Familias que perdieron sus hogares arrasados por el fuego y tienen que volver a empezar

Por: Camila Vautier

Una recorrida por las zonas más castigadas de El Hoyo, en el departamento chubutense de Cushamen, donde casas y galpones levantados con años de esfuerzo se derrumbaron bajo las llamas.

Pablo mira con sus ojos profundos los restos carbonizados de la casa que, tras una década de esfuerzo, estaba a solo dos semanas de terminar. “Después de tantos años de vivir acá, nunca pensamos que iba a suceder algo así”, dice, como intentando entender.

Volvía del trabajo, se había dispuesto a tomar unos mates y chusmear cómo venía el incendio de “allá arriba”, en Golondrinas, cuando el fuego lo sorprendió por detrás. Afuera, las cenizas prendidas comenzaban a caer, pero era imposible que el viento llevara las chispas para ese lado. La explicación: un nuevo foco había prendido en El Radal, cruzado la Ruta 40 y arrasado con todo a su paso. En media hora ya no quedaba nada.

“Salí a la calle y le dije a Marcelo, mi vecino, ‘rajemos’. Eran como lanzallamas”, relata Pablo, que salió como pudo y con lo puesto. Ahora, acompañado de su hermana, evalúa si hacer unos pozos y plantar algunos palos allí donde antes estaba su casa.

A eso de las 5 de la tarde del 10 de marzo comenzó a arder el paraje Las Golondrinas, a unos kilómetros de El Bolsón. Momentos después, un nuevo foco afectó a Cerro Radal y las llamas avanzaron hasta El Hoyo, cercándolo de fuego. Al mismo tiempo, otros dos focos asolaban a las localidades de El Maitén y Cholila. 

Carlos volvía de Esquel y encontró a su familia en el Gimnasio Municipal de El Hoyo. Tuvieron que irse hacia Epuyén, junto con el resto de los evacuados. “La idea es cerrar esto, juntar leña y quedarnos ahí a pasar el invierno”, dice, con la cara tiznada, señalando la estructura de hierro que quedó en pie. Pone la pava en una parrillita, a la que ahora llama “la cocina”.

Carlos, que también perdió las gallinas, la huerta y el galpón donde soñaba poner su taller de cerámica, cree que el incendio fue intencional. Pero aclara: “No fueron los mapuches”. Así desmiente las acusaciones contra la Resistencia Ancestral Mapuche (RAM) publicadas por algunos medios sin más fundamento que unas declaraciones del senador Alberto Weretilneck y del exintendente de El Hoyo, Mario Breide.

El ministro de Ambiente de la Nación, Juan Cabandié, también aventuró en sus redes sociales que “la intencionalidad resulta evidente” y presentó una denuncia penal para que se investigue a los presuntos responsables. Para Defensa Civil de Chubut, las primeras evidencias apuntan a fallas en un transformador y a un roce de cableado eléctrico. La investigación continúa y algunos puntos calientes, también. 

Selva llegó al lugar corriendo, cuando ya no quedaba nada. El fuego había pasado por ahí y seguía voraz hacia El Hoyo. A tres días de la tragedia, la acompaña la única de sus perras que sobrevivió al incendio. Está en unas de las carpas montadas por los y las vecinas para recibir las donaciones que llegan desde todo el país.

“El Estado nos dio la espalda desde el principio, con la preadjudicación”, explica uno de los vecinos, enojado. Es que gran parte de la zona afectada son ocupaciones. El millonario precio de la tierra los obliga a habitar terrenos carentes de servicios básicos.

“Esto era una toma y después de diez años nos reconocieron como Junta Promotora Vecinal”, cuenta Pablo, ayudante de albañil. Dice que desde noviembre no tenían agua y que el incendio los agarró así.  

Por la falta de inversión del gobierno provincial, los servicios públicos en El Hoyo y Lago Puelo ya se encontraban al borde del colapso antes del incendio. La emergencia agravó la situación, ya que dejó ambas localidades sin luz ni agua potable. Por eso, varias personas continúan sin poder contactarse con sus familiares.

A partir de ahora, el Estado tiene la oportunidad de redimir el abandono histórico que estas familias sufrieron durante años, para no sumirlas nunca más en un olvido que margina y las aleja, como a tantas otras, de ejercer el derecho a vivir una vida digna.

Mientras tanto, los vecinos y vecinas de las zonas afectadas de la Comarca Andina, junto con cientos de voluntarios, van parando algunos palos, armándose una carpita y pensando en cómo comenzar de nuevo.

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