Filosofía barata

Por: Mónica López Ocón

¿Quién decide qué es filosofía barata y qué es filosofía cara? ¿Quién es el encargado de establecer qué es el buen gusto?

De chica, escuchar la expresión “filosofía barata” me hacía pensar que si había una filosofía barata era porque también existía una filosofía cara. Ignoraba dónde se compraban una y otra, pero pensaba que en el almacén del barrio quizá despacharan filosofía barata (vivíamos en San Cristóbal y siempre tuve conciencia de clase). Un día, me atreví a preguntarle a Don Ángel, el almacenero, cuál era el precio de la filosofía barata y si se vendía por kilo: el hombre puso la misma expresión que Manolito ante una ocurrencia de Mafalda.

Renuncié entonces a la búsqueda de la filosofía barata y me lancé tras los pasos de la filosofía cara. Conjeturé que esa filosofía se vendía en las boutiques de la calle Santa Fe, que para mi madre eran el non plus ultra de los lujos caros por lo que también yo las miraba de afuera como esas cosas que nunca se alcanzan.  En esos locales se mostraban vestidos, remeras, pantalones, zapatos, pero de la filosofía cara, ni noticias.

El misterio se me reveló inesperadamente cuando mi padre se rió de los azulejos con calcomanías que la vecina de abajo tenía en el patio y que decían frases referidas  a la madre y hacían  reflexiones de las nunca olvidé una que decía: “Si la juventud supiera y la vejez pudiera”. La frase estaba escrita sobre una calcomanía  –hoy, haciendo gala de nuestro cipayismo lingüístico diríamos sticker– que representaba un pergamino enrollado en los costados y orlado de rosas. Mi padre dijo despectivamente que esas frases eran filosofía  barata. Debo confesar que me dolió, porque los azulejos me parecían hermosos. No lograba comprender el sentido de la frase en cuestión, pero me atraía precisamente su halo de misterio. Mi padre era maestro y un hombre culto que había leído muchos libros.

La conclusión fue fácil para mí: filosofía barata era lo que podía leerse en una calcomanía pegada a un azulejo. Filosofía cara era la que se escribía en los libros que leía mi padre. Finalmente, todo era una cuestión de soporte.

Más tarde, en la escuela,  conocí otros soportes como las tabletas de arcilla, el papiro de cañas machadas y el pergamino nacido del crimen para que en un acto de barbarie, la letra se desplegara con trazos alambicados sobre el vientre de un cabrito sacrificado en nombre de la cultura. Todos esos eran soportes de alcurnia. La calcomanía pegada sobre un azulejo, en cambio, nunca calificó para ser incluida en un libro de historia.

Me pregunto si la famosa frase de Heráclito “no podemos bañarnos dos veces en el mismo río” sería considerada  filosofía barata de estar escrita en uno de los azulejos de mi pretérita vecina.

¿Quién decide qué es filosofía barata y qué es filosofía cara? ¿Quién es el encargado de establecer  qué es el buen gusto? ¿Quién detenta el poder de defenestrar los recuerdos de Mar del Plata como la típica caja de caracoles o el gallito que cambia el color de la cola según las condiciones del tiempo?

Un secreto terrorismo nos obliga a considerar bellos algunos objetos y feos otros y ese terrorismo del gusto es tan fuerte que nadie que conozca las reglas instituidas se atrevería a hacer un elogio público de la caja de caracoles ante amigos palermitanos que aceptan la abolición del café con leche para reemplazarlo por alguna expresión italiana en la que, inevitablemente, aparecerá el sustantivo latte en vez de leche. 

La semana pasada fui a uno esos bares palermitanos. Pedí un café con leche y me corrigieron la expresión como si en Buenos Aires todos habláramos en italiano. Me trajeron el brebaje en un cuenco oriental.  No sé si tengo demasiado internalizado el libro de lectura de primer grado, pero inmediatamente pensé en su estilo: “esa taza no tiene asa”, “la taza se toma del asa”. Creí que me iba a quemar con esa taza sin asa, pero para mi sorpresa, el brebaje no quemaba. Me explicaron que era un café especial y que se servía a menor temperatura para que no se quemara. Me asomé a la taza sin asa y vi en la superficie un dibujito hecho con espuma. Yo quería un café con leche bien caliente, pero parece que tomar semejante cosa en Palermo es como colgar en la pared un azulejo con una calcomanía o llevar de recuerdo de Mar del Plata un gallito cuya cola cambia de color.

La moda es tan dictatorial y las ideas instituidas son tan fuertes que un escritor que declarara públicamente que el Ulises de Joyce le parece una novela abominable sería considerado como alguien que busca publicidad a través del escándalo. Del mismo modo, la camarera me miraría con desprecio, si le pidiera un café con leche bien caliente en una tasa con asa.

Aunque nuestra soberbia  nos haga creer que elegimos algo, en realidad no elegimos nada. Ni siquiera un café con leche caliente en una taza con asa. Las reglas del buen gusto y del pensamiento correcto no nos dejan pensar, más bien somos pensados por ellas.

De chica, cuando aún pensaba por mi cuenta,  me gustaban los azulejos con calcomanías. Aún hoy, creo que el propio Ciorán, el filósofo del pesimismo absoluto, habría apreciado la frase que me deslumbró en la infancia: “Si la juventud supiera  y la vejez pudiera”. Y la habría apreciado aún más si la viera en una calcomanía pegada en un azulejo. Seamos realistas. La frase tenía razón: la tan elogiada experiencia de vida nos llega cuando ya no nos sirve para nada. Además, en la Argentina de hoy, en la que se da el extraño fenómeno de que todo sube sin producir inflación, ninguna filosofía  puede ser barata. Y qué fealdad puede agregarle un modesto azulejo a los horrores del mundo. «

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