Cuando la ficción queda demasiado atrás de la realidad

Por: Adrián Melo

Las maldiciones, la miniserie de Daniel Burman, retrata un escenario político marcado por la corrupción que parece casi un juego de niños frente a la Argentina de Milei.

La versión fílmica que Daniel Burman hizo de Las maldiciones toma decisiones estéticas arriesgadas para dar cuenta del argumento y de los tópicos del best seller homónimo de Claudia Piñeiro. Estructurada en tres capítulos de poco más de 40 minutos cada uno, el formato —que, por su duración, no llega al estatus de serie— podría haberse adecuado a una película promedio. Sin embargo, Burman opta por una miniserie. A su vez, cada capítulo, autodenominado “acto”, toma un arco temporal diferente. El primero, ligeramente más breve, titulado “La ley”, transcurre en dos días (viernes y lunes) del presente; el segundo, “Normal”, es un flashback situado doce años antes que promete revelaciones siniestras y melodramáticas; y el tercero, “La maldición”, retorna al relato del presente para una resolución precipitada y abrupta, aunque sutil.

El otro gran riesgo que toma el creador, los directores (Burman y Martín Hodara) y el guionista está relacionado con la yuxtaposición de géneros, en donde prevalecen el thriller político, el suspenso, el drama familiar, el policial de acción y hasta el western.

La historia que narra Las maldiciones fue contada en repetidas ocasiones y no abunda en originalidad. Se trata de mostrar la corrupción del poder político y sus enrevesados vínculos con el poder económico y el poder judicial, tal como se concentra y se manifiesta en una provincia del norte argentino cuyo nombre no es identificado, pero que la realidad nacional puede dotar de demasiados nombres. Esta es una de las primeras diferencias con la novela de Piñeiro, que transcurre en la provincia de Buenos Aires.

Los principales exponentes de la malicia que toda ficción precisa son el flamante gobernador reelecto y ex juez Fernando Rovira, encarnado por Leonardo Sbaraglia; Lucrecia, su segunda esposa (la primera fue asesinada durante un robo), interpretada por Monna Antonópulos; y finalmente Irene, la madre de Rovira —cénit de la maldad, el despotismo y la crueldad sin ambages—, una terrateniente de la vieja escuela de la oligarquía que opera con el lema del guante de hierro en guante de seda, interpretada brillantemente por Alejandra Flechner. El séquito de malvados es secundado por los siempre efectivos Osmar Núñez, César Bordón y Nazareno Casero.

El eje de la trama del primer capítulo gira en torno a las maniobras políticas del gobernador Rovira para impedir que en la próxima votación de la Cámara de Diputados se apruebe una Ley de Aguas cuya promulgación obstaculizaría inversiones extranjeras multimillonarias en la explotación de litio sobre tierras que pertenecen a la despiadada Irene. Sin embargo, la tensión se acumula en el secuestro realizado por Román Sabaté (Gustavo Bassani), antiguo cómplice y por ende conocedor de demasiados secretos de Rovira, cuya víctima es Zoe (Francesca Varela), hija del gobernador. Como la miniserie inicia con este secuestro, Román parece un mafioso desalmado y terrorífico. Sin embargo, más tarde demostrará humanidad y ternura en el vínculo que lo une con Zoe. Ese lazo es revelado en el segundo episodio, que conjuga en partes iguales el melodrama y el suspenso político.

Uno de los principales méritos de Las maldiciones es apoyarse en las interpretaciones. Sbaraglia es verosímil en su composición de un político corrupto y amoral, aunque le juega en contra el parecido con la reciente interpretación del ex presidente Carlos Menem. Flechner brilla como Irene, la matriarca despótica, en un rol inédito para su carrera que la saca de su zona de confort. Bassani puede jactarse de, como en el protagónico de Iosi, el espía arrepentido, volver a dar vida a un personaje ambiguo, lleno de luces y sombras. A su vez, Francesca Varela, como Zoe, se manifiesta como una verdadera revelación artística que logra transmitir los avatares de su personaje. En efecto, Zoe adquiere ribetes inesperados en su accionar, sobre todo al momento de conformar una extraña comunidad afectiva, plena de lealtad, con Román.

La otra columna sobre la cual se apoya la miniserie es la ya demostrada capacidad de Piñeiro para crear universos atractivos para el gran público, con argumentos que encuentran fuerte apoyo en las actualidades políticas y sociales locales, en ocasiones increíblemente premonitorios, como en el caso de la notable El Reino. En relación con esta última, resulta una lástima que Las maldiciones no haya incorporado las cuestiones esotéricas y la relación entre misticismo y política, presentes en la novela original. Aunque con un criterio algo remanido, Las maldiciones ilumina aspectos del presente político argentino y denuncia las corruptelas políticas, los contubernios con el poder judicial y la base estructural de toda corrupción: la concentración de la riqueza en reducidos grupos de poder que intentan dominar de manera oligárquica los frentes políticos, sociales y culturales. Aunque en ocasiones el guion resulte algo obvio y predecible, Las maldiciones es un espectáculo entretenido, una ficción de múltiples géneros impecable en lo formal, y un espejo de hechos sociales y políticos en los que pueden reflejarse avatares actuales de la Argentina. «

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