“Ventana magnética” es su segunda obra de ficción. Se trata de una novela basada en un hecho autobiográfico. Narra lo que sucede a partir de un diagnóstico de cáncer de una forma original alejada de todos los lugares comunes sobre el tema.

Contra lo que podría esperarse, en la primera parte el personaje que padece la enfermedad remite a libros y autores que hablaron de ella, desde Foucault a Susan Sontag de quien analiza y critica fervorosamente hasta destrozarlo su libro emblemático La enfermedad y sus metáforas.
A la primera impresión de desconcierto le sucede de inmediato la de asistir a un verdadero descubrimiento narrativo, a una lectura que no se parece a ninguna otra sobre el tema.
La historia que cuenta es real. El personaje que narra es el alter ego literario del autor. Pero Fagnani no se deja seducir por el repertorio disponible en el: no hay autocompasión, descripciones morbosas que en muchos casos parece habilitar la experiencia propia, ni la egolatría que puede producir el padecimiento.
La segunda parte de la novela tiene un registro diferente y más íntimo. En ella aparecen sus seres queridos entre los que se cuentan no sólo sus padres, sino también el médico de su infancia.
Ventana magnética es una novela acerca de lo que sucede ante lo inesperado, frente a esos hechos que hacen que la vida cambie de un segundo para otro y que se constituyen en un hito que divide nuestra existencia en un antes y un después.
Es también un libro sorprendente que hace que la dolorosa materia narrada no devore a la forma, algo que suele ocurrir con cierta frecuencia cuando se trabaja con material sensible.
-Apenas empecé a leer tu libro, anoté algunas palabras. Una de ellas es precisamente palabras. Las otras son o lugares, enfermedad y soledad. Terminé de leer el libro y creo que tiene que ver con lo que anoté cuando sólo había leído dos o tres páginas.
-Por supuesto, las palabras siempre fueron importantes para mí. No es por esta enfermedad que me pasa esto, pero es cierto que ahora tengo una gran necesidad de precisión y no solamente con las palabras del médico, sino en general.
Particularmente este libro lo asocio con una necesidad de precisión. Esto se ve, creo yo, en la manera en que describo los lugares, en la forma que miro el Fleming: estoy muy obsesionado con sus formas, con su diseño y con sus colores y me parece que todo eso tiene que ver con una manera de control como si pudiera controlar algo, cosa que en el fondo es un poco absurda porque es un momento en el que no podés controlar nada. Es decir, lo único que podés controlar es ser obediente, hacer las cosas que te dicen que tenés que hacer. Podés tratar de controlar la cabeza, pero eso no siempre sale.
-La novela es positivamente desconcertante. Si alguien preguntara de qué habla, la respuesta podría ser “de un hombre al que en un momento le diagnostican un cáncer”. Pero creo que no es ése el único tema que aborda la novela. Esa persona, además, tiene espíritu de cartógrafo. De hecho la novela comienza con el trazo muy preciso de un trayecto en la ciudad que conoce profundamente. Luego ese trazo se transforma en un viaje con la imposibilidad de hacer el mapa de ese viaje.
-Creo que lo cartográfico está desde el momento del diagnóstico en el que pensé que tenía que mirar afuera porque podés tener la tentación de mirarte todo el tiempo a vos mismo y de convertirte en una persona que está las 24 horas siendo un paciente, cuando una parte de tu vida es ser un paciente y la otra parte, en la medida de lo posible, debería seguir igual y, en la medida de lo posible, la parte del paciente debería reducirse a lo ínfimo de tu subjetividad. Entonces, para mí era muy importante mirar afuera. Mirar afuera puede ser mirar literalmente, pero también puede ser leer. Es decir, es esencialmente salir de mi escena.
Un amigo me decía, “En ese libro estás tratando siempre de escapar”. Y es verdad, de lo que quería escapar erade mí mismo, lo cual, por supuesto, es imposible y, al mismo tiempo, creo que ese deseo es indispensable. Por lo menos para mí era indispensable ese deseo.
Por eso la mirada sobre la ciudad, por eso la mirada sobre los libros y por eso es un momento tan difícil para mí cuando no sé qué leer. Porque, en realidad, al no saber qué leer, me toca leerme a mí, que era una cosa que no quería. Y ahí, entonce, encuentro la poesía de nuevo, es decir que el retorno a la lectura es a través de la poesía.
–¿Y por qué crees que es así?
-Porque la poesía tiene una concentración y una intensidad tales que podés leer un poema, a veces ni un poema, sino medio poema y ya estás afuera.
La poesía te transporta a otro lugar, además de que te enriquece, por supuesto. Y yo buscaba estar en otro lugar. Hay un momento, creo, en el que dejo de cartografiar y es cuando el libro se vuelve más íntimo, quiero decir, cuando empiezan los sueños, cuando empiezo a hablar más de mi padre.
-Es decir, en la segunda parte de lanovela.
-Sí, en la segunda parte hay un cambio de registro que fue totalmente accidental. Quiero decir que yo no busqué ese cambio, sino que el tema mismo me obligó a otro registro y me di cuenta de eso cuando terminé de escribir el libro.
Mientras lo escribía, realmente, no pensaba en nada, solo pensaba en lo que escribía, no estaba muy preocupado por si el texto mantenía el mismo registro ni por nada.
Sólo me preocupaba una cosa que dice Joseph Brodsky y que él descubre muy joven, “Lo importante no es el cuento, sino la secuencia”.
Es como si uno dijera “bueno, lo importante no es exactamente la trama, sino qué cosa viene después de otra”.
En eso sí pensaba, por lo que trataba de que los saltos de capítulo a capítulo fueran livianos y, en realidad, tuve que poner una segunda parte porque no habia manera de que ese salto fuera liviano.
Por lo tanto, sólo quedaba la opción de dividir el libro en dos.
-El final de la primera parte es muy rotundo. ¿Fue buscado ese cierre?
-No fue buscado. En realidad, lo que traté de hacer mientras escribía era reconstruir una experiencia.
-¿La historia es absolutamente real?
-Sí, es totalmente real.
-¿Y cuándo sucedió?
-El tratamiento empezó en octubre del 24 y terminó en mayo o junio del 25. Escribí entre enero y mayo del 25. Es decir, durante las dos terceras partes del tratamiento. Empecé a escribir después de la primera parte de las tres que tuvo el tramienyo y escribí durante el tratamiento porque me dieron muy bien los estudios que me hice después de la primera parte y yo me convencí de que estaba curado.
Entonces me cambió la relación con todo el entorno.
Después hice lo que tenía que hacer, cumplí con todo el proceso del tratamiento al pie de la letra. Pero la verdad es que yo me dije: “ya estoy curado”. Ahora hay que terminar con esto, porque la manera real de estar curado, no mi manera imaginaria, es terminar el tratamiento
Cuando empiezo a escribir, escribo tres, cuatro páginas de una sola vez y me doy cuenta de golpe de que puedo tomar para muchos lugares diferentes porque era como como si la experiencia me aplastara, como si se me viniera encima toda junta.
-¿Y qué hiciste frente a esta situación?
-Paré y lo que hice después fue escribir uno o dos días a la semana, generalmente un día del fin de semana, a veces los dos, pero generalmente uno. Y durante a semana pensaba en qué iba a escribir.
Me decía “bueno, ahora viene este bloque de experiencia”. Y cuando lo escribía paraba porque de nuevo se venían encima muchas experiencias al mismo tiempo y no me quería dispersar. Necesitaba, pensar y volver a escribir.
-¿Te sentabas a pensar en el balcón que mencionás en el libro?
-Sí, creo que el origen real del libro está allí, en esas madrugadas en que viví mis experiencias más intensas. Durante el día trataba de trabajar y salvo en algunos días en que no me sentía bien, trabajé todo el tiempo.
Pero a la noche todo se silenciaba. No pasaban autos, no había mails, no había ninguna conexión posible con nadie. Y, además, durante mucho tiempo tenía unos horarios de sueño muy extraños. A veces me quedaba dormido a las 7 de la tarde y a la 1 de la mañana me despertaba y me volvía a dormir a las 5.
Esto me pasaba muchas veces. Entonces por eso había tantas madrugadas en el balcón, no tanto porque trasnochara, sino porque me despertaba y me costaba volver a dormirme, no por insomnio sino porque ya había dormido las horas que precisaba. Entonces me iba al balcón.
Esto fue en los meses de octubre, noviembre, diciembre y había buen tiempo, no tenía frío, estaba todo bien. A veces leía en el balcón o a veces me quedaba sentado pensando. Durante la primera parte del tratamiento, yo había jurado no escribir nada sobre esto.
-¿Por qué?
-Porque me parecía que iba a terminar siendo un relato de yo, yo, y yo, de estar siempre en el centro.
Aunque estoy en el centro, no quería estarlo de manera narcisista y no me imaginaba ninguna manera de narrar que no lo fuera.
Por eso en el libro traté de no un ser un personaje más, sino un personaje menos.
Aunque creo que cada vez en menor medida, todavía hay una manía clasificatoria en géneros que dictamina que Ventana magnética es una novela, pero si bien hay en ella algo narrativo muy fuerte, también tiene algo ensayístico y algo poético. ¿Lo planeaste así?
-No. Lo único que tenía en claro cuando empecé a escribir era que iba a tratar de narrar una experiencia tal como recordaba haberla vivido, porque, por supuesto, las experiencias siempre se narran en pasado.
Pero en la memoria, una parte de lo que recordás sucedió y otra parte que creés que sí sucedió y quizá no fue así.
Yo tenía decidido no hablar de mi padre, no hablar de Susan Sontag, no mencionar la palabra cáncer y no mencionar la palabra tumor.
No cumplí ninguna de las cuatro reglas que me había impuesto. Porque hubo un momento en el que el texto me obligó a hablar de esas cosas y era un poco absurdo resistirse porque si no hablaba de esas cosas, no podía seguir escribiendo.
Entonces empecé a mencionar a Susan Sontag y después apareció la palabra cáncer.
¿Por qué creés que sucedió esto?
-Porque el propio impulso de la experiencia me llevó para ese lugar y en un momento dije, “bueno, hay que ir para ese lado”.
–¿Cuánto influyó en tu propio libro tu condición de editor?
-Creo que lo que debo haber hecho de manera involuntaria y que es un poco lo que hacemos todos es editar la experiencia. Ninguna experiencia se narra al cien por ciento. Mirar mi propio libro como editor no es tan fácil. Lo que hago con un libro ajeno es fijarme si la secuencia es efectiva, es decir, si hay una mejor manera de ordenar ese texto. Pero hay libros en que la secuencia no es tan importante porque lo que se intenta lograr, por ejemplo, es un determinado clima. En mi caso, no puedo determinar si la secuencia es efectiva o no. Lo que hice como editor fue cortar, no cambiar cosas de lugar, sino sacar frases, limpiarlo al terminar el primer borrador. Debo haberle sacado sólo unas 5 o 6 páginas. Fue más un trabajo de depuración que de ordenamiento narrativo.
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