Si hubiera que ponerle un nombre a la revolución en el debate deportivo, ese nombre es el de Andrew Jennings.

Jennings, escocés de Kirkcaldy, murió el 8 de enero pasado, a los 78 años. Se había metido con la mafia del Cáucaso, con Scotland Yard, con el escándalo Irán-Contra, hasta que un día se topó con el poder del deporte. Primero fue por el Comité Olímpico Internacional que conducía Juan Antonio Samaranch, un franquista de larga trayectoria. Jennings mostraba la fotos en las que se veía al dirigente catalán haciendo el saludo fascista o participando en actos de la Falange. Escribió Los señores de los anillos (1992), en coautoría con Vyv Simson, y Los nuevos señores de los anillos (1996), desde donde expuso con detalle la corrupción olímpica, que tendría su símbolo con el escándalo en la elección de Salt Lake City para los Juegos de Invierno 2002. Jennings publicaría un nuevo libro, en 2000, La gran estafa olímpica, junto a Clare Sambroock.
Hasta que llegó a la FIFA, otro mundo infranqueable como lo era el COI, una organización privada que podía comprar lo que quisiera, incluso el silencio, además de mantener bien guardados sus documentos. “La mafia es más fácil porque ya se sabe quiénes son. Tienen antecedentes policiales que circulan entre los distintos países así como los archivos del FBI, que giran a nivel mundial. Es más fácil identificarlos”, me dijo en 2007 durante una visita a Buenos Aires. Jennings rompió esas paredes. Publicó su libro Foul! en 2006 (Tarjeta Roja, según la edición en castellano), siguió con el programa de la BBC, con sus artículos, con Omertà: La FIFA de Sepp Blatter, en 2014, en toda esa obra detalló el sistema de sobornos que gobernaba en la FIFA. “Yo le di al FBI los documentos cruciales que dispararon los arrestos de ayer. Hay más, Blatter es el blanco”, dijo en 2015 cuando todo explotó. Fue el final. La historia le dio la razón.
Tenía algo de Michael Moore en su estilo. Seriedad y precisión para los datos, desfachatez para contarlos. “Con humor y elegancia”, me dijo sobre cómo había que hacer periodismo. Y era generoso para compartir información porque lo que más le interesaba era que otros también investigaran, escribieran, lo acompañaran en la tarea. Había en Jennings algo muy punk, irrevente, podía pararse frente a la Torre de los Ingleses en Buenos Aires y hacerle fuck you. Pero también -lo más discutible- sostenía una noción de buenos y malos, por momentos sin tantos matices. Por eso, entonces, podía ser una fuente del FBI. “Andrew aceptó intercambiar información con el FBI porque sintió que, por fin, alguien del verdadero poder escuchaba sus viejas denuncias de corrupción en la FIFA”, contó Ezequiel Fernández Moores, con quien compartió viajes, amistad y, sobre todo, confianza y respeto profesional. “Cuando los niños me preguntan qué hago exactamente, les digo que me gano la vida persiguiendo a los malos”, escribió el escocés en un prólogo a Foul!.
“Un reportero de investigación intransigente e implacable, siempre estaba en el camino persiguiendo documentos y hechos que pudieran exponer el lado oscuro de los negocios deportivos”, lo recordó Jens Sejer Andersen, director internacional de la organización danesa Play the Game, que fue una tribuna permanente para Jennings desde 1997 a esta parte. Si hubiera que ponerle un nombre a la revolución en el debate deportivo, escribió Andersen, ese nombre es el de Jennings.
A Jennings no le interesaba el fútbol como juego, pero le interesaba como bien colectivo.“El deporte pertenece a la gente. Forma parte de nuestra cultura, del cemento social que nos aglutina”, escribió en esa misma presentación. Fue hacía ahí, porque le resultaba “preocupante que los canallas controlen el deporte de la gente y lo utilicen para sus propios intereses personales”. Los hinchas lo premiaron alguna vez como el periodista del año. “Los reporteros que se dedican al periodismo de investigación -siguió en su libro- no siempre viven para ver a los canallas recibir su merecido”. Jennings vivió para verlo.
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