En el negocio del odio, la sola apelación al amor es riesgosa

Por: Diego Pietrafesa

@diegopietrafesa

Hace unos 100 años Roberto Arlt aseguraba estar asistiendo al «crepúsculo de la piedad».

El crepúsculo es (dice el diccionario) esa claridad que hay desde que raya el día hasta que sale el sol y desde que el sol se pone hasta la noche. La piedad (según el mismo libro de definiciones) es lástima, misericordia, conmiseración.

Con la conciencia de estar blasfemando al autor de El juguete rabioso me permito actualizar aquella sentencia. Aventuro que estamos más cerca de la noche que del alba, más confundidos en la tiniebla que esperanzados por la luz del amanecer, más cómodos en sortear la incomodidad del amor.

En el universo del odio, en el negocio del odio, la sola apelación al amor es riesgosa: el odio (y su escalón superior, la indiferencia) requiere dinamitar puentes, no construirlos, requiere negar al otro, no percibir su existencia.

Es riesgoso, sí, pensar desde el amor. O, en este caso, desde la piedad, desde el perdón, desde la pena. Allá vamos, pese a todo.

Las noticia sobre el asesinato de Fernando Baez Sosa generó un debate entre punitivistas y garantistas. Como toda generalización, ambas caracterizaciones son falsas. Pero se simplificó la discusión ubicando a unos en el «que los que lo mataron se pudran en la cárcel» y a otros en el «son personas, no olvidemos eso».

¿Se puede soslayar la criminalidad de este homicido en grupo? No. ¿Se puede aislarlo de una cultura del desprecio al otro, al pobre, al negro? Tampoco. ¿Debe mensurarse el valor de sentirse «dueños» de todas las cosas y, por tanto, dueños también de la vida de un chico? Si. ¿Hay que tener en cuenta el elogio del «macho», la supremacía moral de «la hermandad», la confianza en la omertá? Por supuesto. ¿Pueden  desprenderse todas estas consideraciones (¿atenuantes?) de ese mensaje que El Poder a través de sus medios siembra sin pausa? Definitivamente no. Todas las motivaciones para el crimen y su intento de encubrimiento posterior anidan en el discurso dominante: por rico, por varón y por Dueño, todo me pertenece.

Escribo estas líneas sentado en el cordón de la vereda en la avenida Pueyrredon y Bartolome Mitre. Frente a mí, una protesta de vendedores ambulantes que -otra vez- se presentará en la tele como «usurpadores del espacio público» que resisten el operativo policial. Son trabajadores, claro. Pero esa es una verdad que, como el amor, también incomoda. Se juega aquí lo mismo que lo que se juega en el Tribunal de Dolores: descartados y licenciados en supervivencia son odiados por pobres y negros, los Dueños usan la fuerza contra ellos y habrá (seguirá habiendo) un crimen, el hambre y la miseria.

No quiero pedir permiso por considerar a los asesinos de Fernando sujetos de pena, de condena, también. Pero de pena. Son hijos de un sistema de muerte, cayeron en una trampa que siempre pensaron para otros. Si merecen prisión perpetua, no la merecen menos los que todos los días trabajan para conformar el sentido común que -sin dudas- sirvió de argumento para los asesinos aquella noche en Villa Gesell.

Dirán «a vos porque no te mataron a un hijo». Diré que es imposible transferir el dolor de la víctima. Ni con uno ni con mil años de cárcel habrá eso que llaman «reparación». Porque Fernando no volverá con sus padres nunca. Dirán «entonces que los asesinos tampoco». Diré que no hay peor ley que la Ley del Talión.

¿Puedo repudiar el crimen y exigir Justicia? ¿Puedo a la vez sentir pena por los asesinos? Si.

El homicidio de Fernando es, en escala, una tragedia humana, un fracaso de eso que nos venden como único destino y salida. «Las cosas no son así, están así», explicaba Paulo Freire. Y para transformarlas hay que educar en el amor, militar el amor, bancarse el amor. Cortar al odio de raíz para no sobreactuar ni impostar el rechazo a sus frutos.

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