«El río de las congojas»: la mujer soldado que vuelve para desafiar la historia oficial argentina

Por: Belauza

La adaptación de Sofía D’Amelio de la novela de Libertad Demitrópulos recupera las voces que quedaron fuera del relato dominante. La obra propone mirar la Conquista desde una perspectiva política, poética y contemporánea.

En busca del pensamiento crítico perdido, Sofía D’Amelio salió a la cancha de la dramaturgia con un libro que pocos recomendarían para un debut: la adaptación de El río de las congojas, de la gran escritora argentina Libertad Demitrópulos. “Soy politóloga también, y trabajé como asistente de cátedra de Horacio González en Sociales, en Teoría Estética y Teoría Política: fue una oportunidad de unir mis mundos, de unir mis intereses dramáticos, por así decirlo, con mis intereses políticos”, cuenta a modo de prefacio de una explicación esta actriz que hace teatro “desde los 12” y acaba de pasar los 40.

“Desde entonces siempre me encuentro en la búsqueda de investigaciones que unan un poco esos mundos -continúa sobre las motivaciones de este debut que también la tiene en escena-”. En la pandemia, cuándo no, su librero “favorito” le hace llegar la novela que une lazos. “Fue un viaje de ida, sinceramente. No había leído nunca a Demitrópulos, y fue una oportunidad también de encontrar un material profundamente poético, por cómo está escrito, por la operación del lenguaje que ella hace y con una estructura que es esencialmente trágica. No solo trágica en el sentido de tragedia griega, más allá de que sus orígenes también se remontan ahí, sino también en el sentido de una tragedia más moderna, más shakesperiana”.

Veamos un poco de qué se trata. María Muratore, la mujer soldado protagonista que acompaña a Juan de Garay desde Asunción para fundar Buenos Aires, “se encuentra en un derrotero en donde no puede no realizar su destino, no puede no realizar ese destino en la búsqueda de su libertad y de su autodeterminación”, que la lleva a la promiscuidad con los blancos conquistadores, al amor por uno de ellos y, a través de él, al poder (un poder que jamás siquiera imaginó tener en su vida); a la consagración de una vida que la vuelve mito, “del que hay varias versiones y ninguna de ellas es verdadera: en la novela nosotros leemos varias versiones de la muerte de María, varios aconteceres que ninguno termina de afirmar, y tampoco ninguna de las voces narrativas que aparecen en la novela es necesariamente jerárquica”.

“Una polifonía de voces” en la novela es lo que también subyuga a D’Amelio. “En ningún momento habla del poder. Habla un hombre que es un mestizo, habla una mujer que es María, y habla otra mujer que es una costurera que es la esposa de Blas. Personajes relegados por la historia oficial y una escritura con una musicalidad y una lírica que la acercan por momentos a la tradición oral”. Eso para empezar. Porque después en la novela descubrió a “una escritora feminista que crea una ficción histórica tomando acontecimientos reales y muy atrás en el tiempo, lo cual es muy peculiar, muy único. Para mí la experiencia de la lectura fue profundamente escénica en mi cabeza, y eso se convirtió en una especie de indicación de llevarlo al teatro”.

No puede evitarse la resonancia a la historia de Malinche en la de María Muratore. “Hay un fragmento de un poema, que no es del libro, es mío, donde las comparo. Porque no solo ella, sino también el personaje de Ana Rodríguez, tienen esta cosa de sentirse atraídas y seducidas por el poder, y a la vez ese tironeo de la traición que implica acercarte al poder, siendo quien uno es. En ese contexto de apropiación, explotación y conquista de esos territorios, lo que le pasaba a la tierra le pasaba a los cuerpos, y las mujeres tenían un lugar absolutamente sometido. El poder en sí mismo es seductor y es atractivo como todo lo que es peligroso”.

En ese te amo, te odio (dame más) de toda situación liminal -y vaya si la Conquista lo fue-, la inconsciencia se vuelve condición necesaria de la tragedia. “El héroe o heroína trágica no puede hacer otra cosa que realizar ese destino. Entonces, más allá de que hay versiones de ese viaje, es un viaje iniciático: arranca siendo una chica bastarda que nace en un prostíbulo con una madre que la abandona, la llevan por caridad a la casa de un señor que es una especie de padrino, que también tiene el poder de usar ese cuerpo sexualmente, le enseña a tirar, y ella dice: para puta no sirvo porque a mí me gusta estar con los hombres que me gustan; y entonces se enrola en el ejército de Garay”.

Todo el que haya cursado la bella Teoría Estética y Teoría Política tiene alguna anécdota o aprendizaje con González. Qué podría decir entonces una alumna privilegiada. “Lo primero que me llevó Horacio fue leer cómo Libertad escribía la voz de María; cómo María habla sobre sí misma en su condición de mujer, de puta, de soldado; cómo esa voz que nos cuenta cosas terribles no pierde la picaresca. Y eso es algo hermoso. Hay ciertos usos de palabras que me lo acercan muchísimo: Horacio pensaba la historia sin perder la picardía, el gesto, el guiño; la posibilidad de hacer dialogar las cosas. Que pensar el pasado valiéndose de la expresión artística sea teoría política. Porque para mí el teatro, en la medida en la que piensa su presente, es profundamente político. Y la novela lo es”.

No considera estar sola en esta búsqueda del pensamiento crítico perdido. “Hay un aroma en el presente de traer estas temáticas que tienen que ver con el origen, el pasado. El trabajo de Gabriela Cabezón Cámara para mí ha sido fundamental para meterle aire y repensar el pasado con licencias. Creo que hay una necesidad de entender un poco cómo llegamos hasta acá, y es un poco la intención de la obra”.

Intención plasmada si se toma la devolución del público. “Las funciones nos están dando mucha alegría, hay muy buena repercusión y venimos llenando el teatro, que es un teatro grande. Así que también es una confirmación del rumbo”. Y de ese aroma del que hablaba. “Hay varias propuestas ahora que están intentando volver la mirada hacia atrás para poder explicar qué hacemos parados aquí donde estamos, en este mundo, en este presente hostil, extraño, cruel. Como latinoamericanos necesitamos pensar y remontarnos ahí atrás, ahí hay varios de los elementos constitutivos que nos forman”.

El río de las congojas

Idea y dramaturgia: Sofía D’Amelio. Colaboración dramatúrgica: Jorgelina Flury. Actúan: Sofía D’Amelio, Jorgelina Flury, Luis Alberto González, Olave Mendoza, Joaquín Sesma. Sábados a las 21 en Hasta Trilce, Maza 177 (CABA).

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