perón, el sujeto más disputado de la historia de este país. Y va a seguir siendo disputado no solamente en tanto líder, sino como elemento de la síntesis del siglo XX nacional.
Me gusta pensar que Perón es la gran última figura mesiánica que nos permitimos tener, un mito propio. Es un mito extraño, porque tiene su propia estela, un trazo que nos indica que eso fue real, una confirmación de que el mito es siempre material, no esotérico, sino casi antimetafísico. No es una narración inventada, un cuento para irse a dormir. Es una tradición para mantenerse vivo.
Su figura existió y esa confirmación trasciende directo al futuro, a la esperanza. Hay una luz en el horizonte. Pensar en Perón es principalmente pensar en la posibilidad latente. De entre todos los lugares impensados, de todas las instituciones habidas, del suelo de esta tierra, emerge del Ejército Argentino, un hombre distinto. Un misterio que disloca el acontecer esperable de los hechos. Eso es la política, el poder más allá, la contingencia plebeya y sublevada.
Pero además eso es lo argentino. Este concepto estúpido pero potente entre los tecnócratas de la contemporaneidad. La resiliencia, la potencia de lo escaso y casi pírrico. Para el argentino siempre hay derecho a otra cosa. Es nuestro derecho natural. Que exista el milagro. No porque el milagro sea inevitable, sino porque nos lo merecemos: surge de la irreverencia y rebeldía para con la causalidad de las cosas. Un espíritu que va en contra de todos los tiempos, de todos los pueblos, de todo el mundo. Que sólo acá existió, existe y seguirá existiendo.
Perón confirma ese milagro real y posible para nosotros y para nuestros futuros hijos. Es por la identidad de esa promesa que resulta imposible pensar una Argentina sin peronismo. Y a su vez, permite pensar un peronismo siempre dispuesto a representar lo argentino. Siempre en busca de síntesis, de la salida por arriba o por abajo, no importa el contexto porque lo que importa es la comunidad entre el individuo y sus pares en los términos más filosóficos de la doctrina justicialista, la Comunidad Organizada, la promesa ya cumplida de la Argentina soñada. Habrá Perón ahí donde haya argentinidad compartida.
¿Cómo se alimenta la autodidáctica? Si a su mayoría de edad civil, alguien no sabe cómo apropiarse de un mito, es a nuestro pesar, un grave problema. Vivimos en una eterna minoría de edad que no nos permite asumir la responsabilidad de la adultez. Ser peronista es más que leer La razón de mi vida, ver las de Favio o autoproclamarse peronista de Perón. Es asumir y comprender la responsabilidad de que el proyecto de realización personal se va a concretar si es en comunidad, ser humano con los míos. Pero esa tarea todavía la andamos relegando, a los algoritmos, a las plataformas y a los dirigentes que esperan poder explicarnos algo del caos inaugurado hace ya varios años desde sus sillones de cuero marrón.
Abandonar la minoría de edad pero seguir esperando un mesías es la derrota del mito. Alimentar el ritual de la autodidáctica peronista sólo puede significar una invitación permanente al ejercicio de la felicidad compartida. Para el peronismo, el pueblo ya sabe cómo ser feliz, sólo hay que darle las herramientas. En una etapa de orfandad como esta que atravesamos, diría que esas herramientas están en los cayos de nuestros dedos, en la fuerza de nuestras ideas y en el abrazo con nuestros hermanos. Todos, argentinos de Perón. «
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