Elogio de la grieta

Por: Adrián Murano

Columna de opinión.

No hay nada menos democrático que el pensamiento único. La democracia es, precisamente, un modo de poner a convivir puntos de vista e ideas diferentes bajo un conjunto de acuerdos comunes que no siempre respetan criterios de justicia y equidad. Esas asimetrías provocan colisión de intereses. Y los choques, claro, hacen ruido. Sólo en los cementerios hay paz absoluta. Lógico: sus habitantes están en idéntica condición.

Sin conflicto no hay democracia. De modo que «cerrar la grieta», o reducirla a la brecha entre macrismo y kirchnerismo, es una pretensión antidemocrática auspiciada por los ganadores del statu quo. Un ejemplo: el debate parlamentario por la despenalización del aborto cerró parcialmente las distancias partidarias (hay K y macristas en ambas posturas), pero destapó una «grieta» más profunda y vital. 

El plenario en la Cámara de Diputados recién empieza, pero ya entregó algunas conclusiones. La principal: el destino de la despenalización se definirá en la calle, no en el Palacio. La convocatoria para que expongan figuras públicas favorables a la despenalización persigue agitar conciencias más afuera que adentro del Parlamento. Los diputados, de hecho, van poco a las sesiones. Pero a la hora de votar serán sensibles a la «opinión pública», cuya temperatura se mide en encuestas, manifestaciones y medios de comunicación. 

La táctica de los antidespenalización es la exhibición de su poder: líderes religiosos, científicos de universidades privadas influyentes y juristas con ascendencia en los tribunales alternan críticas y profecías catástrofe para sostener los castigos penales y sanitarios que caen sobre las mujeres que ejercen el derecho –negado– a decidir sobre su cuerpo.

La puja entre el poder popular (la calle) y el poder fáctico-institucional (el Palacio) está en los orígenes de la democracia republicana. Esa «grieta» es la que subyace en el debate sobre el aborto: más que defender «la vida», quienes niegan la despenalización defienden un estilo de vida, un modo de organización social donde grupos de poder imponen sus condiciones a otros en función de sus dogmas, creencias y, también, de su esquema de negocios.

¿La dirigencia política aprovechará esta oportunidad histórica para sobrevolar sus miserias y convertir la «grieta» en un surco donde se siembre un futuro menos desigual? 

Ver para creer.  «

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