Columna de opinión
Una combinación de factores contribuyeron para que el Estado le otorgue rango institucional a un flagelo que provoca millares de muertes evitables. Hay cálculo político en la decisión oficial de habilitar la discusión para el gobierno, cualquier agenda es más amable que la económica, del mismo modo que lo hubo en la oposición para impulsar un proyecto conjunto que, intuyó, podía incomodar a la base electoral conservadora del oficialismo.
Pero las intrigas y especulaciones palaciegas por más miserables que resulten no empañan lo esencial: diputados y senadores finalmente afrontarán una discusión largamente demorada porque la calle lo exigió. Democracia pura y dura.
El debate parlamentario sobre el aborto marcará un hito en la revolución que vienen llevando a cabo las mujeres, protagonistas centrales de una transformación radical. Movimientos como el #NiUnaMenos en la Argentina o el #MeToo de los Estados Unidos están erradicando comportamientos machistas naturalizados durante siglos de cultura patriarcal. Uno de ellos: que el Estado disponga lo que una mujer debe y puede hacer con su cuerpo.
La huelga internacional del próximo 8 de Marzo permitirá dimensionar los avances de la revolución feminista. La fecha sirve, también, para establecer el largo recorrido de la lucha. El Día Internacional de la Mujer se oficializó en 1975, pero tuvo origen en un hecho de 1857, cuando cientos de mujeres de una fábrica textil de Nueva York marcharon contra los bajos salarios. Como todavía ocurre, cobraban menos de lo que percibían los hombres por la misma tarea.
La jornada terminó con 120 mujeres muertas por la brutal represión policial. Las cosas, como se pudo apreciar en manifestaciones recientes, no son muy distintas más de un siglo y medio después.
El origen callejero y obrero del #8M remite a las dos postales políticas argentinas de esta semana. El martes, millares de pañuelos verdes pidieron por el «Aborto libre, legal y gratuito» frente al Congreso. Al día siguiente, una multitud de trabajadores reclamaron en el centro porteño contra el ajuste y la pauperización del tejido social. Esa marcha, es cierto, nació por las necesidades particulares de uno de los dirigentes convocantes, pero escaló hasta convertirse en una formidable expresión multisectorial contra las políticas económicas del Gobierno.
¿La dirigencia gremial, social y política será capaz de sintetizar el reclamo común de sectores diversos e incluso antagónicos para forjar una alternativa a la restauración conservadora en curso? Eso está por verse. Pero la calle ya se pronunció. «
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