Expropiación

Por: Ricardo Gotta

Sentada junto al ventanal del estudio de la radio, escuchó la pregunta en voz gruesa del periodista, sobre la cuota de poder real que ella dispuso y ejerció. CFK respondió sin hesitar que alrededor del 20/25 por ciento. No más.

La misma mujer que en 2008 no pudo imponer la 125, la que en 2011 empezó su segundo mandato con más del 54 % de adhesión plasmado en votos. La misma que hace apenas seis meses, en la Plaza de las Madres, lo miró a los ojos a Alberto Fernández, horas después de asumir, y le dijo: “Presidente, este pueblo maravilloso nunca abandona a los que se juegan por él. Convóquelo cada vez que se sienta sólo o los necesite”.

Pasaron apenas un racimo de meses. A principios de abril saltaba al ruedo el proyecto para aplicar un tributo a las mayores fortunas del país para solventar la descomunal crisis (la que provocó el macrismo en sus cuatro años de gobierno más la provocada por la pandemia). Iba a salir del Congreso como por un tubo, con enorme índice de aceptación popular. Como pasa en tantas partes del “primer mundo”. Dos meses después, aún no se aprobó. El tiempo dirá si sale.

Diez semanas después otra muestra del poder real.

El presidente anunció la expropiación de una empresa que solamente al Estado le chupó 18 mil millones. Una porción de eso –sería interesante husmear sobre el efectivo tamaño de esa porción- retornó para la campaña de Cambiemos. ¿AF tocó de verdad al poder real o simplemente se trató de un gesto político y económico, muy necesario, bajo el paraguas de reparar una deuda con el Estado, proteger las fuentes laborales, avanzar en la soberanía alimentaria, nada menos? ¿Acaso un presidente electo hace seis meses con casi la mitad de los votos del país no tiene pleno derecho a plantar esas banderas? Pero los buitres salieron de sus cuevas. Ni que hablar, los medios hegemónicos que pugnan en ese poder real. Sin vergüenza, volvieron a alimentar sus argumentos en torno de la libertad, una idea que justamente expropió la derecha, siempre cómplice de las verdaderas dictaduras.

Como siempre, de nuevo, la disputa es por quién manda. Quién tiene impunidad para recrear fortunas o simplemente para someter, vaciar, despedir, fugar. Otra vez, ellos o nosotros, esa pelea que no es de los “que nos quedamos en el 45” sino de toda la vida, que se palpó a flor de piel con sensación de victoria en la primera década y media de este siglo. Que se penó como cruel derrota, brutal y dolorosa, en los cuatro años del reflujo neoliberal. Que renació en emocionantes expectativas hace sólo seis meses.

Tal vez por eso, dan ganas de salir a bancar. Y, de paso, de reclamar al gobierno un severo ajuste comunicacional para no someter al presidente a ejercer su amplia destreza didáctica para salir, una y otra vez, a difundir y explicar por qué evitar que Vicentín pertenezca a un grupo de timadores (que deberían acabar en cana), no se trata de convertirnos en la “dictadura chavista”, que “no somos confiscadores”, que es una medida extraordinaria (¿lo es?), que no se trata de los hilos manipuladores del kirchnerismo… ¿Hace falta? ¿El presidente hizo bien en recibir en Olivos a los Ceos reos y, al menos, cómplices? ¿Por qué pareció que el gobierno desandaba la “expropiación” y que sólo “intervendría” y hasta el propio AF debió machacar que todo sigue su rumbo anunciado?

Que no pase como con el impuesto a los ricos. Que no nos expropien la sensación de que ésta sea una pequeña victoria de los buenos. Sí, claro: el poder real es brutal, temible, tienen armas implacables. Y ejerce “la furia de la elite”, como la llama Víctor Hugo.

Qué pena profunda da que no se escuchen ya los aplausos de las 21, como si mucha gente no arriesgara, aún más que antes, sus vidas por todos nosotros, por todos los demás, en esta etapa ascendente del coronavirus. Qué bronca definitiva dan esos cacerolos, la enorme mayoría desclasados, que salieron a bancar a Techint y a Roca, en contra de violadores libres que no existían y ahora a los ladrones de Vicentín, como mañana lo podrían hacer por la banca Morgan, como en alguna época gritaban que TN podía desaparecer. O que se enganchan sin pudor en un nuevo capítulo de la parodia sobre Nisman y aquel espía israelí. O con ese grupete de émulos berretas de Bernardo Neustadt, alguno de los que certifican la hipótesis de que los hijos superan a los padres, aunque en este caso sea perfeccionando lo nocivo, lo vulgar, lo alevoso. 

Son muy obvios, pero aun así, penetran.

Y de qué modo. No nos olvidemos del flamante dirigente del bridge, el mismo tipo que en una síntesis perfecta y tenebrosa de su pensamiento aseguró que “el populismo es más peligroso que el coronavirus”. Lo dijo con la misma sonrisa burlona con la que fue presidente. ¿Cómo nos pasó Macri?, suele preguntar Víctor Hugo. Ese representante del poder real, que no fue perfecto porque no supo mantenerse en el mostrador de la Casa Rosada que le asignaron.

No nos olvidemos tampoco de que no superamos otro peligro de estos tiempos. Que el coronavirus no es un invento de los epidemiólogos que “expropiaron” el gobierno actual, que, sin caer en la tilinguería tan habitual de estas horas, todos estamos hartos de no poder salir a la calle sin peligro y toda vez que se nos ocurra; de no poder comer un asado con amigos, jugar un picado con los compañeros, o abrazar y besuquear como se debe a nuestro nieto. Pero tengamos bien presente: siguen contagiándose de a miles y muriendo de a decenas. Aquí, en nuestra cuadra. No se trata de haber pasado los 60 y hacer causa común etaria. Se trata de que, para nosotros, sí el país es el otro, y que no queremos padecer eso de tener que optar por a quién dejar morir y a quien no, como debieron apelar los más pintados.

No se trata de la contradicción, la disputa entre el sol y el frío de este maravilloso otoño. 

Sí se trata de tener presente que si existiera el dilema entre la vida y la economía, no hay duda.

Y que da pena ver al ministro de salud porteño justificar lo injustificable, mientras miles y miles corren por los parques y la política le da una cachetada a la racionalidad entre sus compañeros de gabinete, algunos de los cuales, no lo olvidemos, siguen siendo parte de la representación más cabal del poder real.

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