Un film épico que sin embargo deja un sabor amargo. La creciente dependencia en el sistema judicial para resolver las diferencias humanas parece un callejón sin salida.
En esa imposibilidad, Garenq encuentra no sólo la necesidad de reglamentar cada conflicto entre las personas, sino hasta guiar sus pautas de conducta frente a una eventual potencialidad.
Sin ser omminoso ni dictar moral, el film bordea en forma permanente ese conflicto que se mantiene intacto y se fortalece a medida que las distintas instancias judiciales no le dan solución, y deja, aunque sutilmente, la comprensión del dolor ajeno al afecto no comprometido con el conflicto, como es el caso de la nueva pareja de Bamberski.
Sin ser un tratado, deja en el espectador una gran decepción. Tener razón puede llevar a la soledad más extrema, e incluso a tener ciertos rasgos de locura. Mientras crezca la reglamentación de derechos y obligaciones, mientras toda posibilidad de entendimiento se cierre con un así lo dice la ley, la esperanza es poca. Y sin embargo, no hay posibilidad de desistir en lo que se cree, y más: dejar de luchar por ello. No porque se vaya a triunfar, sino porque no hacerlo sería declarar la derrota total.
El secreto de Kalinka (Au nom de ma fille, Francia /2016). Dirección: Vincent Garenq. Guion: Julien Rappeneau y Vincent Garenq. Con: Daniel Auteuil, Sebastian Koch, Marie-Josée Croze, Christelle Cornil, Lila-Rose Gilberti y Emma Besson. 88 minutos. Apta para mayores de 16 años.
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