Entre los tuits de Trump, Turquía se enfrenta al Efecto Raki

Por: Alberto López Girondo

La crisis que desató el anuncio de Estados Unidos de nuevos aranceles a exportaciones de aluminio y acero puede llevar a ese país a encarar nuevas relaciones geopolíticas. La lira turca en picada y un estallido que arrastra el mundo de la mano de una bebida que no todos los turcos beben, ya que los musulmanes más tradicionalistas no toman alcohol.

En diciembre de 1994, cuando no había pasado un año de la puesta en marcha del Nafta, el acuerdo comercial entre Estados Unidos, Canadá y México, estalló una crisis de la deuda que recibió el nombre de «Efecto Tequila», por la bebida alcohólica más característica del país azteca. Tres años más tarde se registraría otra nueva crisis, esta vez con epicentro en Brasil, por lo que se la conoció como el «Efecto Caipirinha», que arrastró nuevamente a los países emergentes y especialmente golpeó en Argentina. No pasaría un año cuando rebotó en Rusia una crisis de los tigres asiáticos que algo más tímidamente se conoció como «Efecto Vodka». Ahora, y luego de una decisión del gobierno de Donald Trump comunicada a través de un explosivo tuit, podría hablarse del Efecto Raki, porque comenzó en Turquía, aunque nadie aventura dónde podría terminar. Pero si que también repercute en la economía nacional, por la vulnerabilidad de la economía local.

Como se sabe, Turquía es una nación islámica, aunque tiene un fuerte componente secular. El presidente Recep Tayyip Erdogan viene asumiendo cada vez más un rol de recuperación de las tradiciones religiosas y por lo tanto cuando se le pregunta dice que la bebida nacional es el ayrán, una mezcla de yogur, agua y sal. Como musulmán, no puede ni tomar ni mucho menos recomendar la ingesta de ningún destilado alcohólico. Pero da la casualidad de que el fundador de la República de Turquía, Mustafá Kemal Ataturk, era degustador de este licor anisado que no baja de 40º y que cuando se lo mezcla con agua adquiere un color blanco lechoso típico que en algunos bodegones se lo llama «leche de león». De allí el refrán: «Si mezclas yogur con agua, sale ayran; si mezclas raki con agua, el resultado es bayram (fiesta)».

Si embargo, no es precisamente fiesta lo que ocurre desde ese fatídico mensaje del presidente de Estados Unidos de las 8.47 del viernes pasado, hora de Washington.

«¡Acabo de autorizar una duplicación de tarifas en acero y aluminio con respecto a Turquía, mientras su moneda, la lira turca, se desliza rápidamente hacia abajo contra nuestro dólar muy fuerte! La del aluminio ahora será el 20% y la del acero 50%. ¡Nuestras relaciones con Turquía no son buenas en este momento!», anotó Trump y provocó un vendaval en las bolsas de todo el mundo con un mandoble importante para la moneda turca. La lira se desplomó hasta un 16% contra el dólar, la caída diaria más grande desde el 2001.

Las razones esgrimidas por Trump se relacionan con un fuerte cruce a raíz de la detención en Ankara de Andrew Brunson, un pastor evangélico de 50 años preso desde octubre de 2016 bajo el cargo de haber sido partícipe en el intento de golpe de estado contra el presidente Erdogan.

El día que el mandatario estadounidense lanzó el tuit letal una delegación turca volvía a Ankara sin haber avanzado en sus negociaciones con el gobierno por el religioso. Brunson podría haber sido una moneda de cambio de Erdogan, que reclama la extradición del clérigo islamista Fethullah Gulen, que vive desde hace alos en Estados Unidos y al que el gobierno turco considera el autor intelectual del fallido golpe del 15 de julio de 2016, junto con militares y miembros del poder judicial y del mundo académico. Pero la Casa Blanca no acepta entregar a Gulen, un hombre que supo construir un verdadero poder dentro de Turquía y que en otros tiempos fue clave para el ascenso político de Erdogan.

El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan.

 

(Foto: AFP)

La crisis por el evangélico se potenció el martes pasado, cuando la justicia turca lo otorgó el beneficio de la prisión domiciliaria. La expectativa de EEUU era que fuera liberado ya que lo considera un preso político.

Fue así que el jueves Trump amenazó con imponer sanciones a Turquía y el viernes le soltó la espoleta a la granada de los aranceles a la importación de aluminio y acero. La lira, que venía en tobogán desde principios de año entre otras razones por el fortalecimiento del dólar debido al alza de interesas en EEUU, terminó por desbarrancarse.

Erdogan apeló entonces a un discurso nacionalista puertas adentro del país y a la amenaza de fugar hacia nuevas relaciones geopolíticas fronteras para afuera.

«El ataque económico contra nosotros es lo mismo que el intento de golpe contra nosotros, por eso estoy pidiendo a nuestro país incrementar nuestra producción y nuestras exportaciones», dijo en una de sus primeras reacciones ante el ya declarado Efecto Raki.

Luego pidió a la población desprenderse de monedas extranjeras y de oro para apuntalar la lira, en beneficio de toda la sociedad. Paralelamente el Banco Central ordenó revisar los índices de reservas obligatorias de los bancos para evitar problemas de liquidez. Al mismo tiempo se insufló un total de 10 mil millones de íras, 6 mil millones de dólares y el equivalente a 3 mil millones de oro al mercado.

«No está bien intentar castigar a Turquía por un sacerdote. Vuelvo a decirlo a EEUU: es una lástima, están cambiando a un socio estratégico de la OTAN por un pastor», señaló, para agregar luego: «Por muy presidente que sea, uno no puede irse a dormir y decir, cuando se despierta, ‘venga, impongo tantos impuestos a las importaciones de acero y aluminio‘».

El tema de la OTAN es uno de los puntos que quiere hacer valer el mandatario turco, ya que su país es un socio fundamental en una región del mundo comprometida por el siempre candente Medio Oriente, y el terrorismo de Estado Islámico en Siria e Irak, y la crisis de los refugiados que buscan cruzar a Europa. Lo ha sido desde la creación de esa nación, en 1923, para cuando la Unión Soviética se consolidaba con el triunfo del Ejército Rojo sobre el Blanco, de zaristas y conservadores apoyados desde el exterior.

«Vamos a dar nuestra respuesta, cambiando a nuevos mercados, nuevas asociaciones y nuevas alianzas «, dijo Erdogan ante dirigentes de su partido. Por lo pronto, Vladimir Putin tiene ahora una nueva ocasión para profundizar su relación con el gobierno turco. Y ya anunció que se establecerán acuerdos para comerciar entre ellos en monedas locales. Este martes. en ministro de Relaciones Exteriores ruso, Sergei Lavrov, visitará Ankara para abrir negociaciones.

Simultáneamente, el canciller turco, Mevlut Cavusoglu intenta reflotar las conversaciones para el ingreso definitivo de Turquía a la Unión Europea, un trámite que tras el ingreso a la OTAN era un paso casi burocrático, pero que se demora desde 1999.

Las exigencias para la membrecía, según la UE, son de 72 condiciones de las cuales en Bruselas reconocen que se cumplieron 65. En otras épocas la demora en aceptar el ingreso era por la situación en Chipre, ocupada parcialmente por tropas turcas. Ahora la ola masiva de detenciones tras el golpe de 2016 es el otro argumento utilizado.

Pero en la intimidad, en Ankara señalan que el problema de fondo es que «en Europa no quieren 80 millones de musulmanes». Aunque muchos de ellos sean tan abiertos como para beber alcohol.

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