En la Copa Africana también las mujeres plantan bandera

Por: Francisco Estrella Gutiérrez

La árbitra marroquí Bouchra Karboubi se convirtió en la primera árabe en un partido del máximo torneo continental. En Costa de Marfil, las batallas de las disidencias no se reducen a los países islámicos. En muchas etnias africanas se mantienen prácticas tradicionales condenadas por la sociedad: matrimonios por conveniencia y mutilación genital femenina a las niñas, como en Somalia y Egipto.

Marruecos se enfrentó con Zambia en San-Pédro por la tercera fecha del grupo F de la Copa Africana de Naciones masculina, el principal campeonato de selecciones del continente. Era un partido clave para Costa de Marfil, el local. Sucede que la selección marfileña venía decepcionando en la copa. Un triunfo ante la débil Guinea-Bissau, una derrota por la mínima ante la siempre difícil Nigeria y una apabullante goleada en contra 4 a 0 frente a Guinea Ecuatorial, la revelación, dejó pendiendo de un hilo la clasificación del local a octavos de final (este sábado, Costa de Marfil enfrentará a Mali en los cuartos de final).

La bronca se sintió en las calles de Abidján, la ciudad más importante del país, donde los hinchas marfileños destrozaron diferentes buses de la Confederación Africana de Fútbol. Más aún, los jugadores no pudieron abandonar el estadio Laurent Pokou hasta pasadas tres horas del partido, por temor a la ira popular. Incluso el técnico Jean-Louis Gasset fue despedido de los Elefantes, como se conoce a Costa de Marfil, a mitad del torneo y con su selección aún con posibilidades de acceder a la siguiente ronda. Las chances de pasar a octavos pendían de un hilo: Marruecos debía ganarle a Zambia para que los locales alcanzaran la siguiente instancia como el peor de los terceros clasificados.

Finalmente y para beneplácito del pueblo marfileño, un gol de Hakim Ziyech, el capitán marroquí que milita en el Galatasary turco, les devolvió la vida a los Elefantes que se metieron por la ventana a los octavos de final de una copa a la que llegaban como favoritos. La fiesta se armó rápido en San-Pédro y en todas las ciudades marfileñas, donde los festejos y la hermandad entre los locales y los hinchas marroquíes inundaron las calles. Multitudes de hinchas de ambos países se fundieron en calurosos abrazos en la aún más calurosa noche marfileña cuya banda sonora la componían estridentes bocinazos y gritos de alegría. La exaltación era tal que incluso a los periodistas extranjeros nos confundían con marroquíes, en un intento de los locales de distinguir nuestra procedencia. Las pocas cuadras que separaban el estadio del taxi que nos llevaría al hotel se transformaron en una posta de abrazos transpirados que todo el mundo nos daba al grito de “¡merci le Maroc”, en medio de una exaltación general en la que era imposible explicar que no, que Argentina queda lejos de Marruecos, que todos estábamos felices de que el local siguiera con vida en la copa, pero que no teníamos nada que ver con aquel soplo de esperanza al que se aferraban los Elefantes.

Pero previo a todo ese festejo desaforado, algo llamaba la atención en el estadio Laurent Pokou mientras jugaban Marruecos y Zambia. Dos mujeres enfrentaban sus pasiones en las tribunas; o, más bien, una contra otra gran cantidad de ellas. Barbra Banda, futbolista de Zambia, seguía con atención el partido de sus colegas masculinos mientras varias decenas de periodistas mujeres marroquíes cubrían la jornada desde la tribuna de prensa. Una pelota y las ganas de clasificarse a octavos de final las distanciaba, pero un objetivo y una lucha en común al mismo tiempo las hermanaba.

Sucede que la pelea de las mujeres por hacerse un lugar en el fútbol africano es una tarea en común de jugadoras, periodistas, entrenadoras, hinchas, dirigentes y hasta árbitros, como la también marroquí Bouchra Karboubi, la primera mujer árabe en arbitrar un partido de la Copa Africana cuando, unos pocos días atrás, impartió justicia en el choque entre Nigeria y Guinea-Bissau.

La piedra basal para Bouchra y sus colegas la había sentado la ruandesa Salima Mukansanga, quien dos años antes hizo historia al convertirse en la primera mujer en dirigir un partido de la copa, el Zimbabue-Guinea por la fase de grupos. Pero la trascendencia de Bouchra Karboubi quizás sea incluso mayor, en tanto en los países islámicos el movimiento de mujeres y disidencias está poniéndose de pie de manera decidida. Sin ir más lejos, sigue resonando la imagen del seleccionado masculino iraní negándose a cantar el himno en el Mundial de Qatar 2022 en solidaridad con la lucha de las mujeres de su país contra la imposición de usar el hiyab (velo), pese a las amenazas de la Federación de Fútbol de Irán.

En los países musulmanes de África el movimiento de mujeres también desarrolla una tenaz batalla por ganar espacios en el fútbol. Así como sus periodistas, las jugadoras marroquíes también son una punta de lanza en esta parte del planeta. Entre ellas tomó relevancia el caso de Nouhaila Benzina, defensora del AS FAR Rabat, quien luego de una insistente pelea logró transformarse en la primera mujer en utilizar el hiyab, sobre el que pendía una prohibición de la FIFA, en un Mundial femenino, en Australia-Nueva Zelanda 2023. A primera vista podría parecer contradictorio que mientras las mujeres iraníes exigen no estar obligadas a usar el hiyab en las calles de Teherán, sus pares marroquíes demandan poder usarlo en una cancha de fútbol; pero el movimiento de mujeres y disidencias tiene en claro de qué se trata: hacer lo que se les dé las ganas con su cuerpo, ni más ni menos, sin presiones del gobierno ni de instituciones como la FIFA.

Marruecos justamente fue la sede en 2022 de la última Copa Africana de Naciones femenina que, a diferencia de su homónima masculina, apenas se disputa desde hace treinta y pocos años, frente a los casi 60 años del torneo de varones. Pero la última edición de la copa femenina en Marruecos supuso un hito: los/as más de 50.000 espectadores/as que asistieron a la final en Rabat para presenciar la derrota de las locales frente a la selección de Sudáfrica.

Aprovecho el viaje desde Grand Béréby, cerca de la frontera con Liberia, hasta San-Pédro para conversar con Waafa, una periodista franco marroquí que se encuentra en Costa de Marfil cubriendo la Copa Africana y que, por supuesto, estuvo en la cancha presenciando la victoria de su equipo contra Zambia.

El sonido de sus palabras compite con los ronquidos ahogados del motor de la desvencijada camioneta que nos lleva traqueteando por el sur del país. Hasta al menos atento de los observadores le saltaría a la vista: aparte de mí, en la camioneta sólo hay mujeres. Sucede que son las 11 de la mañana y, mientras los varones descansan luego de la pesca nocturna, son ellas las que viajan a la capital provincial a vender el pescado. En Costa de Marfil, como en Argentina y en todas partes del mundo, la división del trabajo por género es una realidad.

Las batallas de las mujeres y disidencias en el ámbito del fútbol no se reducen a los países islámicos, por supuesto. En el África subsahariana también se desarrollan con tenacidad. De hecho, mientras Waafa y sus colegas seguían con atención el partido de su querida Marruecos, Barbra Banda alentaba con fuerza por Zambia. El caso de ella es emblemático.

Barbra es la gran figura de la selección zambiana de fútbol femenino. Incluso, quizás sea también la mejor futbolista que dio este continente. Ella también tuvo sus batallas. En 2022 fue proscrita para la Copa Africana que consagró a Marruecos. Luego de haber marcado dos hattricks en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, la Confederación Africana de Fútbol le prohibió el ingreso a las canchas continentales por poseer mayor testosterona en sangre que la media de las futbolistas. Sucede que los estándares de la FIFA son mucho más rigurosos que los del Comité Olímpico Internacional, lo que dejó a Banda sin su copa continental.

La decisión de la entidad central del fútbol africano fue apelada por Barbra, quien finalmente se impuso y logró que la decisión sea revisada, aunque con posterioridad al campeonato continental. Éste y otros obstáculos llevaron a la estrella zambiana a crear la Fundación Barbra Banda, un organismo que promueve el fútbol femenino en África.

No es el único caso en el que organizaciones de la sociedad civil se encargan de fomentar el fútbol femenino en el continente frente a la pasividad de muchas de sus instituciones. Ni siquiera es el único caso en su país. Mbete Youth Football Project, por ejemplo, se encarga de desarrollar el fútbol femenino y también el masculino, con la intención de alejar a los y las jóvenes de la conflictividad social que aqueja al norte de Zambia, así como de las diferentes adicciones que allí se expanden. La particularidad de esta organización es que, a diferencia de tantas otras sostenidas por capitales gubernamentales o privados procedentes de Europa, se autofinancia con el fin de mantener su independencia. La principal fuente de recursos económicos que tiene es un emprendimiento de moto taxi, en el que quienes se sientan al volante son ni más ni menos que los propios directores técnicos de los equipos que integran la organización.

Por supuesto que las batallas del movimiento de mujeres y disidencias en África no se circunscriben al terreno del fútbol. Apenas como muestra, cada año 6,2 millones de mujeres recurren a abortos clandestinos en el África subsahariana. Y en cuanto a las disidencias, en varios países son perseguidas; el caso más resonante quizás sea el de Uganda, que en 2023 aprobó una homofóbica ley que castiga con pena de muerte las relaciones no heterosexuales.

Los obstáculos para el desarrollo del movimiento de mujeres y disidencias no se dan exclusivamente a instancias de los gobiernos. En muchas de las etnias africanas se mantienen prácticas tradicionales condenadas por el resto de la sociedad que se siguen desarrollando de manera clandestina. Los matrimonios por conveniencia y la mutilación genital femenina a las niñas, en Somalia y Egipto, principalmente, son los ejemplos con más difusión internacional. Pero no los únicos.

Waafa me muestra en su teléfono un video que ella misma filmó el año pasado en el sur de Etiopía. Allí la etnia Hamer tiene un ritual de iniciación a la adultez que persiste desde épocas inmemoriales pese a la prohibición estatal. El paso a la madurez de los varones consiste en saltar sobre el lomo de toros firmemente sujetados. Así dicho suena más complicado de lo que se ve en el video que me muestra Waafa, en el que los toros están prácticamente inmovilizados por otros varones que ya cumplieron con el ritual. Pero el caso de las mujeres es distinto. Su paso a la adultez básicamente consiste en ser azotadas a latigazos por los varones de la etnia. La ecuación es clara: mientras el ritual de ellos está asociado a la ganadería y a la actividad productiva que desarrollarán a lo largo de su vida, el de ellas consiste en ser violentadas por ellos, lo que constituye también una muestra anticipada de su futuro.

Estas prácticas ancestrales han generado debates en el mundo entero. De un lado, se alinean posiciones que apelan al relativismo cultural y se amparan en el supuesto consenso de sus víctimas para darles una pátina romántica a estas tradiciones. Del otro, la mayoría de las feministas, que repudian estas agresiones físicas. Varias escritoras de renombre mundial se encuentran entre quienes sostienen esta mirada. Es el caso de la autora egipcia y doctora en medicina Nawal El Saadawi, considerada una de las feministas emblemáticas de su generación, quien sufrió la ablación de clítoris de pequeña y lo denunció en su libro de 1972 Las mujeres y el sexo, lo que le valió ser despedida del cargo público donde se desempeñaba; o de la autora somalí y activista contra la mutilación genital femenina Waris Dirie, cuya novela La flor del desierto, que narra la historia de una niña que huye de un matrimonio de conveniencia, alcanzó repercusión internacional y fue llevada al cine.

En Argentina las mujeres también saben lo que es hacerse un lugar a los codazos en el fútbol (y no sólo en el fútbol). Aún resuena la huelga que llevaron adelante las futbolistas en 2017 que, bajo el lema “el fútbol será feminista, disidente y profesional”, dio una batalla feroz por dejar atrás el amateurismo. Y en gran medida lo consiguieron, en tanto parte de los planteles obtuvieron contratos. Pero la lucha sigue. No sólo porque los contratos no alcanzan aún a la totalidad de las jugadoras de Primera, sino porque incluso sus números están muy por debajo de sus pares varones, aproximándose más a los montos que se pagan en categorías del ascenso como la C.

En África también las jugadoras plantan bandera. Quizás, y a la manera de cierre, cabe señalar que la selección nigeriana femenina es sin lugar a dudas la más combativa del continente. Su historia de luchas por derechos profesionales es larga, incluso con huelgas en las horas previas a disputar los torneos más importantes. Seguramente no sea casualidad que Nigeria sea la selección más ganadora de África, arrasando con 11 de las 14 copas femeninas disputadas hasta hoy. Ellas saben que son unas luchadoras. Tanto dentro como fuera de la cancha.

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