Lo afirman desde el Hospital de Clínicas. Se debe principalmente por el exceso de uso de pantallas y la poca exposición al aire libre. Suele traducirse en dificultades para leer el pizarrón, bajo rendimiento y fatiga visual. Promueven chequear la vista desde el nacimiento.

“La visión de los niños es un recurso invaluable y debe cuidarse desde los primeros años. La miopía está en aumento en todo el mundo, pero hoy contamos con herramientas eficaces para detectar y frenar su avance. Fomentar hábitos saludables junto con los controles oftalmológicos periódicos, son la mejor inversión para asegurar un futuro con buena visión y mejor calidad de vida”, afirma el doctor Esteban Travelletti (MN 104.355), integrante de la división Oftalmología del Hospital de Clínicas de la UBA.
A nivel global, análisis recientes estiman que aproximadamente 1 de cada 3 niños y adolescentes de las grandes ciudades es miope, con un incremento sostenido desde la década de 1990 «y con una proyección cercana al 40% para 2050″, indican desde el centro de salud de la UBA.
Los principales factores de riesgo incluyen tener uno o ambos progenitores miopes, muchas horas de actividades de visión a corta distancia sin pausas, poco tiempo al aire libre y mala iluminación ambiental. También algunas enfermedades del colágeno o de la córnea pueden causar miopía, con herencias y mecanismos variables según la patología.
“Si uno o ambos padres son miopes, el riesgo aumenta considerablemente, pero los factores ambientales —tiempo al aire libre, cantidad de trabajo de visión cercana, hábitos de lectura— modulan la aparición y la progresión de la enfermedad. En todos los pacientes con miopía o con factores predisponentes vemos que el uso prolongado de dispositivos digitales de mano, como celulares y tablets es un factor de riesgo. Las pantallas actúan como grandes “imanes” que atraen la atención de los niños durante horas”, asegura Travelletti.
Los síntomas de miopía más frecuentes son entrecerrar los ojos para ver de lejos, acercarse demasiado a libros o pantallas, dolores de cabeza, fatiga visual, bajo rendimiento escolar por no ver el pizarrón y posturas anormales de la cabeza para intentar enfocar.
Prevenir totalmente la miopía no es posible, pero sí retrasar su avance. “Aunque puede detectarse desde el nacimiento mediante un control oftalmológico con fondo de ojo, lo más habitual es que se diagnostique en controles preescolares, al comenzar la primaria. Los casos suelen progresar más rápidamente en la preadolescencia y adolescencia, entre los 8 y los 15 años.
Por eso se recomienda realizar controles rutinarios al recién nacido, a los 6 meses, al año, a los 3 y 5 años, y luego de forma anual, sobre todo si hay síntomas o antecedentes familiares”, sostiene el especialista. Si la persona ya tiene diagnóstico de miopía o está en tratamiento de control, los chequeos pueden ser semestrales. Esto permite detectar cambios rápidos en la graduación y ajustar la estrategia de tratamiento.
Por otra parte, “la evidencia científica demuestra que pasar al menos dos horas diarias al aire libre y reducir los períodos prolongados de trabajo con visión a corta distancia ayudan a lograrlo. Una regla práctica es la 20-20-20: cada 20 minutos de visión cercana, enfocar un objeto durante 20 segundos que se encuentre a 20 pies (6 metros) o más”, dice el oftalmólogo.
Un mayor tiempo al aire libre bajo luz natural reduce el riesgo de desarrollar miopía y enlentece su progresión. Esto no significa exponerse de manera dañina ni mirar al sol. Lo correcto es realizar actividades recreativas con protección, como gorra o anteojos con filtro UV. Cuando se están haciendo actividades en interiores, conviene hacerlo cerca de ventanas con buena iluminación natural.
Además, existen estrategias clínicas de control como lentes especiales (oftálmicos o de contacto), ortoqueratología y el uso de atropina en dosis bajas. Estos tratamientos deben ser siempre indicados y monitoreados por un especialista.
“Si la miopía no se trata adecuadamente en los niños se eleva el riesgo de complicaciones a largo plazo, como desprendimiento de retina, glaucoma, estrabismo y patologías de la mácula, como la maculopatía miópica. La incidencia de estas complicaciones es directamente proporcional al grado de miopía. Por eso, un control adecuado no sólo busca frenar la progresión, sino también detectar precozmente problemas asociados”, afirma el profesional.
Y cierra con que la miopía es un desafío creciente para la salud ocular, pero no debe generar alarma si se la aborda de manera preventiva: «Hoy disponemos de tratamientos de control que antes no existían y, gracias al acceso a la información, podemos educar a familias, docentes y comunidades. Cuidar la salud visual de los niños significa cuidar su desarrollo integral, su aprendizaje y sus oportunidades futuras”.
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