El sermón de los hidrantes: cacería y subasta de derechos en el Congreso enjaulado

Por: Nicolás G. Recoaro

Crónica de un día triste. Desde la manifestación de los que se animaron a protestar hasta otra brutal represión que dejó heridos y detenidos por la ferocidad de las fuerzas de seguridad.

El cielo porteño es color plomo en el mediodía del jueves. Una capa de nubes que parece diseñada por el Ministerio de Seguridad del régimen mileísta para que el gas pimienta no tenga por dónde escapar. Un techo de cemento suspendido sobre las cúpulas de Rivadavia; un gris que mastica la humedad mientras el Congreso enjaulado se prepara para la subasta.

El paro general contra la reforma laboral esclavista, con un acatamiento que se siente en el vacío de las avenidas, dejó a Buenos Aires sumida en un mutismo de feriado de guerra. Pasadas las 13, esa calma de cemento se rompe cuando las primeras columnas ganan la Plaza Congreso, pero el fantasma de los colectivos ausentes sigue ahí, como un grito mudo en el asfalto. Es el escenario para el sermón de la represión y la traición que se cocina en la pajarera parlamentaria.

Foto: Eduardo Sarapura

Adentro, en un recinto blindado por el protocolo, la política celebra su rito de desguace. Los diputados se sientan a la mesa de la subasta con la servilleta al cuello, dispuestos a triturar convenios y conquistas. Afuera, la marea de obreros, docentes, jubilados y estudiantes desafía las amenazas de la ministra Alejandra Monteoliva. Es la infantería del pueblo contra la infantería del protocolo. El canto de las gargantas poderosas baja como un trueno que rebota en las rejas calientes y el mármol frío: “Unidad de los trabajadores, y al que no le gusta, se jode, se jode”.

“Las políticas de Menem enfermaron a mi viejo, hoy ya no está, pero nosotros seguimos luchando”, dice un cartel entre la multitud, uniendo el apellido del presidente de la Cámara Baja con el fantasma de los años noventa que hoy caminan de la mano por los pasillos del Congreso.

Foto: Eduardo Sarapura

Susana, enfermera de Avellaneda con mil guardias en el lomo, habla con la rabia de quien ha visto morir y ahora ve cómo matan sus derechos. Frente a las vallas, dispara: «Es una vergüenza, todos los trabajadores tendrían que estar acá, Milei nos está robando las conquistas en la cara». Su voz no tiembla; tiene la urgencia de la defensa pública.

Un helicóptero de las fuerzas del cielo surca el barrio, pero el suelo no se achica. Organizaciones de jubilados y laburantes de a pie cantan que «La patria no se vende». Los muchachos de la UOM de Villa Constitución les dan duro y parejo a los bombos. “Esta ley es el certificado de defunción de la industria nacional; buscan que seamos mano de obra barata”, explica Pablo González, delegado de los metalúrgicos herederos del heroico Villazo.

Foto: Antonio Becerra

A unos pasitos está don Héctor, un albañil jubilado que sabe de ganarse el pan levantando paredes ajenas para sostener sueños que nunca fueron suyos. Con las manos curtidas por el cemento, mira el Congreso como quien mira una estructura con peligro de derrumbe. Dice que la “modernización” es un retroceso esclavista: “Representa al poder, no a nosotros. Moderno era cuando podías laburar y comer bien, cuando podías levantar tu propia pieza y te alcanzaba para las vacaciones. Ahora te venden el derecho a ser pobre como si fuera libertad”.

Pasadas las 16, el cielo ya no es plomizo, pero adentro del Congreso el aire se vuelve irrespirable. Entre las bancas de cuero y el aire acondicionado, los diputados sesionan a espaldas de la calle, dibujando un futuro de telegramas de despido. Entonces en las calles, el sermón de la represión se hace carne. Mientras las columnas empiezan a retirarse, el eco de 2001 vuelve a erizar la piel: “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo…”. Es un grito de memoria justo antes de que el primer chorro de agua fría anuncie que los palazos y la cacería están por comenzar.

Foto: Antonio Becerra

Un grupo pequeño de manifestantes se acerca al vallado para gritar su verdad. La respuesta no es palabra, es la represión: el protocolo se activa como un resorte paranoico. Los camiones hidrantes de Gendarmería rocían al pueblo, dictando su cátedra de agua y miedo. Otra vez, el panic show libertario.

Al final de la tarde, no hay silencio en la ciudad y el Congreso sigue enjaulado en su laberinto de oradores y subastas. Sobre Rivadavia, entre el vapor de los hidrantes y el humo de la infamia, un último cartel queda flotando como una pregunta que nadie en el Parlamento se atreve a contestar: “Si es tan buena esta ley, ¿por qué necesitan balas de goma?”. No hubo respuesta. Solo el ruido de las motos de la Federal y el chorro de agua golpeando contra el asfalto.

Foto: Sole Quiroga

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