Independiente venció 1-0 a Lanús y pasó a la segunda fase de la Copa Sudamericana. En cada partido se ve más la mano del entrenador.

El inicio del ciclo fue negativo. Eliminación de Copa Argentina y quejas de Milito por el éxodo de jugadores. «Lamentablemente, nos quedamos cortos con el plantel. Si nos va mal, duraré poco y me iré a mi casa», agitó en su momento. Además, el sorteo quiso que la primera ronda de la Copa Sudamericana sea ante Lanús, el último campeón del fútbol argentino. Sin embargo, a veces se necesita una ayuda divina para que todo se encamine.
El Rojo dio el batacazo en La Fortaleza Granate al imponerse por 2-0 en un partido en el cual no mereció mucho. Lanús había sido más, pero dos graves errores le dejaron la cena servida al Rojo.
El impulso lo llevó a ganar en Córdoba, contra el siempre difícil Belgrano. No fue un gran partido, pero se encontró con el gol por una avivada de Rigoni. En ese partido, comenzaron a verse destellos de algunos jugadores sobre los cuales Milito dibujó el boceto que puede convertirse en una gran obra: la dinámica de los laterales; la seguridad y el buen pie de Figal, para marcar y salir jugando; la categoría de Cebolla Rodríguez y de Marciano Ortiz, para manejar los hilos en el medio, y la habilidad, velocidad y atrevimiento de los delanteros: Leandro Fernández, Rigoni y Vera. El equipo sintió otra baja, por la lesión de Fernández. Pero la mejor versión de Martín Benítez lo remplazó de la mejor manera.
Cebolla Rodríguez no sorprendió al resentirse de una lesión, pero El Mariscal tenía un As bajo la manga: Ezequiel Barco, de 17 años. Cara de viejo la rompió contra Godoy Cruz, con magia y gol incluidos. Vera había abierto el marcador y el equipo ya tenía forma.
El 4-3-3 del boceto de Milito es idéntico al de la Capilla Sixtina de Guardiola; dos laterales con proyección, un central que se manda al ataque y rompe esquemas rivales, un cinco que corta más de lo que corre, dos interiores que idean los ataques, y tres delanteros picantes sin posiciones estáticas que no sólo lastiman, sino también son la primera barrera defensiva. La intención de jugar siempre por abajo, está. La presión asfixiante apenas se pierde la pelota, también.
En la vuelta con Lanús, en el Libertadores de América, ya no necesitó de la fortuna para ganar. Lo hizo con argumentos. Mostró su mejor versión en la segunda mitad del primer tiempo, cuando tuvo más la pelota y marcó la diferencia: Figal inició la jugada, la siguió Barco, Rigoni tiró el centro que derivó en los pies de Benítez, quien la clavó de afuera.
Van cuatro triunfos seguidos y con eso alcanza para que el público del Rojo se ilusione. Pero lo que más genera expectativa es lo que Independiente puede llegar a generar en cuanto al juego. Le falta tener más la pelota, aceitar automatismos colectivos, ajustar varios tornillos en defensa. Por el momento, es sólo el boceto. Pero el Independiente de Milito puede convertirse en una gran obra que quede grabada para siempre en el infierno de Avellaneda.
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