La noticia viaja en la prensa como en una carta vieja: Escocia lanzará bonos estatales tras más de tres siglos.

En los años de la Compañía de Darién, el caprichoso clima y el trópico panameño abrazaron la ruina de los escoceses, devorando fortunas y desencadenando la unión con Inglaterra bajo la sombra del default. Aquel fracaso no dejó solo deuda y pactos forzados: desde entonces, el derecho a pedir prestado con el nombre propio se marchitó. Sin embargo, el siglo XXI acelera su venganza. Desde 1999, cada reforma devolvió a Edimburgo un poco más de autonomía, y ahora, la promesa de emitir deuda despierta esperanzas y reticencias, contradicciones y la sorda melodía de la independencia.
DOS. Los ministros escoceses, con pecho hinchado y tono didáctico, anuncian que en 2026 querrán colocar hasta 1,5 mil millones de libras en bonos «kilts». De inmediato se percibe el truco verbal: kilts, un guiño irónico y desafiante a los famosos “gilts” británicos. Algunos políticos lo celebran como madurez, otros como gesto teatral que no esconde el vértigo —toda Escocia convertida en una cornisa financiera. Las agencias Moody’s y S&P otorgan la misma calificación que a Londres (Aa3 y AA), aclarando entre líneas que la bendición depende del cordón umbilical con el Tesoro británico. El mercado, lógico y ciego de afectos, sospecha. El volumen será menor que el de los gilts, el rendimiento deberá tentar más de la cuenta al inversor prudente: “el que presta poco exige mucho”, masculla un banquero de Glasgow mientras repasa la curva de tasas en su tablet.
En los foros políticos, el Partido Nacional Escocés vende la operación con sabor a renacimiento, pero también a calculada audacia. Los economistas diseccionan que la independencia financiera es alquimia política peligrosa, pero indudablemente consolida la narrativa nacionalista frente a Londres. Para ser libre, Escocia debe seducir inversores internacionales que, a la vez, le temen a la libertad sin garantías. Toda autonomía incrementa el riesgo país, al menos por un tiempo, y cada paso hacia la soberanía afecta la cotización de los propios kilts. En cada esquina de Buchanan Street, la más comercial de Glasgow, se discute si el precio a pagar será apenas financiero o también existencial.
La población, habituada al pulso lento de la melancolía presupuestaria, sospecha pero también desea el reto. Nadie olvida el envejecimiento demográfico, la dependencia del fondo británico, la presión fiscal sostenida en un tejido económico desigual. Los kilts están diseñados para financiar infraestructura, hospitales y rutas; en el fondo late una pregunta antigua y renovada: ¿alcanza la ingeniería financiera para lavar de una vez por todas las manchas de la subordinación?
TRES. El aroma de la audacia —ese perfume que solo huelen los pueblos con cuentas pendientes— invade los salones donde se redactan los prospectos de bonos. Escocia ofrece al mercado la épica de una nación que usa la deuda como símbolo, como noción arqueológica, como grito contenido. La escena recuerda a un teatro donde las luces apenas se alzan y la obra apenas inicia; los actores, conscientes de que todo riesgo es también posibilidad, avanzan sin red, con la ironía de quien conoce demasiado bien el precio de caerse.
La emisión de los kilts, bajo la vigilancia aburrida de S&P y la atención de actores como Moscú y Bruselas, no resuelve aún nada. Escocia camina al filo del cuchillo financiero, donde cualquier traspié —una prima excesiva, una baja en el rating, una elección adversa— acaso condene el experimento al capítulo de las narraciones trágicas. Pero si la apuesta sale bien, el palacio de Holyrood habrá logrado superar una historia de fracasos, y cuando las cifras bailen en las pantallas de Bloomberg, tal vez ese brillo ocre en las piedras de Calanais no sea solo nostalgia, sino también de promesa. En la línea dudosa donde termina la poesía y comienza el balance, la economía duerme con un ojo abierto. Escocia, entre la voluntad tenaz y la incertidumbre recurrente, decide que una deuda propia vale más que mil proclamas. El eco último, ni épico ni patético, oscila como una campana entre brumas: toda nación sueña con pagar lo suyo, aunque el precio auténtico solo lo conozca, al final, la noche en que llegan las cuentas.
En el lenguaje literario de Irvine Welsh, tal vez el escritor escocés más aclamado del último siglo, su personaje brutal y violento, Francis Begbie, gruñiría desde la barra de un pub de Tollcross que “cualquier país que necesite permiso ajeno para emitir deuda no está listo para llamarse soberano”. Nadie, claro, se atrevería a contradecirlo. Menos aún en esta era del fin de la globalización y del retorno de los nacionalismos, una era que, tal vez desde el prisma del Papa Francisco, no es un círculo sino un poliedro donde cada pueblo tiene su superficie, y cada persona es un pelo que proyecta sombra propia. A lo Martín Fierro, Escocia ladra, tambalea, pero se levanta. Paga sus deudas, desafía sus miedos y recuerda que la soberanía no se pide: se toma, aunque duela. «
1. Por qué Escocia es parte del Reino Unido: Porque en 1707 los escoceses se pegaron el fiasco de la Compañía de Darién y, para no pasar hambre, aceptaron unirse con Inglaterra. Así nació el Reino Unido de Gran Bretaña.
2. El referéndum de independencia de 2014: ganó el “no” por poquito, 55%. Igual, la discusión sobre autonomía y orgullo nacional sigue más viva que nunca.
3. Lo que podría venir en el futuro: nuevos referéndum, líos políticos y económicos, y la eterna negociación con Londres y Europa. Básicamente, nada que un escocés con whisky y sentido del humor no pueda sobrellevar.
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