El espacio de lo nacional popular vive actualmente una crisis de horizonte. Se trata de la imposibilidad de imaginar, proyectar y nombrar, un ideal de sociedad al cual pretende dirigirse o llegar. Y de atar la acción política a esos grandes propósitos.

Horizonte y política. Vincular la política al horizonteimplica que la acción política tenga un para qué de mediano y largo plazo,tenga un sentido utópico y emancipatorio, la búsqueda de un estado de cosas que soñamos y deseamos. Porque sólo grandes fines pueden engendrar grandes acciones.
El horizonte como doctrina. Para otro sector del peronismo actual, su ideal de sociedad se encuentra en el pasado. Es reconstruir algo del pasado. Más cerca o más lejos en el tiempo pero en el pasado. Y para esta visión el repertorio ya está escrito. La historia así pensada, y por tanto el presente y el horizonte, se vuelve un instrumento de la doctrina. No hay nada que crear. Los sujetos y las naciones sólo tienen hilos que hay que saber mover para realizar una doctrina que hay que saber interpretar. Lo real es la doctrina, lo ideológico es la historia. La doctrina es superior a la historia y a la acción política. La crisis se resuelve con doctrina e identidad. Y ambas cosas ya existen en contenido y forma. Así el peronismo más que nacional-popular se transforma en los viejos partidos comunistas.
La política como estorbo. El problema es que ésta perspectiva hace de la política y el horizonte mismo, una especie de estorbo. No es que dejamos de reconocer que toda propuesta de un nuevo horizonte de sociedad no contenga elementos del pasado, sobre todo en términos políticos-simbólicos y doctrinarios, el problema es cuando no contiene nada del futuro. El problema es cuando toda actualización y ampliación doctrinaria, y toda creación real del movimiento popular, resulta un desvío. Cuando la política deja de tener horizonte emancipatorio, cuando la historia es accesoria, y cuando el pueblo sólo juega de espectador, la política se vuelve una reyerta de panelistas doctrinarios.
El horizonte como restauración de equilibrios. Hay también quienes piensan el horizonte como restauración de los equilibrios perdidos. Los equilibrios democráticos y los distributivos. Aquellos “logros” alcanzados dentro del capitalismo dependiente y la democracia liberal. Un sector importante del progresismo kirchnerista piensa en estos términos el horizonte y la política. Una realidad de cantidad y calidad fija. Esta concepción es re-asumida ante una realidad nacional cada vez más degradante y en peores relaciones de fuerzas, lo cual hace que la política se vaya angostando hasta el hartazgo.
La política como fin de la historia. Reconstruir supuestos equilibrios es una pelea por cada vez menos con cada vez menos fuerza. Un auto-arrinconamiento conservador o socialdemócrata. Sobre todo después de semejante fracaso. Una especie de añoranza inerte. Termina siendo mucho más la expresión de la impotencia y de la derrota que de una reconstrucción. Aquí, en el fondo, aunque se diga lo contrario, se cree mucho más en el fin de la historia que en la batalla cultural.
El futuro como defensa. Existe también otra narrativa que sí plantea el problema del futuro. Representa a un sector importante del progresismo y el peronismo también. El problema es que ese futuro al cual se convoca no tiene muy claro el nombre ni la forma. Su forma, en todo caso, es parte del presente. Una forma alternativa de gestionar la crisis actual. Se espera por el fracaso del anarcocapitalismo pero no se propone un nuevo horizonte societal. No se atreve a convocar a una nueva gesta. Producto de cierto realismo ante una argentina asfixiante, toma contacto tímido con el futuro.
La política como cuerda corta. El derecho al futuro se ofrece como lógica defensiva, como conservación de algo de lo existente contra el maltrato mileista. Por ahora, prefiere no decir cómo puede ser el futuro, o incluso puede que no lo sepa. Es una narrativa en transición. La red de defensa contra la ofensa anarcocapitalista. Se trata de una cuerda corta vale decirlo, pero que se valoriza a medida que se deprecia el monstruo libertario.
Un nuevo horizonte nacional-popular. Para que la política no regrese como forma de deserción, necesitamos reconstruir un horizonte nacional popular que contenga el sentido emancipatorio y la política como creación popular y como ruptura de lo dado. Porque cambiar la realidad actual, en este capitalismo berreta y deshumanizante, en esta Argentina colonizada, implica pensar la política como una ruptura y como un horizonte nuevo. De grandes propósitos humanos y nacionales. Y “la política” ha abandonado esta idea. Pero si queremos que sea posible una nueva vida nacional, y que la próxima parada del tren de la unidad no sea la farsa de la última tragedia reciente, necesitamos atar nuestro destino con el pueblo y nuestra política con los sueños. Lo demás, no importa nada.
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