Estados Unidos y la bomba atómica

Por: Pablo Pozzi

En 1993 el Journal of American History, la revista de historia norteamericana más importante, publicó los resultados de una encuesta realizada entre más de 3000 especialistas en historia de los EE UU, todos ellos profesores universitarios. Uno de los apartados solicitaba a los encuestados que escribieran, según ellos, cuál era el mejor momento en la historia norteamericana. Una amplia mayoría respondió “la Segunda Guerra Mundial”. La siguiente pregunta requería que dijeran cuál era el peor momento. Casi la misma cantidad de gente respondió “las bombas de Hiroshima y de Nagasaki”. La respuesta es notable, sobre todo porque ¿cómo se puede separar la guerra del uso de la bomba atómica? Evidentemente, la bomba ha generado una esquizofrenia en la autopercepción de los norteamericanos.

Un año más tarde, el Museo de Historia de los EE UU, perteneciente al Instituto Smithsoniano, en Washington DC, se vio inmerso en una durísima polémica en torno a una exhibición sobre Hiroshima. El Museo había intentado dar una visión profesional y objetiva del primer uso de la bomba atómica, para encontrarse atacado por las asociaciones de veteranos de guerra y por el historiador, congresista y líder del Partido Republicano Newt Gingrich. Estos últimos opinaban que la exhibición atentaba contra la identidad del norteamericano medio, sin importarles la discusión en torno a la verdad histórica. 

Ambos casos revelan la importancia y lo conflictivo de que EE UU sea la única potencia que jamás haya utilizado la bomba atómica no una sino dos veces. La utilización de las dos bombas atómicas ha sido, y es, uno de los grandes temas de polémica en torno a la participación norteamericana en la II Guerra Mundial. El argumento central, por parte del gobierno norteamericano, era que la utilización de las bombas en realidad “salvó vidas”. Dado que los japoneses no estaban dispuestos a rendirse, EE UU se habría visto obligado a invadir con el consiguiente costo en vidas norteamericanas y japonesas. Por ende, reza esta visión, las 200 mil personas muertas en Hiroshima y Nagasaki representan una pequeña fracción de las vidas que se habrían perdido en una invasión convencional. Truman escribió en sus memorias que la decisión de bombardear Japón se basaba en la expectativa de salvar “medio millón de vidas norteamericanas” en el combate por las islas.

Este argumento fue aceptado casi universalmente hasta fines de la década de 1970 cuando las investigaciones del historiador norteamericano Gar Alperovitz  descubrieron una serie de documentos oficiales que revelan otras motivaciones para el uso de la bomba atómica. Según Alperovitz los norteamericanos habían quebrado el código diplomático secreto de los japoneses. Esto les permitió saber que el emperador Hirohito estaba dispuesto a rendirse siempre y cuando se le permitiese retener su posición tradicional a la cabeza de la nación japonesa. Sin embargo, la documentación disponible revela que a esa altura el presidente Harry Truman, que había sucedido a Roosevelt luego de su muerte en abril de 1945, estaba preocupado por el orden mundial de la posguerra. Si bien Roosevelt, Churchill y Stalin habían firmado una serie de acuerdos en Yalta, Truman no compartía la idea de cooperación entre las tres potencias aliadas. Las negociaciones de Potsdam, en julio de 1945, mostraron que EE UU deseaba reconstruir Alemania para que fuera una “factor de estabilidad” en Europa y un aliado frente a la URSS. Fue durante la conferencia de Potsdam que Truman recibió la noticia de que las bombas atómicas eran operacionales. Un documento de la inteligencia norteamericana, desclasificado hace ya dos décadas, fechado 30 de abril de 1946, establece que no existía ninguna suposición de pérdida de vidas norteamericanas en la invasión de Japón puesto que “lanzar la bomba fue un pretexto utilizado por los dirigentes como la razón para poner fin a la guerra, pero si la bomba no hubiera sido utilizada los japoneses habrían capitulado una vez que Rusia les declarara la guerra”. 

El uso de la bomba atómica inauguró a EE UU como potencia mundial y le dio un peso desmedido (como poseedor del monopolio atómico por un tiempo) que le permitiría erigir la estructura de un nuevo orden mundial post II Guerra. Como bien señaló el primer ministro inglés Lord Palmerston en el siglo XIX, “una potencia no tiene ni amigos ni enemigos permanentes, solo tiene intereses”.  

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