Robert L. Stevenson y D. H. Lawrence ofrecen miradas punzantes e ingeniosas sobre el sexo, el amor y el matrimonio en dos libros publicados dentro de la colección Tesoros del sello Interzona.

Las reflexiones de Stevenson transitan por la soledad, el sentido de trascendencia, dialogan con grandes autores y con las conversaciones más cotidianas y triviales escuchadas al pasar. No es un partisano de la pasión, busca los matices de los vínculos amorosos, incluso indaga el lado positivo de los matrimonios que son más «una suerte de amistad reconocida por la policía» que producto de una pasión abrasadora. Más cercano al doctor Jekyll que a su proyección monstruosa y pasional, el señor Hyde, no deja de notar la tibieza y condescendencia en el oficio de Cupido: «Si el amor en verdad es eso, entonces está claro que los poetas han estado engañando a la humanidad desde que el mundo es mundo».
El pequeño formato de los libros de la colección Tesoros de editorial Interzona puede desorientar a los ambiciosos de grandes volúmenes. Unas ediciones cuidadas hasta el mínimo detalle ofrecen varios ensayos sobre el amor del autor inglés bajo el título Enamorarse.
Otra de las posibilidades de esta colección en ambos casos con traducción y prólogo de Matías Battistón es Hacer el amor con música, de D.H. Lawrence. Una serie de artículos de un escritor considerado un pornógrafo en su tiempo tanto por sus opiniones como por el espacio que le dedicaba al sexo en sus obras. En el primer artículo, que da título al libro, el autor de El amante de Lady Chatterley sostiene la hipótesis de que las ideas y sueños privados, secretos, de una generación serán parte del instinto de las siguientes: «¡Ay de eso que nuestras abuelas meditaban en secreto, y querían en privado! Eso somos. ¿Qué querían y deseaban? Algo es seguro: querían que les hicieran el amor con música. Querían que el hombre no fuera una criatura tosca, que va directo a su objetivo y punto.»
Stevenson y Lawrence escriben sobre el amor desde distintas perspectivas, sin embargo, para ambos, el encuentro de dos seres es la condición de la realización. Como dice el segundo de ellos, «cuando uno separa a un hombre del resto y lo aísla en su pura y maravillosa individualidad, lo que queda no es en modo alguno el hombre, sino apenas el equivalente a una patética colilla de cigarrillo». «
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