El saqueo y la grieta

Por: Ricardo Gotta

Aplastar derechos. Concentrar riquezas. Nada nuevo. Martínez de Hoz, Cavallo, Sturzenegger, Dujovne, Caputo. Lo de siempre, replicado.

Viernes con sol. “¡Vivaaaaa!”, fue el grito conmovedor, apasionante, de los cientos de chiquilines de esa escuela de Mataderos, y de sus familias, cuando el maestro cerró su discurso de fin de año con un fervoroso “¡Viva la escuela pública!”. No todo está perdido, susurró una abuela. Muchos lloramos, emocionados.

Un soplo de aire puro. Pero la huella al salir a la calle era otra.

Un abismo entre ese sentimiento íntimo, tal vez ingenuo, y el que genera el fárrago de una realidad hecha un tsunami arrasador. Una semana del nuevo gobierno. Una semana con la maquinaria del saqueo en plena tracción. Asalto, atraco, latrocinio: decirle ajuste es un eufemismo. Otros: desregular la economía, sincerar precios, estanflación… La justificación sobre que se requiere un estallido para mejorar, suena a la menemista “estamos mal pero vamos bien”.

No, acá no hay errores ni excesos. Todo confluye en un plan sistemático (que excede a este servil Poder Ejecutivo) para transformar a la sociedad en términos de profundizar desigualdades, redistribuir ingresos a favor de las élites, concentrar riquezas, licuar salarios, pasar al Estado (de todos) la deuda privada (de unos pocos). Aplastar derechos. Concentrar riquezas. Nada nuevo. Martínez de Hoz, Cavallo, Sturzenegger, Dujovne, Caputo. Lo de siempre, replicado.

Pueden ufanarse: no digan que no avisamos. La perversión del actual presidente vociferando dislates, motosierra en mano, aunque sus idas y vueltas sean de una esquizofrenia maquillada de dogmatismo. Una tomadura de pelo. La perversión del ex presidente que ya en la campaña del 2019 anunciaba que haría lo que hizo “pero más rápido”.

Libertarios, liberales, conservadores, nacionalistas reaccionarios, derechosos de toda calaña. Ante ellos, cómo subestimar el concepto de la grieta. Ellos sí podrían decir: “Volvimos mejores”. Aprendieron la lección y van por lo que queda.

Lo expresaron en pandemia: que mueran los que tengan que morir. El individualismo como parámetro rector. ¿Importa ahora si lo vimos venir o no, como se empeña en discurrir un sector, tal si fuera la urgencia del momento? ¿Importa hoy cuántos de los que lo votaron, lo hicieron a conciencia, por odio, por hartazgo? ¿Tiene sentido aguardar que se desilusionen, mientras el tren pasa dejando tierra arrasada y muchos, muchísimos, siquiera tendrán dónde descargarán su angustia donde nadie los vea? ¿Es de esperar que otra vez se harte la clase media tilinga cuando siquiera pueda pagar el cable?

Sin olvido, ni perdón, siempre con memoria, verdad y justicia, ahora la urgencia pasa por la resistencia: están en juego cuestiones que no tienen remedio.

Por caso, cómo atemperar los daños (físicos, emocionales…) ante la violencia de un Estado personificado por los desvaríos de una “asesina de menores” que, probablemente por desfachatez, impudicia, perfidia, o por todo eso a la vez, en una voltereta colosal se transformó en la ministra de seguridad que sin hesitar arremeterá contra quienes se enfrenten al hambre y la pobreza (ayer empezó con el Malón de la Paz) pero no contra narcos, chorros de guante blanco o, ni qué hablar, los de la clase opresora a la que pertenece. Su anuncio no parece ser otra de las puestas en escena del gobierno sobre medidas extremas, que luego no lo son tanto y suenan más benignas, o simplemente tapan otras atrocidades.

El que las hace las paga, es una de sus frases. Hasta en eso mienten. Ellos nunca la pagan. Pero no deberían soslayar que justamente por la represión de diciembre de 2001, que esta semana generará movilizaciones, el ministro delarruista Enrique Mathov acabó preso, aunque fuera una excepción en la historia. A veces, la taba se da vuelta. Pero no se presumen tiempos venturosos ni noticias alentadoras a la brevedad. Como en este simbólico sábado con nubarrones. Se avecina una tormenta. 

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