El retorno del partido militar

Por: Fernando Rosso

El golpe de Estado en Bolivia comenzó con una asonada policial seguida de un levantamiento de la derecha autodenominada «cívica»; sin embargo, el punto de quiebre se produjo con la intervención de las Fuerzas Armadas. Cuando el comandante en jefe de los uniformados, Williams Kaliman, le pidió la renuncia a Evo Morales «para permitir la pacificación y el mantenimiento de la estabilidad» en el país, la situación no tenía retorno. El régimen parido por el golpismo boliviano está marcado a fuego por la impronta de los militares que reprimen salvajemente en las calles a quienes se oponen al gobierno de facto.

La dictadura cívico-policial-militar de Bolivia es un caso extremo de una peligrosa tendencia regional: en Ecuador, jefes militares estuvieron detrás del presidente Lenín Moreno cuando anunció el estado de sitio frente a las protestas sociales que inauguraron una ola de manifestaciones en el continente.

En Brasil, la presencia y la reivindicación militarista es fuerte en los poderes Ejecutivo y Legislativo con Jair Bolsonaro en la presidencia, en el contexto de un acercamiento y trabajo en común con las fuerzas militares y de seguridad de los Estados Unidos.

En Uruguay, el excomandante en jefe del Ejército, Guido Manini Ríos, y su flamante partido, Cabildo Abierto, obtuvieron el 10,88% de los votos en las elecciones presidenciales de este año. Actualmente, Manini Ríos es indagado por el Poder Judicial uruguayo por su actuación cuando estaba a la cabeza del Ejército respecto al caso de un tribunal de honor de esa institución formado para juzgar el asesinato y posterior desaparición en 1973 de un integrante de la guerrilla del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros. En la segunda vuelta electoral que tiene lugar este domingo, el exmilitar se sumó a la coalición de apoyo al candidato de la derecha, Luis Lacalle Pou (Partido Nacional), favorito en las encuestas.

En el marco de las extendidas manifestaciones en Chile contra Sebastián Piñera, los militares también recuperaron protagonismo con la declaración del toque de queda. Esta semana dieron un salto cualitativo en su intervención pública con un comunicado duro y de alto contenido político contra el informe de Amnistía Internacional sobre violación a los Derechos Humanos en la represión a las movilizaciones. Con un tono que recuerda a los comunicados que emitían los jerarcas de la dictadura en nuestro país contra las presuntas «campañas antiargentinas» que supuestamente llevaban adelante quienes denunciaban la represión en el mundo, la misiva de los altos mandos chilenos con el sello de las tres armas culmina: «Los Soldados, Marinos y Aviadores se sienten orgullosos de la confianza depositada por los chilenos a través de la historia, y están comprometidos con su seguridad y bienestar, en cumplimiento de nuestra misión de defenderlos y servir a la Patria de acuerdo a la constitución y a las leyes». El cuadro lo completó un jefe de Carabineros que en rueda de prensa recurrió a la clásica metáfora del cáncer para ilustrar los problemas que tuvo la sociedad chilena en los últimos meses, para terminar fundamentando que el «tratamiento» –como la quimioterapia– mata células «buenas y malas».

En el marco del paro nacional del 21 de noviembre pasado contra las reformas que pretende llevar adelante Iván Duque en Colombia, los militares también recorrieron las calles de Bogotá en «tareas de acompañamiento» a la policía.

La presencia de núcleos duros de la «familia militar» en los márgenes de las sociedades latinoamericanas no es una novedad. De acuerdo a cada historia y tradición nacional, esto fue siempre más o menos evidente. En la Argentina, la derrota política e histórica de los militares fue más profunda que en otros países donde las transiciones tuvieron un carácter más «pactado». Lo nuevo y alarmante es la cada vez mayor centralidad que tienen en la intervención pública.

Con una neutralidad poco común, el diario La Nación se refería a este fenómeno regional en los siguientes términos: «Sin embargo, los disturbios y la inestabilidad política en aumento están llevando a los presidentes a invocar al ejército con mayor frecuencia, de manera más abierta y en momentos cada vez más tensos».

Efectivamente, el fenómeno responde a muchas causas, entre ellas, el desprestigio de las democracias en las que no siempre se comió, en general se educó en malas condiciones y se vivió peor; desmintiendo de plano el haiku alfonsinista. Pero, indudablemente, una de las causas principales radica en el desafío que contienen las revueltas en las que los que detentan el poder económico y político sólo ven la hidra de la revolución. Tenerlo en cuenta es útil y necesario como alerta para tomar conciencia de que todos los intentos de «reconciliación» se llevaron adelante porque cuando se trata de defender sus intereses, si no alcanza con la pluma y la palabra, no tienen problema de echar mano a la espada.  «

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