
En el aquí y ahora, sin embargo, ganaron los cínicos. Personas y colectivos que se niegan a ampliar derechos en nombre de “la defensa a la vida”, la moral y las buenas costumbres, mientras propician la continuidad de un negocio mal habido, inmoral y criminal.
Una farsa patética.
Un meme que circuló en estos días describe el menú de cinco pasos que compone el discurso hipócrita de esa Argentina reaccionaria que hoy se siente victoriosa.
La última frase es un clásico de Eduardo Feinman, uno de los animadores favoritos del país retrógrado. No es el único. En sus tiempos de zar multimediático, el empresario Daniel Hadad nutrió su escudería de ultramontanos. Fue un éxito de audiencia. Es evidente que entonces, y aún hoy, hay millones de argentinos que se identifican con mensajes que estimulan y explotan la segregación económica, la discriminación social y el prejuicio de clase. Y es evidente, también, que la realidad se ve distinta desde los grandes centros urbanos que en el interior del país, donde se registró la mayor resistencia a la legalización.
Es obvio que muchos senadores -si no todos-, votaron como lo hicieron mirando su futuro electoral. O el de sus mandantes naturales, los gobernadores, que en su abrumadora mayoría operaron en contra de la ley. Usaron excusas varias, desde el eventual costo económico de la IVE a la conciencia personal. Pero lo que más pesó fueron las encuestas -en algunas provincias el rechazo trepó al 60%- y la amenaza de un sector de la Iglesia, que prometió militar en contra de aquel que respalde la legalización. Demasiado para políticos que, por lo pronto, tendrán que hacer proselitismo en medio del ajuste y la recesión.
Quienes impulsan la Campaña por la legalización especulan que presentarán en marzo un nuevo proyecto para que el Congreso se vea de nuevo en la situación de decidir. El contexto, por cierto, será distinto: el próximo año estará signado por la contienda electoral. Es difícil imaginar que los acuerdos transversales que se lograron este año puedan repetirse en medio de los artificios proselitistas. Pero obligaría, al menos, a que cada candidato, en cada punto del país, deba definirse por sí o por no en un tema que hasta hace unos meses la política consideraba un tabú.
Ése es uno de los grandes logros de la derrota parlamentaria. El otro se reflejó en las calles, con las y los miles de pibas y pibes que descubrieron la mejor cara de la política: la posibilidad de transformar la realidad. Esta vez chocaron con la contracara más miserable de la política, es cierto. Ganaron los cínicos. Pero como ellos y ellas cantaban bajo la lluvia y el frío invernal: “Se va a caer”.
Que así sea.
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