Guido Piotrkowski viajó por primera vez a Cuba a sus quince años, junto con sus abuelos, que lo llevaron a la isla como regalo de cumpleaños. A pesar de que Cuba fue siempre un destino hipnótico y añorado, por su historia, sus tradiciones y contradicciones; por el ron, por la música y la gente, pasaron treinta años para su retorno. Fue justamente cuando su hija Abril cumplió quince, y eligió la isla como destino para descubrir con su padre. Estas fotos son el reflejo de este segundo paso por la isla, que conjuga la mirada de un viaje de placer entre padre e hija, los recuerdos de aquella primera visita de adolescente con los abuelos y el intento permanente de comprender los valores de una sociedad diferente.Guido Piotrkowski es fotógrafo y periodista free lance. Publicó y publica en diversos diarios y revistas de Argentina y de Latinoamérica. Escribió, junto a otros dieciséis periodistas, coordinados y editados por Leila Guerriero, el libro "Voltios, la crisis energética y la deuda eléctrica", una investigación periodística publicada por Editorial Planeta en diciembre de 2017. En 2015 editó el libró Carnavaleando, un recorrido de más de una década por los carnavales latinoamericanos (Ediciones Q). Sus fotografías de viajes por Argentina forman parte de campañas nacionales e internacionales del Ministerio de Turismo de la Nación.

«Aquí pueden venir cuantas veces quieran y hacer todas las fotos que quieran», comenta el taxista, un mestizo corpulento, que conduce desde el aeropuerto hacia el que será hogar en La Habana por los próximos días, cuando nos detenemos en un semáforo frente a la Plaza de la Revolución. La plaza está muy iluminada, pero no hay un alma. El busto de José Martí, prócer de próceres, se alza blanco, impoluto, gigantesco, en el medio.
Al llegar al barrio de Centro Habana, el taxista se detiene frente a la casa, sobre una calle en penumbras. En vez de tocar timbre, llama por teléfono. Enfrente, dentro de un local de la Cooperativa de Panaderos, un hombre duerme profundamente con su cabeza calva apoyada sobre el escritorio. Arriba, sobre la pared, cuelga un poster con una imagen de Fidel Castro y el texto “Revolución”. A su lado, un retrato de su hermano Raúl Castro. La luz está encendida y la puerta abierta. En la otra cuadra, todo a media luz, una nena anda en bicicleta y un nene aún correteadetrás.
La Habana acaba de cumplir quinientos años el pasado 15 de noviembre, y es la punta de lanza, la ciudad donde flamean los vientos del cambio en Cuba. La llegada de internet -a paso lento-, el deshielo de las relaciones con Estados Unidos y el recital de los Rolling Stones, son hitos que van marcando la transición en esta isla que parece haber quedado anclada en la mitad inicial del siglo pasado. Aunque ya ostente algunos finos trazos de capitalismo incipiente, sobre todo entre los más jóvenes, ávidos de las nuevas tecnologías y de dólares.
La Habana se paladea a paso lento, a los lugares se llega preguntando. Y luego de la pregunta, y la indicación como respuesta, vendrá una charla que puede extenderse por un buen rato, un largo diálogo que atravesará las figuras de Fidel, el Che, Maradona, Néstor y Cristina, Macri, Trump, Obama, el bloqueo, la revolución. En Cuba, toda charla es política.
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